
Si en algo tenemos práctica los españoles es en ignorar muchos aspectos de nuestra historia. Recordamos tan sólo lo que nos interesa y como nos interesa, respondiendo a exigencias ideológicas personales o a corrección política colectiva. Obviamente, abarcar la totalidad histórica (sea de un país, de un continente, e incluso de un pequeño pueblo) es tarea imposible, pero es tarea posible (y moralmente exigible) estudiar nuestra historia de forma consistente, detallada, con amplitud de miras y, sobretodo, de manera honesta. ¿Por qué? Pues, principalmente, para no recaer en viejos errores (aprendiendo de éstos); pero también por respeto a cuantos murieron por luchar por aquello que amaban y que, sin duda, son merecedores del respeto que se les niega. No se trata de divinizarlos ni de proponerlos como modelos a seguir, sino de comprenderlos y, ante todo, conocerlos. Conocer sus virtudes y defectos, sus buenas y malas acciones y, si se quiere, juzgarlos, pero siempre en posesión de un conocimiento veraz sobre tales personas. En la presente ocasión, quiero hablar de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española.
Si hay un personaje en la historia española que se ha ganado un inmerecido desconocimiento y una reputación tergiversada es sin duda José Antonio Primo de Rivera. Durante cuarenta años, el régimen franquista ha hecho ostentación de su imagen y retórica, grabando en el corazón de los españoles la imagen de José Antonio como un heraldo de la reacción y el ultraderechismo. Su retrato sigue acompañando al de Franco en muchos hogares y su imagen es utilizada por grupos neofranquistas y neonazis. Sin embargo, el pensamiento de José Antonio no se ajusta para nada ni con el régimen nacional-catolicista de Franco ni con el racismo ni el darwinismo social de Hitler. Asimismo, las críticas llegadas de la izquierda española contribuyen a cimentar esta imagen de un hombre que nunca fue ni reaccionario ni racista. El posterior análisis que realizaremos de su pensamiento político mostrará cómo al franquismo no le interesaba la auténtica revolución nacional-sindicalista que soñaba José Antonio. Sin embargo, hay que aclarar la relación que tuvo con el fascismo (que analizaremos más adelante), puesto que fue un ferviente admirador de Mussolini y se entrevistó con Adolf Hitler, además de los abundantes escritos en que defiende al fascismo italiano (que no el nacionalsocialismo alemán, al que siempre miró con cierto recelo).
Breve reseña biográfica
José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia nace en Madrid el 24 de Abril de 1903. Es el primer hijo del teniente coronel de Infantería y marqués de Estella Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930) y Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín. Tuvo seis hermanos: Miguel, Carmen, Pilar, Angelita (melliza de Pilar que murió en 1913) y Fernando. A los nueve días de nacer éste, Casilda muere, siendo un duro golpe para toda la familia. Desde entonces, su abuela y sus tías paternas Inés y María Jesús (conocida como la tía Ma) se hicieron cargo de los pequeños. Entre 1912 y 1917 cursó el Bachillerato en el Instituo Cardenal Cisneros (Madrid) y en los de Cádiz y Jeréz de la frontera. Al año siguiente entra en la Universidad de Madrid e inicia sus estudios de Derecho, el cual se convertirá en una de sus grandes pasiones junto con la lectura. Durante sus estudios universitarios conoce al que será uno de sus mejores amigos: Ramón Serrano Suñer. Alternó los estudios con trabajo a tiempo parcial durante el año 1919 en la casa de automóviles Mcfarland como responsable de la correspondencia en inglés. Pariticpó en la Asociación Oficial de Estudiantes en 1920 y al año siguiente termina la carrera de Derecho, no pudiendo aún ejercer por ser demasiado joven. Al año siguiente le es concedida su licenciatura y, al siguiente, obtiene el doctorado. En Julio de ese mismo año ingresa en el Ejército en Barcelona, donde su padre es capitán general. En septiembre asciende a cabo. El día 13 de ese mismo mes, su padre da un golpe de Estado y asume el control del gobierno. José Antonio terminó el servicio militar en el año 1924 en Madrid como alférez de complemento. Al año siguiente se incorpora al Colegio de Abogados de Madrid. Durante toda la dictadura de su padre se dedicará exclusivamente a la lectura y a la abogacía, no entrando para nada en cuestiones sociales ni actos políticos. Una vez terminada la dictadura y, casi al mismo tiempo, caída la Monarquía, es proclamada la República. Manteniéndose al margen de cuestiones políticas, empieza defendiendo la memoria de su padre (como persona, no como político), aunque posteriormente entra en la vida política como defensor de algunos de los ministros de su padre, como don Galo Ponte. La ferviente defensa de su progenitor le lleva a afiliarse a la Unión Monárquica, formación política de derechas. Entra en el Parlamento únicamente para defender la memoria de su padre. Sin embargo, pronto empieza a interesarse por la actualidad política, conservando todo el patrotismo pero girando hacia la izquierda en cuestiones socio-económicas, y en 1933 participa en el único número de la revista El Fascio. Contacta con Julio Ruiz de Alda y con Alfonso García Valdecasas y funda lo que fue una espécie de precursor de la Falange Española: el Movimiento Español Sindical (MES). En Octubre viaja a Roma y se entrevista con Mussolini, y ese mismo mes se celebra el acto del teatro de la Comedia, que es considerado el mítin fundacional de Falange Española (FE), aunque el movimiento, por aquél entonces, aún no tenía nombre. Al año siguiente (1934) Falange Española se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, de cuya unión surge FE de las JONS. Consigue un acta de diputado, y sus tendencias izquierdistas le valen el recelo de la derecha, así como su patriotismo y su interés por el fascismo le aleja involuntariamente de las izquierdas. Sin embargo, tiene más relaciones cordiales con izquierdistas que con derechistas, especialmente con Indalecio Prieto. Su carrera política fue brevísima aunque intensa, modificando su discurso hasta radicalizarlo y haciéndolo cada vez más revolucionario. Terminó sus días en la prisión de Alicante fusilado por sus adversarios antes de que el gobierno diera la orden de aplicamiento de la pena de muerte que le fue impuesta y mientras diversos políticos republicanos de izquierdas(entre ellos Indalecio Prieto) intentaban conmutarle la pena.
José Antonio y el fascismo
La defensa de José Antonio hacia el fascismo debe, antes que nada, contextualizarse. Hoy en día tenemos la imagen del fascismo como una ideología intrínsecamente maligna, intolerante, represiva y genocida. Y, desde luego, el régimen mussoliniano fue represivo, brutal y violento; por no mencionar los inhumanos excesos del régimen nacionalsocialista alemán. Sin embargo, hay que señalar que José Antonio conocía el fascismo a partir de la letra (es decir, en su teoría) más que en su práctica, cuya represión sin duda no le fue mostrada en su visita a Italia en Octubre del año 1933. El fascismo italiano destruyó el movimiento obrero e instauró un régimen pretendidamente revolucionario pero reaccionario a la práctica, teniendo los empresarios una clara ventaja ante los obreros. Pero tras esto había toda una retórica y una teoría que no se ajustaba a aquellos hechos, una retórica que los sindicalistas fascistas (el ala izquierda del Partido Nacional Fascista) reclamaban a la vez que realizaban gestiones a favor de los obreros, llegando en ocasiones a ponerlos en ventaja ante los empresarios. Estos sindicalistas, descontentos con la política reaccionaria de Mussolini, se desencantaron del fascismo y se dedicaron exclusivamente a sus labores sindicales y a mejorar en la medida de lo posible las condiciones de los trabajadores dentro del régimen fascista, obteniendo grandes éxitos a lo largo del régimen, si bien éste fue fundamentalmente derechista en cuestiones de relación patronos-obreros. Si José Antonio hubiese vivido en Italia, hubiese sido uno de estos sindicalistas y sin duda no habría sentido la admiración por Mussolini que sentía viviendo fuera de Italia. Por otra parte, y como mero apunte, es importante señalar que, pese a la violencia y represión que practicó el fascismo italiano, fue la dictadura más suave de su época en comparación con la Unión Soviética y la Alemania nazi. Nunca llegó a tener un control total del Estado y sus víctimas mortales no fueron numerosas. De hecho, la OVRA, la policía fascista de represión a los opositores al régimen y el Tribunal Especial sólo condenaron a muerte a 25 personas de las 10000 que encerraron en prisión. Dicho esto, seria interesante ver la imagen particular que tenía José Antonio del fascismo, imagen que, como hemos dicho, no se correspondía con lo que realmente pasaba en Italia.
“El fascismo no es una táctica –la violencia–. Es una idea –la unidad–.”
“Para encender una fe, no de derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto), ni de izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo, hasta lo bueno), sino una fe colectiva, integradora, nacional, ha nacido el fascismo.”
“Tratan [al fascismo] de presentarlo a los obreros como un movimiento de señoritos, cuando no hay nada más lejano del señorito ocioso, convidado a una vida en la que no cumple ninguna función, que el ciudadano del Estado fascista, a quien no se reconoce ningún derecho sino en razón del servicio que presta desde su sitio. Si algo merece llamarse de veras un Estado de trabajadores, es el Estado fascista. Por eso, en el Estado fascista –y ya lo llegarán a saber los obreros, pese a quien pese– los sindicatos de trabajadores se elevan a la directa dignidad de órganos del Estado.”
(Carta publicada en "ABC" el 22 de marzo de 1933.)
“Por eso, para juzgar los sucesos políticos [la miseria a la que se ven sumidos los obreros bajo el régimen liberal], exige medidas más profundas que las del rotativo de la mañana. Quiere Estados que no se limiten a decirnos lo que podemos hacer. sino que nos pongan a todos, protegiendo a los débiles, exigiendo sin rencor sacrificios a los poderosos, en condiciones de poder hacerlo. Dos tipos de Estado intentan el logro de tal ambición. Uno es el estado socialista, justo en su punto de arranque, pero esterilizado después, por su concepto materialista de la vida, y por su sentido de lucha entre clases. El otro es un Estado que aspira a la integración de los pueblos, al calor de una fe común. Su nombre empieza con efe. ¿Puede decirse ya?”
(La Nación, 25 de septiembre de 1933.)
Obviamente, la imagen que tenía José Antonio del fascismo era totalmente idealizada y apoyada en un desconocimiento considerable de lo que fue realmente el fascismo. Pero aquí lo que interesa es qué defendía realmente José Antonio cuando hablaba a favor del fascismo. No defendía la opresión ni la discordia, ni mucho menos la destrucción del movimiento obrero. Más bien lo contrario. El fascismo era visto por José Antonio como una manifestación ideológica de la revolución social a la vez que nacional que él creía conveniente para España.
Por otro lado, hay que destacar que en ninguna ocasión José Antonio se refirió a él mismo ni a su movimiento como fascistas, al menos abierta y directamente, si bien hay algunos pasajes en los que se encuentra algo de ambigüedad. Aceptaba que coincidían en la idea de unidad nacional y otras cosas de valor universal, pero negaba que la Falange fuera un movimiento fascista. Lo negó explícitamente en un registro televisivo que se conserva del jefe de Falange, así como lo negó también en un artículo publicado en el diario Informaciones:
“Dice [Miguel Maura] que nuestro fascismo no tiene de italiano sino el nombre. Y, cabalmente, el nombre es lo que no tiene ni ha tenido nunca: jamás se ha llamado fascismo en el olvidado párrafo del menos importante documento oficial ni en la más humilde hoja de propaganda. Así, ¡ay!, nos conocemos unos a otros en esta España de nuestros desvelos. ¿No sería cosa de pensar, aunque nos pegáramos mucho, en escucharnos los unos a los otros alguna que otra vez?”
(La censura prohibió en abril de 1936 la publicación de este artículo en Informaciones, que apareció en Baleares el 6 de enero de 1940)
Pese a las ya comentadas defensas al fascismo y a la estética claramente fascista de Falange, puede afirmarse que José Antonio no era fascista. Él y la Falange eran, simplemente, nacional-sindicalistas. Debe apuntarse también el hecho de haber vivido en una época en que Europa se debatía fuertemente en dos polarizaciones básicas: fascismo y comunismo. Aun así, José Antonio fue uno de los pocos que nunca se proclamó fascista, como posteriormente hicieron o daban a entender Calvo Sotelo o Gil-Robles, ambos provenientes de la derecha y que no pudieron sustraerse a la polarización ideológica.
Con todo, muestra Ian Gibson en su libro “En busca de José Antonio” que en los 15 números de la revista F.E. (principal órgano falangista anterior a Arriba) se presta gran atención a los acontecimientos de Italia y otros países con presencia fascista, incluída Alemania. Conviene remarcar que, pese a que José Antonio era el director, no todos los escritos eran, obviamente, obra suya. Es muy probable que hubiera falangistas que se sintieran muy cercanos al fascismo italiano, pues indudablemente el falangismo tomaba varios aspectos de éste. Sin embargo, cada vez se forjó más un auténtico pensamiento falangista, desmarcándose del fascismo, entre otras cosas, en aquello tan característico de éste: la violencia, que veremos más adelante.
Aclarada la relación entre José Antonio y el fascismo, es interesante hacer mención al uso por parte de José Antonio del término “Totalitarismo” (tan relacionado con el fascismo), que sin duda puede generar más confusiones desafortunadas. El término político “totalitarismo” fue utilizado por primera vez por Mussolini, remarcando el panteísmo estatal que envolvía toda la doctrina fascista. Para Mussolini, el Estado debía estar en todo y, a la vez, por encima de todo. Y el caso es que, durante su mandato, el Estado llegó a estar incluso por encima del propio partido fascista, que en ocasiones entraba en conflicto con el Estado y se debía someter a él. Esto ha sido estudiado por el historiador Tannenbaum en su libro “La experiencia fascista”. Así, el totalitarismo italiano nunca tuvo ni las pretensiones ni las implicaciones que tuvo el totalitarismo nacionalsocialista o el comunista. De hecho, autores como la filósofa política Hanna Arendt no consideran al fascismo italiano como un régimen totalitario, entendiendo a éste a partir de los modelos nazi y soviético. Mussolini entendía el totalitarismo como una forma de Estado que lo engloba todo y media entre todos los ciudadanos de distintas clases y condiciones para acercar intereses y mantener la justícia social. Hemos visto ya que esto no resultó ser así en la práctica, y que el Estado fascista mantuvo el statu quo a base de represión y violencia contra los trabajadores (aunque dejando un mínimo espacio para la rama izquierda del partido, los sindicalistas). De todas formas, la definición teórica del Estado fascista puede encontrarse en diversos discursos y escritos de Mussolini, como por ejemplo:
“El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo”
(Benito Mussolini. Síntesis del régimen, 18 de Marzo de 1934)
El Estado totalitario italiano creó una serie de Corporaciones distribuidas por ramas de producción, cuya misión era eliminar los antagonismos de clase. Este método no resultó ser eficaz y, de hecho, José Antonio definió el corporativismo como “buñuelos de viento”, es decir, algo de lo que había que mantenerse con posición escéptica pues su funcionamiento no estaba garantizado. Sin duda el falangismo tiene influencia de la concepción fascista del Estado (hay que tener siempre en cuenta la dialéctica que siempre hubo en el régimen fascista entre teoría y práctica). Sin embargo, para José Antonio el totalitarismo no consistía en que el Estado tuviera la potestad de inmiscuirse en todo (más bien debía tener la potestad de inmiscuirse en todos los asuntos económicos), sino que se refiere a la participación de la totalidad del pueblo en el Estado, algo que lo diferencia del ferreísmo estatal del fascismo, que pretende representar los intereses de todos sin dejar participar a los individuos más que en las Corporaciones, poco definidas. Como muestra, un fragmento del punto 6 de la Norma Programática de FE de las JONS:
“26. Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él a través de su función familiar, municipal y sindical (...).” (la cursiva es nuestra)
Tenemos, pues, que la concepción que tenía Mussolini del totalitarismo no era la que se desarrolló en la Alemania nazi o en la URSS, y que el totalitarismo era entendido por José Antonio y los falangistas de manera diferente de la que lo entendía Mussolini.
Otra de las diferencias que alejan a José Antonio del totalitarismo y del fascismo es su voluntad de establecer contactos con los adversarios políticos. El fascismo atacó al movimiento obrero desde el principio, mientras que José Antonio (y antes que él Ramiro Ledesma Ramos, fundador de las JONS), se entrevistó con dirigentes de la CNT-FAI como Ángel Pestaña o Diego Abad de Santillán (el cual veremos más adelante que tenía a José Antonio en gran estima), así como se acercó en varias ocasiones a Indalecio Prieto e incluso a Azaña. De hecho, José Antonio hizo mucho más por acercarse a las izquierdas que a las derechas, que llegaron a tacharle de bolchevique. Esta voluntad de acercamiento a posturas que son en principio contrarias a las suyas (cosa que años más tarde dudaría Prieto, como veremos en su testimonio sobre José Antonio) es totalmente contrario a la voluntad fascista de imponer sus puntos de vista por encima de todos (aunque también es cierto que en la Italia fascista se toleraba cierta oposición siempre que no se atacase frontalmente al régimen). De todas formas, la actitud de José Antonio hacia sus adversarios políticos no fue nunca una actitud fascista, como da ejemplo esta sentencia de Mussolini en la Asamblea del Partido Nacional Fascista el 28 de enero de 1924:
“Nuestra intransigencia no es formal, es substancial; y a esta intransigencia substancial, que llamaré estratégica, no renunciaremos jamás” (Mussolini)
Por último, haremos mención de su concepción del hombre, cuestión que el fascismo nunca llegó a tratar. Dice el punto 7 de la Norma Programática de la Falange:
“7. La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles.
Pero sólo es de veras libre quien forme parte de una nación fuerte y libre.
A nadie le será lícito usar su libertad contra la unión, la fortaleza y la libertad de la Patria. Una disciplina rigurosa impedirá todo intento dirigido a envenenar, a desunir a los españoles o a moverlos contra el destino de la Patria”
Desde luego que las dos segundas frases pueden criticarse y comentarse su contraste con la primera, aunque sin duda es un intento de conciliar los intereses individuales con el interés colectivo. De todas formas, este respeto hacia la persona humana fue algo que tuvo siempre (o casi siempre) en mente y que intentó salvaguardar hasta en los momentos más difíciles, como veremos en el capítulo dedicado a la violencia. En los Puntos iniciales de Falange (publicados en el número I de la revista FE el 7 de diciembre de 1933) hay también alusión a esta cuestión:
“VII. EL INDIVIDUO
Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores eternos.
Así, pues, el máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad.
Pero esta libertad profunda no autoriza a tirotear los fundamentos de la convivencia pública.
No puede permitirse que todo un pueblo sirva de campo de experimentación a la osadía o a la extravagancia de cualquier sujeto.
Para todos, la libertad verdadera, que sólo se logra por quien forma parte de una nación fuerte y libre.
Para nadie, la libertad de perturbar, de envenenar, de azuzar las pasiones, de socavar los cimientos de toda duradera organización política.
Estos fundamentos son: LA AUTORIDAD, LA JERARQUIA Y EL ORDEN.
* * *
Si la integridad física del individuo es siempre sagrada, no es suficiente para darle una participación en la vida pública nacional. La condición política del individuo sólo se justifica en cuanto cumple una función dentro de la vida nacional.
Sólo estarán exentos de tal deber los impedidos.
Pero los parásitos, los zánganos, los que aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás, no merecerán la menor consideración del Estado nuevo.”
“(...)la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, por el individuo, como occidentales, como españoles y como cristianos; tenemos que empezar por el hombre y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al Municipio y, por otra parte, al Sindicato, y culminaremos en el Estado, que será la armonía de todo(...). (...)desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absoerbe todos los beneficios, para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical”
(Discurso pronunciado en el cine Madrid, el día 19 de Mayo de 1935)
“Frente al desdeñoso "Libertad, ¿para qué?", de Lenin, nosotros comenzamos por afirmar la libertad del individuo, por reconocer al individuo. Nosotros, tachados de defender un panteísmo estatal, empezamos por aceptar la realidad del individuo libre, portador de valores eternos.”
(Arriba, núm. 3, 4 de abril de 1935)
“Cuando el mundo se desquicia no se puede remediar con parches técnicos; necesita todo un nuevo orden. Y este orden ha de arrancar otra vez del individuo. Óiganlo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal: nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque éste es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos. El hombre tiene que ser libre, pero no existe la libertad sino dentro de un orden.”
(Conferencia pronunciada en el Teatro Calderón, de Valladolid el día 3-3-1935)
“El Movimiento Nacionalsindicalista está seguro de haber encontrado una salida justa: ni capitalista ni comunista. Frente a la economía burguesa individualista se alzó la socialista que atribuía los beneficios de la producción al Estado, esclavizando al individuo. Ni una ni otra han resuelto la tragedia del productor. Contra ella levantamos la sindicalista, que no absorbe en el Estado la personalidad individual ni convierte al trabajador en una pieza deshumanizada del mecanismo de la producción burguesa. Esta solución nacionalsindicalista ha de producir las consecuencias más fecundas. Acabará de una vez con los intermediarios políticos y los parásitos. Aliviará a la producción de las cargas con que la abruma el capital financiero. Superará su anarquía, ordenándola. Impedirá la especulación con los productos, asegurando un precio remunerador. Y, sobre todo, asignará la plusvalía, no al capitalista, no al Estado, sino al productor encuadrado en sus sindicatos. Y esta organización económica hará imposible el espectáculo irritante del paro, de las casas infectas y de la miseria.”
(Arriba, núm. 20, 21 de noviembre de 1935)
Hay diversas opiniones sobre si José Antonio es o no fascista. Nosotros consideramos que no, por las importantes diferencias a las que acabamos de aludir y por la que analizaremos más adelante: la violencia. Otras personas que le conocieron o le estudiaron tampoco le consideran fascista, desde algunos socialistas a anarquistas. También hay historiadores que no lo consideran fascista. Por ejemplo, Gil Pecharromán, uno de los mejores y más objetivos biógrafos de José Antonio, nos dice:
“La renuencia de José Antonio a asumir paladinamente la condición de fascista para su movimiento no era una estrategia orientada a confundir al público español, sino la convicción personal de que estaba creando algo nuevo y original, identificable con el fascismo sólo en algunos rasgos muy generales”
(Gil Pecharromán, Julio (1966), José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario. Ed. Temas de hoy)
Sin embargo, Pecharromán afirma que José Antonio asistió al Segundo Congreso de Montreux para la formación de una Internacional fascista, aunque como mero observador, participando brevemente con un corto discurso en el que afirmaba que España no estaba preparado para identificarse abiertamente con el fascismo. Es indudable que José Antonio se sentía interesado por el fascismo, algo habitual en la época (recordemos que era una época de fuerte polarización ideológica). Tuvo una relación algo ambigua y que se presta a diversas interpretaciones, sobretodo después de la lectura íntegra de la obra de Pecharromán. Aun así, pensamos que las diferencias en cuanto a acción, diálogo y violencia alejan a José Antonio y su Falange del fascismo, siendo su acercamiento un producto de las convulsiones de la época. Enrique de Aguinaga también afirma que José Antonio no fue fascista, recogiendo diversos escritos y discursos del fundador de Falange, siendo tal vez el más significativo éste:
“Nosotros hemos venido a salir al mundo en ocasiones en que en el mundo prevalece el fascismo y esto, le aseguro al señor Prieto, que más nos perjudica que nos favorece, porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables que no queremos para nada asumir”
(Discurso en el Parlamento, 3 de Julio de 1934)
O, cuando le preguntó un periodista en el año 1935 ¿Cuántos diputados fascistas cree usted que irán a la Cámara?, José Antonio le respondió: “Supongo que querrá decir usted nacionalsindicalistas.” Aguinaga recoge, finalmente, un escrito de José Antonio del año 1936, en el que ya había reflexionado sobre su carrera política y sobre el rumbo que tomaban los acontecimientos, en el que, además de criticar al fascismo como extremista porque absorbía el individuo en la colectividad, decía que el fascismo era fundamentalmente falso y repudiaba su carácter multitudinario, fatigoso y permanentemente crispante. Poco después, formuló una proposición de gobierno reconciliador para poner fin a la guerra civil que comentaremos más adelante.
Pero tampoco faltan los historiadores que le consideran fascista. Entre ellos, el ya mencionado Ian Gibson o Stanley G Payne, hispanista y ferviente estudioso del fascismo. De todas formas, también Payne remarca que la concepción que tenía José Antonio del fascismo no era la misma que la de Mussolini, del cual estaba muy alejado tanto social como temperamentalmente. Dice Payne en su libro “José Antonio Primo de Rivera” (Cara y Cruz con Enrique de Aguinaga):
“Entonces, ¿qué significaba el fascismo para José Antonio en octubre del 33? Diríase que representaba un nacionalismo radical y autoritario con un programa de reformismo social radical, audaz y moderno en cuanto a la cultura, pero, de alguna manera, en armonía con la tradición católica, y dispuesto a cualquier tipo de violencia que hiciera falta, si bien todo indicaba que hasta entonces no se había esforzado por calcular cuanta violencia se precisaría(...)”
Payne comenta también, como creemos nosotros, que José Antonio no conocía verdaderamente la cultura del fascismo italiano. Tenía una imagen de éste tomada desde su teoría, y no analizó su práctica y sus consecuencias hasta que ya fue demasiado tarde. De la misma opinión era Ignacio Luca de Tena, el cual calificó el fascismo de José Antonio como producto de la pasión y los sentimientos más que de conocimiento de causa.
Sin duda la cuestión de si José Antonio fue o no fascista seguirá generando debate. Nuestra opinión es que no fue fascista pero que se vio envuelto en las turbulencias y la polarización ideológica de su época, lo cual hizo que simpatizara y se relacionara con el fascismo, viendo en él ideas bondadosas y aprovechables para su movimiento sin pararse a analizar la praxis fascista y la extrema violencia que éste suponía que, por otra parte, jamás practicó. Paulatinamente se fue alejando del fascismo, llegando, como hemos visto, a renegar de él en sus últimos días. Aunque, de hecho, en una de sus dos intervenciones grabadas en vídeo que se conservan, dice, textualmente, que “el Movimiento que estamos empezando en España no es un movimiento fascista”.
Por otra parte, nunca propugnó ideas racistas. Sus pocas alusiones a los judíos no iban más allá de lo normal en su época: llamar a alguien judío por ser egoísta o materialista. Creemos que no es correcto tacharle de antisemita, y mucho menos en la línea de los grupos pangermanistas ni, muchísimo menos, del hitlerismo. De hecho, Carlos de Arce recoje un pasaje que el falangista barcelonés José María Fontana escribió en su libro "Los catalanes en la guerra de España", y que cuenta cómo José Antonio y Fontana estaban paseando y charlando. En un momento de la conversación, Fontana pronunció una frase de tinte racista, y José Antonio le recriminó duramente tales palabras. Acto seguido, José Antonio le dio su opinión sobre el racismo exasperado del nacionalsocialismo alemán, declarándose opuesto a las teorías de la raza aria y las razas inferiores. Y hubieron más ocasiones en las que declaró que el nacionalismo propio del nazismo nada tenía que ver con su idea de la Patria, que no entendía de razas, sino, simplemente, de personas humanas.
José Antonio y la violencia
Si ha habido algo que dijo José Antonio que ha sido utilizado para arremeter contra él tachándolo de violento, ha sido sin duda la “dialéctica de los puños y las pistolas”. Esta locución que utilizó en el mitin del teatro de la Comedia se ha considerado una prueba de su carácter violento. Pero hay que leer ni que sea el párrafo concreto en que aparece esa locución para comprenderla correctamente:
“Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de "todo menos la violencia"– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”
Es decir, la violencia era el último recurso, lo cual le aleja claramente de la violencia fascista. Por otra parte, una revolución no puede hacerse sólo con palabras, y José Antonio quería una revolución, una revolución que pretendía unir a derechas e izquierdas y que, paradójicamente, le enfrentó con ambas. En los Puntos iniciales antes mencionados, hay también consideraciones acerca de la violencia:
“IX. LA CONDUCTA
(...)
La violencia puede ser lícita cuando se emplee por un ideal que la justifique.
La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque.
Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión.
Mienten quienes anuncian –por ejemplo– a los obreros una tiranía fascista.
Todo lo que es HAZ o FALANGE es unión, cooperación animosa y fraterna, amor.
Falange Española, encendida Por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia.”
Nuevamente vemos esta actitud de aceptación de la violencia en caso “necesario”, y no de gratuidad o de exaltación soreliana como fue el caso del nazismo o aun del fascismo italiano. Ahora bien, una cosa son las palabras y la otra los hechos. ¿Fue consecuente José Antonio con todo esto que propugnaba sobre el papel? En esa época de violencia y revoluciones era muy difícil mantener la actitud que preconizaba el jefe de la Falange. Los fascistas no eran los únicos violentos, puesto que conocidos son los altercados y asesinatos a manos de comunistas a lo largo y ancho de Europa por aquellos tiempos, por no hablar de los excesos cometidos por Lenin y aun más brutalmente por Stalin, al cual idolatraban la mayoría de comunistas españoles. Así pues, no era nada raro que la Falange hiciera un llamamiento a la violencia revolucionaria y defensiva. Por otra parte, José Antonio contuvo las violencia mortal (es decir, los asesinatos) todo lo que pudo. Tuvieron que caer siete falangistas a manos de los socialistas y los comunistas para que la Falange cometiera su primer asesinato. Y son interesantes unas declaraciones de José Antonio cuando asesinaron a Matías Montero Díaz, un joven falangista afiliado al SEU, respecto a los ánimos que recibía la Falange por parte de la derecha de aplicar represalias contra la izquierda:
“Falange Española aceptará y presentará siempre combate en el terreno en que le convenga, no en el terreno que convenga a los adversarios. Entre los adversarios hay que incluir a los que, fingiendo acucioso afecto, la apremian para que tome las iniciativas que a ellos les parecen mejores. Por otra parte, Falange Española no se parece en nada a una organización de delincuentes, ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones, por muchos estímulos oficiosos que reciba.
Lo que hace Falange Española, entre el derrotismo y el asesinato, es seguir impasible su ruta de servicio a España”
Y otra muestra interesante fue en el entierro de Matías Montero. José Sainz, jefe de la Falange toledana, preguntó con acritud: "¿Es que nos vamos a dejar matar como moscas?" "No –le contestó José Antonio–, pero tampoco nos vamos a convertir en una banda de asesinos."
En el número 1 de F.E., aparece el siguiente texto de José Antonio:
“La posición de F.E. no es mantener el statu quo económico y social, con medidas coercitivas, por un procedimiento fascista, mussoliniano o hitleriano, o por un fascismo desvanecido ni desvaído, ni tampoco propugnamos la revolución del puñetazo y de la pistola: vamos a una revolución más honda y trascendental no sólo en la parte moral de los hombres, sino en la política económica, aunque no se enteren los dirigentes socialistas ni dejen que se enteren las masas.”
Y en el Parlamento dijo, el 1 de Febrero de 1934:
“Nosotros, que tenemos en nuestras filas todas estas bajas, nos hemos resistido a todos los impulsos vindicativos de los que nos pedían una represión enérgica, una represalia justa, porque considerábamos mejor soportar, mientras sea posible, que abran bajas en nuestras filas que desencadenar sobre un pueblo una situación de pugna civil”
Podríamos mencionar muchos más discursos y escritos de este tinte, tanto hacia fuera como hacia dentro de su movimiento, pero creemos que con esto basta. José Antonio mantuvo sus principios de respeto a la integridad del individuo hasta que la situación se hizo insostenible. Y, más por la clandestina “Falange de la sangre” (dirigida por Ledesma y Juan Antonio Ansaldo) que por él, empezaron los asesinatos de mano de falangistas. Como testimonio y para cerrar este tema, citaremos las declaraciones de Juan Antonio Ansaldo sobre José Antonio y la violencia:
“La más extraña paradoja en la vida de este hombre [José Antonio] es la de haberse visto precisado a abrazar aquellas bárbaras doctrinas fascistas, que por mucho que sea el oropel filosófico con que se vistan, muestran siempre, en su fondo, los básicos sentimientos de crueldad, barbarie, violencia y tiranía que les dieron vida -¡y muerte!- y que son tan viejos como el anhelo primitivo de imponerse, “ya que no por la razón, sino por la fuerza” a sus semejantes, para explotarlos y esclavizarlos.
José Antonio no era así. Por ello, su repugnancia ante la lucha violenta que el partido naciente debía arrostrar para subsistir, era profunda, y causa de no pocas desavenencias entre los dos sectores de la Falange: el intelectual y el combatiente.”
Esto no significa, por otra parte, que la Falange fuera un partido pacifista. Eran habituales los enfrentamientos entre falangistas y socialistas y comunistas, así como incursiones en los locales de unos por parte de otros. Pero lo que es cierto, y así lo corroboran la prensa y los documentos de la época, es que la espiral de violencia la empezaron los socialistas y los comunistas y que José Antonio reprimió la violencia mortal todo cuanto le fue posible. De todas formas, famosos son sus episodios de “cólera bíblica” en los cuales la emprendía a puñetazos contra quien le ofendía. Entre otros, recibió sus puñetazos el general Queipo de Llano.
En cuanto a la radicalización de José Antonio y de su llamada a la resurrección armada con ayuda de los militares, cabe decir algunas cosas. En primer lugar, no se puede negar que José Antonio puso de su parte para conducir a España (junto con muchos otros) a la guerra civil que, por otra parte, él no deseaba. Fuera consciente o incsoncientemente, su responsabilidad no puede esconderse, como no puede esconderse la responsabilidad de los socialistas, comunistas, anarquistas ni, por supuesto, los militares o la derecha monárquica. También debe tenerse en cuenta la gran polarización que sufrió España: en las elecciones del 36, los partidos de centro no tuvieron apenas votos, mientras que la diferencia entre el Frente Popular y el Bloque Nacional era minúsculas, acaso insignificantes a nivel sociológico. Al comenzar la guerra civil, estando ya en prisión, José Antonio se horrorizó ante el cruel fratricidio al que se había llegado, mostrándose además muy afectado cuando el periodista Jay Allen que le entrevistó en la cárcel le comentó algunos excesos que cometían los falangistas (que, huelga decir, no eran auténticos, sino derechistas que se afiliaron a Falange a última hora). El por aquél entonces sustituto de José Antonio, Manuel Hedilla, mandó órdenes expresas a todas las diligencias falangistas de no utilizar la violencia como represión contra los trabajadores, que debían llegar a los pueblos y, literalmente, tener “brazos abiertos a los obreros y campesinos”. El caso omiso que hicieron los “camisas nuevas” a estas órdenes y el posterior Decreto de Unificación de FE de las JONS con los carlistas (deviniendo FET y de las JONS) supuso el descrédito total de lps auténticos nacional-sindicalistas, aunque desde luego ellos no desearon tal situación. Volviendo a José Antonio, para poner fin a las hostilidades se ofreció a ir a la zona nacional y mediar con Franco para un “alto el fuego” y una posible reconciliación. Se rechazó su propuesta y, después, propuso un gobierno provisional de reconciliación que incluía ministros tanto de derecha como de izquierda, de carácter eminentemente republicano y sin representación comunista ni falangista, en un claro gesto de voluntad de reconciliación y de deseo de cese de las hostilidades. Su último deseo fue:
“Ojalá fuera la mía la última sangre española vertida por discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.”
Este giro que dio José Antonio hacia posiciones más moderadas ha sido seguido por gran parte de los falangistas posteriores a él, especialmente Dionisio Ridruejo, que rompió públicamente con el franquismo y, en el exilió, fundó un partido socialdemócrata. No son pocos los falangistas póstumos que afirman que si José Antonio viviera hoy, sería socialista.
El nacional-sindicalismo
Procederemos ahora a hacer una síntesis de la ideología de José Antonio y la Falange, es decir, el nacional-sindicalismo. Cabe decir que fue Ramiro Ledesma Ramos el fundador de esta ideología (que, antes que ser sinónimo de falangismo lo fue de jonsismo). Sin embargo, José Antonio la tomó como suya y de su movimiento y aportó importantes cuestiones.
El nacional-sindicalismo pretende ser una síntesi entre derecha e izquierda; no adherirse a ninguna de las dos y superarlas a ambas. Acepta la crítica expuesta por Marx en su obra “El Capital” (que José Antonio conocía e hizo una exposición de ésta en su discurso ante el Círculo Mercantil). Detesta el capitalismo por cuanto considera que lleva a grandes masas de hombres a la miseria y que deshumaniza a la propiedad privada, la cual es totalmente lícita bajo el control estatal. Así, el Estado nacional-sindicalista debe ser autoritario y totalitario en el sentido de poder intervenir en cualquier aspecto socio-económico cuando sea necesario, no en el de oprimir brutalmente a la población como hizo el nazismo o el comunismo soviético; y también en el sentido en que todos los ciudadanos participen del Estado a través de sus funciones familiares, municipales y sindicales. El Estado, pues, debe intervenir para modificar la regulación del derecho de propiedad. Debe aumentar los impuestos sucesorios de manera que la propiedad hereditaria no pueda hacerse sin más para provecho personal del heredero. Esto, que conllevaría la disminución de propiedades hereditárias, haría que se empezara a descentralizar la concentración de los medios de producción en manos reducidas y se daría la posibilidad de que accedieran a éstos otros estratos de la población mediante las ayudas públicas. La Reforma Agraria es otro punto importante del nacional-sindicalismo en cuestión de economía social, y su objetivo último sería una potenciación de la clase media campesina. Las tierras deben ser expropiadas a los terratenientes y entregadas a las familias campesinas, así como estudiar cómo pueden tener un mayor índice de productividad (propuestas formuladas en el programa de FE de las JONS). El nacional-sindicalismo aboga por una política fiscal progresiva: el tributamiento de los contribuyentes debe ser asignado según sus ingresos económicos reales y los gastos públicos deben ir orientados preferentemente hacia los más necesitados. Todo se reduce a la premisa básica de que el interés nacional (es decir, general), debe estar por encima del individual con el objetivo de conseguir un mayor bienestar social para todos. Como corolario, el nacional-sindicalismo exige cuantos sacrificios sean necesarios por parte de las clases privilegiadas para mejorar el bienestar de las clases más desfavorecidas, de manera que se limen paulatinamente las diferencias de clase. Como su propio nombre indica, el nacional-sindicalismo exalta la idea de la patria, de la nación, y concibe a ésta como una empresa común de todos los ciudadanos. Mediante esta idea, se aspira a unir a todos los ciudadanos para trabajar a favor de la nación y del bienestar común. A su vez, pone gran énfasi en la cuestión de los sindicatos, a los cuales reivindica como imprescindibles para alcanzar el bien común. El nacional-sindicalismo simpatiza con el anarco-sindicalismo, oponiéndose únicamente a su negación de la patria y a sus reivindicaciones aisladas de aumento de salarios sin más, puesto que esto conlleva un aumento de precios que hace que la situación no avance. Por eso, el nacional-sindicalismo aboga por un sindicalismo vertical que haga dialogar obreros y patronos bajo la tutela del Estado que debe acercar los intereses de ambas clases sin permitir las contradicciones y abusos que conllevan inevitablemente a la lucha de clases. Así, los sindicatos deben estar ligados a los órganos políticos. Pese a que en un principio se abogó por una espécie de corporativismo, posteriormente se rechazó al ver que (al menos en Italia) no cumplía con las expectativas de harmonizar capital y trabajo. Además, también se rechazó la harmonía entre capital y trabajo para reivindicar la subordinación del capital al trabajo. Así pues, los sindicatos deben ser instrumentos colaboradores de la función pública y no perseguir mejoras parciales que puedan conllevar nuevos problemas. Finalmente, el nacional-sindicalismo aboga por el reconocimiento del derecho a huelga y por la presencia de representación obrera en la empresa, tanto en cuestiones de distribución de la riqueza como, aunque en menor grado, en cuestiones directivas. El hecho de que la plusvalía sea propiedad del trabajador es una negación de la propiedad privada y plusvalía capitalistas, y este punto es lo que convierte al nacional-sindicalismo en auténticamente revolucionario. También niega el régimen salarial, dando una paga mensual al obrero, complementándolo con un subsidio familiar según el número de hijos y sus necesidades familiares. Esto, sumado a la plusvalía que el propio obrero recibe, es un desmoronamiento del trabajo asalariado propio del capitalismo. Sigue habiendo jerarquía en las empresas, pero cada cual percibe el valor producido por su trabajo, y las facilidades sociales que el Estado nacional-sindicalista ofrece permiten que cada trabajador, mediante su esfuerzo, pueda escalar rangos laborales, pero nunca se le permitirà que se aproveche del trabajo de otros.
Así como simpatiza con el anarcosindicalismo, el nacional-sindicalismo reconoce la legitimidad del socialismo y los logros teóricos del marxismo, pero quiere superar a ambos sintetizándolos con el patriotismo y sustituyendo la lucha de clases por la idea de colaboración entre clases (con un fin similar: eliminar, en la medida de lo posible, las desigualdades sociales). Asimismo, reclama la autoridad del Estado, la disciplina y la jerarquía siempre al servicio de las directrices del primero en miras al bienestar común. Reclama también el reconocimiento de las provincias como la primera realidad de España, las cuales se organizan mediante la autonomía de los municipios, dentro de los cuales la familia y los sindicatos de las diferentes ramas de la producción participan de dicha autonomía organizativa. Reclama la nacionalización de la banca y un sistema de crédito de bajo interés sin voluntad de usura, así como la facilitación de acceso a la Universidad, a la vez que la potenciación de ésta.
El nacional-sindicalismo español tiene, además, un dogma fundamental: la unidad de España. Esta cuestión la trataremos posteriormente con más detenimiento, pero por ahora podemos hacer algunas breves alusiones. Reconoce la diversidad cultural de ésta y aceptan la autonomía de las diferentes regiones (siempre y cuando no presenten peligro de disgregación), pero siempre bajo la bandera española. Esta exaltación españolista, proveniente de la generación del 98, especialmente de autores como Unamuno u Ortega y Gasset, afirma también la voluntad de Imperio como medio de unificar los pueblos de raíces hispánicas bajo los valores hispánicos y presentarlo como alternativa a la Europa capitalista y liberal-demócrata. Las demandas que hicieron fueron pueblos de Sudamérica y, por parte de Ledesma, el cual quería unificar toda la Península, Portugal (aunque abogava por un diálogo con los portugueses para unificarse voluntariamente). El corolario de esta afirmación de la tradición española era la defensa y reivindicación del catolicismo (más fuerte en José Antonio y muy vago en Ledesma), aunque aceptaban la libertad religiosa y no toleraban la intromisión de la Iglesia en los asuntos de Estado.
España y la revolución según José Antonio
José Antonio era un enamorado de España. Fue un heredero directo de los nacionalistas de la Generación del 98 y, sobretodo, del sucedáneo de ésta, el filósofo José Ortega y Gasset, cuya obra conocía muy bien y no dudaba en reconocerle como una gran influencia. La unidad de España es, pues, uno de los dogmas fundamentales de José Antonio y la Falange. Para José Antonio, España (cuya alma reside en castilla), es una unidad de destino en lo universal. Es una nación con vocación imperial, que para él significaba la voluntad de unir y hermandar pueblos (aunque la palabra “imperio” hoy día nos suene más bien negativa), los cuales navegan todos juntos en un barco que cumple destinos y misiones en el mundo. En su época, José Antonio consideraba que la misión universal de España consistía en expandir los valores hispánicos, los cuales no se encontraban manchados por el capitalismo, y proponer la Hispanidad como una alternativa social y moral al capitalismo y al comunismo. Por esto, José Antonio cree que la única manera de hacer una auténtica revolución consiste en fusionar dos revoluciones: la social y la nacional. La social porque no es tolerable que unos cuantos vivan a expensas de los demás, ni aun que nadie no pueda tener una vida digna, y la nacional porque es la manera de unir a todos los ciudadanos en una empresa común que posibilite una revolución social íntegra y justa, entendiendo al separatismo como un atentado a la dignidad tanto de la Patria como de los ciudadanos que en ella viven.
José Antonio no considera a España como un cuerpo orgánico o físico, sino como una entidad metafísica que tiene realidad en sí mismay sobre la que nadie (ningún español) tiene derecho a decidir sobre su esencia (lo cual conlleva que el separatismo es un crimen). Todos los ciudadanos, sean cuales sean sus intereses, condición social o credo, deben aplegarse para el provecho común de España, la cual (con el timón nacional-sindicalista) les entregará el fruto de su trabajo diario en forma de pan y justicia, impidiendo las desigualdades sociales en la medida de lo posible (como hemos visto más arriba, el nacional-sindicalismo exige cuantos sacrificos sean necesarios por parte de los más acomodados a favor de los más pobres). Así pues, para José Antonio no puede desvincularse la unidad de España de la justicia social, ni ésta de aquélla, pues es el subterráneo genio de españa y los valores hispánicos los que traerán la fortuna al pueblo.
Puede discutirse de si esta idea de España es válida o no. Puede discutirse también que la unidad de España y la justicia social deban ir irremediablemente unidas. Puede debatirse también sobre la sentencia de José Antonio de que ningún español puede decidir sobre qué es o qué debe ser España, sobre su unidad o disgregación. Sin duda en esta cuestión José Antonio es dogmático y no admite discusión. Sin embargo, se desmarcaba del nacionalismo chauvinista y del centralismo mesetista de la derecha. Defendía la pluralidad de España, su carácter multicultural e, incluso, aceptaba que se cedieran estatutos para aquellas regiones que quisieran autogobierno o aflojar lazos administrativos, siempre y cuando no tuvieran voluntad de disgregación y tuvieran hondamente asumida con orgullo su condición de tierras españolas. Defendió, muy especialmente, a Cataluña:
“(...)cuando nosotros empleamos el nombre de España, y conste que yo no me he unido a ningún grito, hay algo dentro de nosotros que se mueve muy por encima del deseo de agraviar a un régimen y muy por encima del deseo de agraviar a una tierra tan noble, tan grande, tan ilustre y tan querida como es la tierra de Cataluña. Yo quisiera que el señor presidente y quisiera que la Cámara separase, si es que admite que alguien faltó a eso, a los que, cuando pasamos por esa coyuntura, pensamos como siempre, sin reservas mentales, en España y nada más que en España; porque España es más que una forma constitucional, porque España es más que una circunstancia histórica, porque España no puede ser nunca nada que se oponga al conjunto de sus tierras y cada una de esas tierras.
(...) si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones.
(...) cuando (...) se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, (que) no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro.”
(Discurso pronunciado en el Parlamento el 4 de enero de 1934)
Llegó a decir, refiriéndose al separatismo, que “el problema catalán no es un problema mercantil, es un problema dificilísimo de sentimientos”. Y, para zanjar ya este asunto, veamos cómo expuso su visión de Cataluña frente a los que, según él, no entendían a los catalanes, promoviendo así el separatismo:
“Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes. Cataluña es un pueblo impregnado de un sedimento poético, no sólo en sus manifestaciones típicamente artísticas, como son las canciones antiguas y como es la liturgia de las sardanas, sino aun en su vida burguesa más vulgar, hasta en la vida hereditaria de esas familias barcelonesas que transmiten de padres a hijos las pequeñas tiendas de las calles antiguas, en los alrededores de la plaza Real; no sólo viven con un sentido poético esas familias, sino que lo perciben conscientemente y van perpetuando una tradición de poesía gremial, familiar, maravillosamente fina. Esto no se ha entendido a tiempo; a Cataluña no se la supo tratar, y teniendo en cuenta que es así, por eso se ha envenenado el problema, del cual sólo espero una salida si una nueva poesía española sabe suscitar en el alma de Cataluña el interés por una empresa total, de la que desvió a Cataluña un movimiento, también poético, separatista.”
(Discurso pronunciado en el Parlamento el 28 de febrero de 1934)
Como ya hemos dicho, para José Antonio la revolución nacional iba pareja con la revolución social. José Antonio era anticapitalista. Leyó El Capital de Marx y aceptaba sus tesis. Consideraba, además, que el socialismo “fue justo en su nacimiento”. Ahora bien, el problema del socialismo era, según José Antonio, que no era nacionalista (españolista en su caso). De hecho, llegó a decir a Indalecio Prieto que si el Partido Socialista se declaraba nacionalista, él no dudaría en afiliarse a él. Sus artículos y discursos están llenos de alusiones a la revolución social, puesto que, como hemos dicho, era una parte fundamental de su pensamiento y de la revolución nacional-sindicalista. Complementaremos la síntesi hecha más arriba del nacional-sindicalismo con fragmentos de algunos de estos artículos y discursos:
“Nosotros lo decimos abiertamente: aspiramos a una estructuraorgánica de las labores españolas; pero mientras a eso llega, nosotros entendemos que los obreros hacen bien en seguir siendo revolucionarios. Hace dos años, cuando fui candidato por Cádiz, me pareció intolerable oír a unos obreros amaestrados decir que eran los verdaderos obreros de España. No queremos esquiroles; queremos obreros revolucionarios.”
(Artículo publicado en Arriba, número 30, el 30 de enero de 1936)
“Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación”
(Fragmento del punto 10 de la Norma Programática de la Falange)
“El señor Gil Robles –yo le aludiré siempre con mucha más cortesía y con mucha más tranquilidad de las que él ha manifestado en este instante– propone una serie de medidas; dice que nadie le irá al alcance en los avances sociales. Yo me permito decirle al señor Gil Robles que si hace eso no logrará más que desorganizar toda una economía capitalista sin haber implantado un régimen más justo. El que con la economía capitalista, tal como está montada, nos dediquemos a disminuir las horas de trabajo, a aumentar los salarios, a recargar los seguros sociales, vale tanto como querer conservar una máquina y distraerse echándole arena en los cojinetes. Así se arruinarán las industrias y así quedarán sin pan los obreros.
En cambio, con lo que queremos nosotros, que es mucho más profundo, en que el obrero va a participar mucho más, en que el Sindicato obrero va a tener una participación directa en las funciones del Estado, no vamos a hacer avances sociales uno a uno, como quien entrega concesiones en un regaeto, sino que estructuraremos la economía de arriba abajo de otra manera distinta, sobre otras bases, y entonces sucederá, señor Gil Robles, que se logrará un orden social mucho más justo.”
(Doctrina de la Revolución española. Discurso pronunciado en el Parlamento el 6 de noviembre de 1934)
“Nosotros, la Falange Española, quiere dos cosas:
Primero, una justicia social, que no se nos conceda como regateo; una justicia social que alcance a todos, puesto que para nosotros no hay clases, ya que hasta la misma aspiración de los obreros no es aspiración de ellos únicamente, sino aspiración total de España, porque España lo quiere; y, en y segundo lugar, queremos tener una nación, puesto que hoy no la tenemos. Y una de dos: o imperamos o languidecemos. Acaso habría que preguntarle a los demás; pero no a vosotros, extremeños, que elocuentemente me contestaríais mostrándome la estatua de Pizarro, que aún cabalga en Trujillo.”
(F.E., núm. 6, 8 de febrero de 1934)
“Lo que no se puede es tener a la clase proletaria fuera del Poder”
(Ahora, 16 de Febrero de 1934)
Una característica común del discurso joseantoniano es que da la impresión que nunca se aspira al Poder por ambición. José Antonio se acercaba a Platón en su concepción de que el Poder no es sino una herramienta de servicio, un cargo que deben tomar los que saben cómo llevar la nación (o la polis en el caso de Platón) a buen cauce, siendo esto un deber y no una ambición o deseo:
“La jefatura es la suprema carga; la que obliga a todos los sacrificios, incluso a la pérdida de la intimidad; la que exige a diario adivinar cosas no sujetas a pauta, con la acongojante responsabilidad de obrar. Por eso hay que entender la Jefatura humildemente, como puesto de servicio; pero por eso, pase lo que pase, no se puede desertar ni por impaciencia, ni por desaliento, ni por cobardía”
(La Nación, Madrid, 21 de enero de 1935)
Sabido es también, como ya hemos comentado más arriba, que José Antonio se reunió con dirigentes de la CNT y mantenía relaciones cordiales con gente de izquierdas. De hecho, poco antes de morir, se lamentó de que la izquierda no hubiese siquiera querido escucharle, puesto que tenían muchas cosas en común. Con esto coincidía el propio Indalecio Prieto:
“Data de muchísimo tiempo la afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilar en el campo de batalla. La confrontación de ideologías, que no se hizo entonces, debe hacerse ahora. Porque es necesario un esfuerzo generoso en busca de puntos de concordia que hagan posible la convivencia, tratándonos como hermanos y no peleando como hienas”,
(Convulsiones de España)
y, también, Teodomiro Menéndez, diputado socialista, que dice:
“José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos... Recuerdo que siempre me decía: ‘Teodomiro, si no fuera por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo, todos queremos lo mismo’. Y tenía razón”. (Teodomiro Menéndez, diputado socialista)
Es innegable que José Antonio era conservador en algunos aspectos. De hecho, criticaba a la izquierda que quisiera destruirlo todo, aun lo bueno (y criticaba a la derecha por querer conservarlo todo, incluso lo malo). Pero también es innegable que era un revolucionario, pues criticaba a los republicanos de izquierda que no hicieran la Reforma Agraria, que no resolvieran el problema de las finanzas (reclamaba una reforma financiera para que los bancos no se enriquecieran a costa de la miseria ajena) y, en resumen, que no fuera una auténtica revolución.
“Por eso, camaradas, ni estamos en el grupo de reacción monárquica, ni estamos en el grupo de reacción populista. Nosotros, frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de abril, no podemos estar en ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros precisamente alegamos contra el 14 de abril, no el que fuese violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril, el que frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo tuvieron y abandonaron, y aquellos que no lo quieren recoger, el sentido, el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la justicia social profunda que nos está haciendo falta.”
(Discurso pronunciado en el cine Madrid, el día 19 de Mayo de 1935)
Crítica al liberalismo
“Lector: si vive usted en un Estado liberal procure ser millonario, y guapo, y listo y fuerte. Entonces, sí, lanzados todos a la libre concurrencia, la vida es suya. Tendrá usted rotativa en que ejercitar la libertad de pensamiento, automóviles en que poner en práctica su libertad de locomoción ... ; cuanto usted quiera. ¡Pero ay de los millones y millones de seres mal dotados! Para esos, el Estado liberal es feroz. De todos ellos hará carne de batalla en la implacable pugna económica. Para ellos –sujetos de los derechos más sonoros y más irrealizables– serán el hambre y la miseria.”
(La Nación, 25 de septiembre de 1933.)
Si hay un régimen político que se haya ganado el desprecio de José Antonio, ése es el liberalismo. José Antonio considera el liberalismo como una gran mentira sarcástica, en la que se proclaman la libertad, la igualdad y la fraternidad y se niegan las tres, anulándose fulminantemente en un régimen que conduce a millones de obreros a la miseria más absoluta y enfrenta a los ciudadanos de la nación entre ellos (divididos en los partidos políticos) y en el cual no hay una sola verdad eterna: todo depende de la voluntad de la mayoría (que no de todos). No importa que lo que se decida sea justo o injusto, sólo importa que la mayoría así lo quiera. Y muchos pueden querer algo, es decir, votar a un determinado partido político o representante, no porque realmente quieran tal o cual cosa, sino por creer que quieren aquello, engañados por la propaganda interesada de los partidos. Puesto que todo vale para desacreditar al otro para llegar al poder, incluso la mentira y la injuria más descarada. Esta opinión de la democracia no es muy distinta a la que tenía Platón, antidemócrata convencido y enemigo de los sofistas, oradores a quien no importaba la verdad o la justicia, sino la convicción a la hora de exponer los argumentos. Huelga decir que los sofistas eran los máximos defensores de la democracia (justo lo contrario que Platón). Por otro lado, la crítica a los aspectos económicos y sociales del liberalismo es muy similar a la crítica marxista. Se puede decir que José Antonio comparte con Marx la misma crítica al sistema liberal-democrático burgués. Dicho esto, no hay nada mejor para comprender la crítica del liberalismo que hizo José Antonio que leer un fragmento del artículo que publicó en la revista “El fascio”:
“La libertad no puede vivir sin el amparo de un principio fuerte, permanente. Cuando los principios cambian con los vaivenes de la opinión, sólo hay libertad para los acordes con la mayoría. Las minorías están llamadas a sufrir y callar. Todavía bajo los tiranos medievales quedaba a las víctimas el consuelo de saberse tiranizadas. El tirano podría oprimir, pero los materialmente oprimidos no dejaban por eso de tener razón contra el tirano. Sobre las cabezas de tiranos y súbditos estaban escritas palabras eternas, que daban a cada cual su razón. Bajo el Estado democrático, no: la Ley –no el Estado, sino la Ley, voluntad presunta de los más– tiene siempre razón. Así, el oprimido, sobre serlo, puede ser tachado de díscolo peligroso si moteja de injusta la Ley. Ni esa libertad le queda.
Por eso ha tachado Duguit de error nefasto la creencia de que un pueblo ha conquistado su libertad el día mismo en que proclama el dogma de la soberanía nacional y acepta la universalidad del sufragio. ¡Cuidado –dice– con sustituir el despotismo de los reyes por el absolutismo democrático! Hay que tomar contra el despotismo de las asambleas populares precauciones más enérgicas quizá que las establecidas contra el despotismo de los reyes. "Una cosa injusta sigue siéndolo aunque sea ordenada por el pueblo y sus representantes, igual que si hubiera sido ordenada por un príncipe. Con el dogma de la soberanía popular hay demasiada inclinación a olvidarlo.
Así concluye la Libertad bajo el imperio de las mayorías y la Igualdad. Por de pronto, no hay igualdad entre el partido dominante, que legisla a su gusto, y el resto de los ciudadanos que lo soportan. Más todavía: produce el Estado liberal una desigualdad más profunda: la económica. Puestos, teóricamente, el obrero y el capitalista en la misma situación de libertad para contratar el trabajo, el obrero acaba por ser esclavizado al capitalista. Claro que éste no obliga a aquél a aceptar por la fuerza unas condiciones de trabajo, pero le sitia por hambre, le brinda unas ofertas que en teoría el obrero es libre de rechazar, pero si las rechaza no come, y al cabo tiene que aceptarlas. Así trajo el liberalismo la acumulación de capitales y la proletarización de masas enormes. Para defensa de los oprimidos por la tiranía económica de los poderosos hubo de ponerse en movimiento algo tan antiliberal como es el socialismo.
Y, por último, se rompe en pedazos la Fraternidad. Como el sistema democrático funciona sobre el régimen de las mayorías, es preciso, si se quiere triunfar dentro de él, ganar la mayoría a toda costa. Cualesquiera armas son lícitas para el propósito; si con ello se logra arrancar unos votos al 1 adversario, bien está difamar de mala fe sus palabras. Para que haya minoría y mayoría tiene que haber por necesidad división. Para disgregar el partido contrario tiene que haber por necesidad odio. División y odio son incompatibles con la Fraternidad. Y así los miembros de un mismo pueblo dejan de sentirse de un todo superior, de una alta unidad histórica que a todos los abraza. El patrio solar se convierte en mero campo de lucha, donde procuran desplazarse dos –o muchos– bandos contendientes, cada uno de los cuales recibe la consigna de una voz sectaria, mientras la voz entrañable de la tierra común, que debiera llamarlos a todos, parece haber enmudecido.”
(El Fascio, núm. 1, 16 de marzo de 1933)
No son pocos los escritos o discursos en que José Antonio critica ferozmente al liberalismo, siempre aludiendo a su falta de ética social y a la miseria a la que arroja a los obreros. Veamos otra muestra más:
“Porque el liberalismo económico dijo que todos los hombres estaban en condiciones de trabajar como quisieran: se había terminado la esclavitud; ya, a los obreros no se los manejaba a palos; pero como los obreros no tenían para comer sino lo que se les diera, como los obreros estaban desasistidos, inermes frente al poder del capitalismo, era el capitalismo el que señalaba las condiciones, y los obreros tenían que aceptar estas condiciones o resignarse a morir de hambre. Así se vio cómo el liberalismo, mientras escribía maravillosas declaraciones de derechos en un papel que apenas leía nadie, entre otras causas porque al pueblo ni siquiera se le enseñaba a leer; mientras el liberalismo escribía esas declaraciones, nos hizo asistir al espectáculo más inhumano que se haya presenciado nunca: en las mejores ciudades de Europa, en las capitales de Estados con instituciones liberales más finas, se hacinaban seres humanos, hermanos nuestros, en casas informes, negras, rojas, horripilantes, aprisionados entre la miseria y la tuberculosis y la anemia de los niños hambrientos, y recibiendo de cuando en cuando el sarcasmo de que se les dijera como eran libres y, además, soberanos.”
(Discurso pronunciado en el Teatro Calderón de Valladolid, el día 4 de marzo de 1934)
Crítica al marxismo
“Desde el punto de vista social va a resultar que, sin querer, voy a estar de acuerdo en más de un punto con la crítica que hizo Carlos Marx. Como ahora, en realidad desde que todos nos hemos lanzado a la política, tenemos que hablar de él constantemente; como hemos tenido todos que declararnos marxistas o antimarxistas, se presenta a Carlos Marx, por algunos –desde luego, por ninguno de vosotros–, como una especie de urdidor de sociedades utópicas. Incluso en letras de molde hemos visto aquello de "Los sueños utópicos de Carlos Marx". Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacable, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufacturas de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla. Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso; tanto, que no lo pudo acabar en vida; pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario; un libro, como os digo, de pura crítica, en el que, después de profetizar que la sociedad montada sobre este sistema acabaría destruyéndose, no se molestó ni siquiera en decir cuándo iba a destruirse ni en qué forma iba a sobrevenir la destrucción. No hizo más que decir: dadas tales y cuales premisas, deduzco que esto va a acabar mal; y después de eso se murió, incluso antes de haber publicado los tomos segundo y tercero de su obra; y se fue al otro mundo (no me atrevo a aventurar que al infierno, porque sería un juicio temerario) ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que le encajara en la línea de los poetas.”
(Conferencia pronunciada en el Círculo Mercantil de Madrid, el 9-4-1935)
No fue ésta la única ocasión en la que José Antonio se mostró favorable a las tesis marxistas. José Antonio, para formar su ideología y su concepción de la revolución española y del futuro Estado y organización socio-económica nacional-sindicalista, parte de las premisas de Marx. Acepta la crítica de éste al liberalismo y al capitalismo, y comparte su deseo de traer una buena vida a los obreros. Sin embargo, no acepta las soluciones de Marx (la dictadura del proletariado y la extinción natural del Estado) ni su actitud clasista. José Antonio quiere una revolución que englobe a todos, y quiere un Estado que no represente a ninguna clase en concreto, sino que armonice a todos los individuos en una empresa común. Ahora bien, como hemos visto más arriba, José Antonio no quiere el mantenimiento del statu quo, es decir, no quiere que se mantengan las diferencias entre clases sociales, pues exige todos los sacrificios necesarios por parte de los más acomodados a favor de los más pobres, así como medidas socio-económicas que limen las diferencias entre clases sociales y acerque las condiciones materiales de los individuos, así como sus intereses varios. No son pocos los falangistas actuales que afirman que José Antonio, de seguir vivo, hoy en día sería socialista. Y, de hecho, su pensamiento tiene grandes dosis de socialismo (por no decir directamente que es un pensamiento socialista). Lo que repudia es la dictadura del proletariado y la supuesta disolución del Estado deviniendo la sociedad sin clases ni Estado, algo que, afirmaba, puede que no llegase jamás (refiriéndose a la URSS). Aun teniendo en cuenta que la concepción que tenía José Antonio sobre el marxismo y el socialismo o comunismo estaba condicionada en gran parte por lo que pasaba en la URSS, hay que analizar su crítica a Marx.
José Antonio conocía “El Capital” y demuestró haber leído, como mínimo, el primer volumen (pues hizo un resumen de éste en un discurso). También conocía la idea de la dictadura del proletariado y la sociedad futura surgida después de la disolución natural del Estado. Sin embargo, hay ciertos aspectos académicos del marxismo que creemos que no acabó de interpretarlos correctamente. Pero veamos primero algunos fragmentos de su obra en los que habla del marxismo y el socialismo:
“Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.
El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.
No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.
Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.”
(Discurso del acto fundacional de FE, pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)
“El bolcheviquismo es en la raíz una actitud materialista ante el mundo. El bolcheviquismo podrá resignarse a fracasar en los intentos de colectivización campesina, pero no cede en lo que más importa: en arrancar del pueblo toda religión, en destruir la célula familiar, en materializar la existencia. Llega al bolcheviquismo quien parte de una interpretación puramente económica de la Historia.”
(ABC, 31 de julio de 1935)
Por un lado, criticaba duramente lo que se conoce como materialismo histórico. Éste es un método de análisis de la Historia partiendo de la premisa que hay una estructura económica (los modos de producción) que explica toda la superestructura (digamos la conciencia, es decir, las ideologías, la imagen que tienen los hombres de su sociedad, lo que creen que son y lo que deben ser, las religiones, etc). Y, a partir de esta premisa, le aplica el método conocido como materialismo dialéctico, que no era otra cosa que la dialéctica de Hegel interpretada en clave materialista.
“(...)se trata de(...) mantenerse siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo de la idea, de explicar las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material, por donde se llega, consecuentemente, al resultado de que todas las formas y todos los productos de la conciencia no brotan por obra de la crítica espiritual (...), sino que sólo pueden disolverse por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales(...).”
(Marx/Engels, La ideología alemana)
El fundamento de la confusión de José Antonio para con el materialismo histórico reside en interpretarlo como una reivindicación del marxismo, es decir, como una voluntad de suprimir todo lo espiritual y sustituirlo por elementos materiales, mientras que el materialismo histórico no es una reivindicación, sino una forma de explicar la Historia. En todo caso sería la reivindicación de que las cosas suceden así, pero no el deseo de tal suceso. Marx no quiere arrancar de los obreros la espiritualidad. De hecho, una de las cosas que se supone que traerá la sociedad sin clases ni Estado es la eliminación del yugo del hombre al trabajo, pudiéndose dedicar a cultivar su vida intelectual y, si lo desea, espiritual. Es decir, José Antonio entendió el materialismo histórico, pero lo interpretó mal. Esta confusión respecto del materialismo histórico se acentuó con la ya famosa cita de Marx: “La religión es el opio del pueblo”. José Antonio, persona profundamente cristiana, no vio en eso sino un ataque directo a sus creencias más íntimas (como lo han visto así también muchos “marxistas” a lo largo de las décadas), cuando Marx nunca quiso atacar a la experiencia religiosa personal de cada uno, es más, decía explícitamente que ésta era algo íntimo de cada individuo y que el Estado no debía meter las narices en ello (sic). La famosa frase que cataloga la religión como opio se refiere a la utilización que hacen las instituciones eclesiásticas de la religión, y no de la experiencia religiosa personal de cada uno. En cuanto a la idea personal de Marx de la religión, partía de la crítica de Feuerbach.
Según Feuerbach, la religión nace de la deificación inconsciente del ser humano por él mismo. El secreto de la religión no es, pues, otro que el hombre mismo, y sus objetos de culto son expresiones del sentimiento humano. Todos los atributos de Dios son los mismos que los predicados de la humanidad, aunque en cualidad de infinitud. En consecuencia, la teología debe entenderse como antropología.
Cuando alguien es creyente, por más que le mostremos proposiciones lógicas que derrumben la validez conceptual de la religión, éste no se derrumba (para el creyente), pues la fe no es producto de la necesidad de la razón, sino del corazón. La sensibilidad tiene un papel fundamental en la religión. Cuanto más pobre y miserable es el hombre, más grande y concreto es Dios. La religión seguirá existiendo, dice Feuerbach mientras los deseos humanos no sean satisfechos.
Así pues, la religión consiste en la alienación inconsciente del hombre de sí mismo, y, según Feuerbach, debe desenmascararse y, después, reformar la filosofía en clave materialista para que en el futuro pueda satisfacer las necesidades del hombre, pero tomándolo a él como objeto principal en vez de a Dios. Pero Marx le critica a feuerbach que no viera que el “sentimiento religioso” es un producto social resultante de las condiciones materiales.
Así, pues, Marx ve la religión como algo relativo a la miseria humana, pero no se propone arrancar la experiencia religiosa personal. Cree que en la sociedad vaticinada por él no habrá experiencia religiosa, pues el hombre será feliz y no se autoalienará, pero tampoco se la niega a aquél que tenga fe. Marx cree que la condición de posibilidad de la experiencia religiosa es la miseria humana, y que si ésta se elimina, la experiencia religiosa desaparece. Sin duda esto es muy discutible, puesto que siempre ha habido gente feliz, con la vida solucionada, y han tenido fe. Incluso hoy, la suma de felicidad y ciencia no produce necesariamente la disolución de la experiencia religiosa. Es muy probable que, efectivamente, la miseria conlleve una mayor y más profunda experiencia religiosa, pero no es muy discutible que sea su único sustento, su única condición de posibilidad. La fe existe por sí misma y, en su estado más puro, no se deja condicionar por nada ulterior a ella. José Antonio, sin ser kierkegaardiano, se acerca en cierta manera a este filósofo existencialista. El materialismo histórico, aun siendo un método eficaz, no lo explica todo, algo que José Antonio sin duda percibió y creemos que, en este aspecto, fue muy acertado para con la teoría materialista.
Sin duda José Antonio no estaría de acuerdo con la explicación materialista de la religión, pero se equivocó al pensar que el marxismo lucha contra la experiencia religiosa del obrero. El marxismo lucha contra las condiciones socio-económicas que, desde su punto de vista, producen la condición de posibilidad de la experiencia religiosa, por entender que ésta proviene de algo esencialmente injusto.
La confusión viene dada, fundamentalmente, porque José Antonio mira la religión desde un punto de vista íntimo y cultural, apuntando a los valores éticos y espirituales del cristianismo, mientras que el marxismo la analiza política y socialmente (como se ve claramente en el texto de Marx titulado “El comunismo del periódico Rheinischer Beobachter”). José Antonio no critica directa y abiertamente la Iglesia, pero en su proyecto político ésta no tendrá ninguna potestad sobre el Estado, que es precisamente lo que el marxismo ataca con más furia. Esta distinción entre lo que se puede llamar cristianismo primitivo y el cristianismo eclesiástico fue, de hecho, percibida por Engels:
“La historia del cristianismo primitivo ofrece curiosos puntos de contacto con el movimiento obrero moderno. Como éste, el cristianismo fue en su origen el movimiento de los oprimidos(...).”
(F Engels, Contribución a la historia del cristianismo primitivo)
Para Engels, el cristianismo se corrompió con los dogmas establecidos por el Concilio de Nicea, siendo hasta entonces un movimiento muy respetable (igual que José Antonio consideraba el socialismo como algo justo e su nacimiento y que se descarrió con el marxismo y su materialismo histórico).
Critica también José Antonio que el marxismo, en su tónica materialista y antireligiosa, quiere romper la familia tradicional, siendo la única verdad que Marx y Engels sólo pretenden desligar la familia de las condiciones económicas:
“Por tanto, el matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los esposos. Desde ese momento, el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que la inclinación recíproca”
(Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado)
La lucha de clases es sustituída en la ideología joseantoniana por la cooperación entre clases sociales. Cooperación dirigida al horizonte de la justicia social y, por tanto, a la eliminación progresiva entre las clases sociales, nunca destinada a mantener el orden social existente, como pasó en Italia bajo el fascismo. Es evidente que en el proyecto de revolución española joseantoniana no pueden tener cabida ningunas consideraciones que enfrente a los españoles entre sí, como hace la lucha de clases marxista. El marxismo expuso los antagonismo existentes entre las clases sociales y propuso la lucha y la tiranía de una por encima de la otr en el tránsito al comunismo. José Antonio, entendiendo que ese tránsito era puramente utópico e irrealizable (y la historia del comunismo, hasta ahora, así lo ha demostrado empíricamente), creyó mejor establecer una cooperación fraterna y animosa, la cual iba a ser fomentada mediante la unión de todos los españoles en una empresa común y en el sentimiento de pertenecer todos a una misma nación que podía llevarles, con el trabajo de todos, a la auténtica justicia social y a la felicidad. Tanto Marx como José Antonio querían acabar con los antagonismos de clase, uno con lucha (y posterior desaparición de las clases) y el otro con cooperación.
Creemos que la crítica joseantoniana al marxismo es académicamente insuficiente, pero políticamente profunda. Supo entender sus tesis básicas y proponer soluciones alternativas a los problemas que, tanto José Antonio como Marx, percibían y les preocupaban a ambos. En muchas cuestiones coincidían, incluso aunque José Antonio no se diera cuenta. Por ejemplo, José Antonio criticaba al marxismo que tachara toda propiedad individual de nociva y maligna. Reivindicaba la propiedad privada pequeña y beneficiosa para el bien público, y calificaba, de hecho, al capitalismo como la negación de la propiedad privada, a la cual deshumanizaba y desposeía de su función de armonizar al individuo con la colectividad, satisfaciendo el derecho y las necesidades de todos a la vez que salvaguarda las libertades e intereses particulares. Y Marx, aun queriendo eliminar toda propiedad privada, dijo:
“La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más odiosas. La propiedad privada fruto del propio trabajo y basada, por decirlo así, en la compenetración del obrero individual e independiente con sus condiciones de trabajo, es devorada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación de trabajo ajeno, aunque formalmente libre”
(Karl Marx, El Capital)
José Antonio, que murió joven, no tuvo tiempo de conocer a fondo la obra de Marx. Creemos que de haber sido así, hubiera encontrado más puntos en común de los que ya reconocía. Pero, indudablemente, mantenía con el marxismo unas diferencias fundamentales que hacían que jamás se hubiera podido adherir a dicha doctrina.
Testimonios
Para terminar esta síntesis sobre José Antonio, recogemos aquí varios testigos de gente que le conoció (y otros que no pero han leído sobre él). Algunos ya los hemos citado más arriba pero, sin ánimos a ser repetitivos, los volvemos a citar para tenerlos recopilados ordenadamente. Hoy en día es difícil ver que alguien de izquierdas diga algo bueno sobre José Antonio, y si alguien intenta defenderlo es tachado de “fascista”, cuando no insultado o amenazado, considerándose una persona peligrosa para la democracia o la convivencia y la tolerancia. Sin embargo, como veremos aquí, no era así en su época, una época de violencia y revoluciones/contrarrevoluciones, de máxima tensión y antagonismo. Pues, de esta época de bipolarización ideológica, pueden encontrarse testimonios sobre el fundador de la Falange Española como éstos:
“Fue posible una cooperación de José Antonio con la República de izquierda si, con la acción y la retórica que amaba por igual, se le hubiera sabido atraer a nuestro régimen, pues yo no he olvidado que delante de mí le dijo un día a don Indalecio Prieto, por quien sentía afecto y admiración, que él se inscribiría en el partido socialista si éste se declaraba nacional. El nacionalismo exacerbado de aquel muchacho inteligente, reflexivo y audaz, a pesar de su aparente frivolidad señoritil, y su fiero antimonarquismo, engendrado por la ingratitud de Alfonso XIII para el general don Miguel, se habrían podido atraer y aprovechar si en los momentos en que la República era todavía una gran ilusión nacional hubiese habido alguien con perspicacia y autoridad suficientes para haber comprendido lo que en su cerebro encerraba José Antonio de positivo y la utilidad que de ello podía haber obtenido el nuevo régimen, necesitado de todas las cooperaciones españolistas inquietas por el porvenir para afianzarse, sin grandes resistencias, en el alma de todos los españoles progresivos”
(Félix Gordón Ordás, presidente del Gobierno en el exilio)
“Es ahora cuando se puede medir la torpeza en que se incurrió al consentir el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, cuya muerte no ha sido oficialmente publicada por sus camaradas. Es el Ausente, adjetivo que expresa una duda esperanzada. Esperanza condenada a rápida extinción. Primo de Rivera acabó sus días el 19 (sic) de noviembre de 1936. Su testamento tiene fecha anterior. Es un documento sobrio y sereno, que no carece de sincera emoción. Aquella que le da el trance en que ha sido escrito. Juzgue el lector de la parte humana y política”
(Julián Zugazagoitia, periodista y político bilbaino, director de El Socialista de Madrid, diputado a Cortes, ministro de Gobernación en el primer gabinete presidido por Juan Negrín)
“El fusilamiento de Primo de Rivera fue motivo de profundo disgusto para mí, y creo que para todos los ministros del gabinete. Como en todos los casos de condena a muerte por los Consejos de Guerra –y Primo de Rivera fue sometido y juzgado por uno de estos Consejos– la sentencia pasó al Consejo Supremo; éste la confirmó, y cumplido este trámite debería pasar al Consejo de Ministros para ser o no aprobada, costumbre establecida por mi Gobierno. Estábamos en sesión con el expediente sobre la mesa, cuando se recibió un telegrama comunicando haber sido fusilado Primo de Rivera en Alicante. El Consejo no quiso tratar una cosa ya ejecutada, y yo me negué a firmar el enterado para no legalizar un hecho realizado a falta de un trámite impuesto por mí a fin de evitar fusilamientos ejecutados por la pasión política. En Alicante sospechaban que el Consejo le conmutaría la pena. Acaso hubiera sido así, pero no hubo lugar. Esta es la estricta verdad respecto a este episodio, tan lamentable y que tan malas consecuencias ha tenido”
(Francisco Largo Caballero, político y dirigente obrero)
“José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos. Comentábamos los debates del día, hablábamos de cualquier cosa. Recuerdo que siempre me decía: Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo todos queremos lo mismo. Y era cierto”
(Teodomiro Menéndez, diputado socialista y uno de los responsables de la Revolución de Asturias)
“Juan Negrín, Indalecio Prieto o Julián Besteiro podían haberse entendido perfectamente con José Antonio Primo de Rivera, antes que con un Joaquín Maurín, un García Oliver o con Andrés Nin. Las simpatías de Negrín y Prieto hacia José Antonio eran innegables a pesar de que no compartían su ideario, pero sí el amor a España por encima de toda contingencia política”
“José Antonio se lamentaba de que los obreros no afiliados al naciente movimiento falangista, se resistieran a seguirle en sus propósitos de justicia social, actitud que le dolía al jefe de la Falange, pues aspiraba a arrastrar tras de sí, algún día, a las grandes masas obreras, y le preguntó a Pestaña los motivos, a lo que el dirigente de los Treinta, respondió, suavizando en lo posible las palabras: Porque los obreros ven en ti a un señorito y no a uno de ellos”
(Joan Llarch, biógrafo de Juan Negrín y Durruti)
“Pudo haber y no lo hubo, un diálogo del anarquismo y del falangismo en su primera hora. Pero consciente de los vínculos ideológicos entre sus aspiraciones y las del sindicalismo libertario español, Primo de Rivera tuvo entrevistas con Ángel Pestaña pocas semanas después de la fundación de Falange, en el curso de una visita a Barcelona, y no pudo establecerse ningún acuerdo, en parte por la distancia que había entre uno que había nacido en cuna pobre y se había desarrollado en el trabajo constante, y el que había nacido en cuna dorada y no había tenido ningún inconveniente en su carrera por la vida, con el pan de cada día seguro. Se hicieron otros intentos de acercamiento a través de Ruiz de Alda y de Luys Santa Marina, pero Pestaña no tuvo confianza en la posibilidad de una cooperación con ese sector nuevo y juvenil de la vida políticasocial española”
“A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la Policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la FAI, lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange Española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones. Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía ser base para una acción conjunta a favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fue condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que este hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el Gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fue un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español, aun desde los campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiese sido tácitamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!”
(Diego Abad de Santillán, anarquista miembro de la CNT-FAI)
“Pero la propuesta del señor Primo de Rivera [para poner fin a la Guerra Civil] deja bien establecidas dos cosas y éstas son las que yo brindo como aporte a la historia de la República. Una, que el 9 de agosto de 1936, el jefe de Falange Española se dirigía a mí, con todos lo respetos y acatamientos al cargo que yo ocupaba y que, reconociendo la legitimidad del Gobierno de la República, presentaba a éste unas proposiciones que él creía útiles para el restablecimiento de la paz. Y otra, que en la conciencia de uno de los directores de la rebelión –quizás el más inteligente y por ende el más peligroso– se manifestaba el remordimiento puesto que, desde la soledad de la celda, decía que era preciso realizar un esfuerzo para contener el peligro que gravemente amenazaba a la España de todos”
(Diego Martínez Barrio, ministro de la República)
“Mas ¡qué diferente habría sido la política española si se hubiese sentado en el congreso! No habría secundado los ataques corrosivos y demagógicos de Calvo Sotelo; caminaría con rumbo propio; no habría sido detenido arbitrariamente, y no habría sufrido la prisión y la sentencia de muerte. No se avendría nunca a ser plegadizo portavoz de la rebelión militar, si es que ésta llegaba a producirse, y pondría su pensamiento en aquella altura en que lo situó su testamento político de buscar –igual que yo– una conciliación entre las dos Españas, una colaboración ministerial con republicanos probados”
(Manuel Portela Valladares, republicano)
“José Antonio era un hombre cultivado de sensibilidad y encanto a quien incluso sus enemigos respetaban”
(Hugo Thomas, hispanista de izquierdas)
“Si José Antonio Primo de Rivera hubiera estado en Granada, a Lorca no le matan. Porque Primo era un hombre con cultura, un poco poeta y con él se podía razonar. Yo hasta le tengo cierto cariño”
(Ian Gibson, hispanista de izquierdas)
“Aunque no comulgo con la ideología, sí creo que José Antonio Primo de Rivera era una persona honrada, con ideales, y que intentó actuar en bien de la sociedad y de España”
(Paul Preston, hispanista de izquierdas famoso por sus duras críticas al franquismo)
“Su dirigente, José Antonio, como se le llamaba siempre, era un joven andaluz dotado de encanto personal y de imaginación. Hasta sus enemigos, los socialistas, no podían por menos que tenerle cierto afecto. En las discusiones de café acostumbraba a insistir en que estaba más cerca de ellos que de los conservadores. Apostrofaba a la República porque no socializaba los bancos y los ferrocarriles y por tener miedo de emprender la reforma agraria con energía”
(Gerald Brenan, hispanista)
“Lo que quería José Antonio era convencer, de ninguna manera imponer, como ocurría con una gran parte de sus correligionarios y seguidores. En sus raíces era un seductor, no un dictador. Él creía en la dialéctica del puño y las pistolas como recurso supremo, pero estas bravuconadas hay que entenderlas como concesiones a la época y no como manifestaciones esenciales de un modo de ser. La violencia y el pistolerismo eran un instrumento común en su tiempo, empleado por todos los partidos radicales, no sólo por Falange. En rigor, José Antonio se opuso siempre a la violencia que en España habían introducido las bandas del Sindicato Libre, los pistoleros anarcosindicalistas, los alabiñanistas y los mismos estudiantes ultras de la FUE. Antes de organizar ella misma sus cuadros represivos, la Falange fue víctima de represalias físicas de la extrema izquierda. Todo el que no tenga en cuenta ese hecho decisivo se descalifica a sí mismo para enjuiciar con honestidad el proceso evolutivo. Fue la moderada actitud de José Antonio ante las eliminaciones de varios militares y falangistas lo que motivó en el seno de la Falange el surgimiento de un grupo que exigía el terror contra la izquierda […]. Fueron Ansaldo y Manuel Groizard quienes abogaron por la táctica del terror como instrumento de lucha. José Antonio demoró cuanto pudo estos métodos vindicativos; el terror practicado por los ultraizquiedistas no favoreció la inicial templaza joseantoniana. Las turbias escuadras de la Falange de la Sangre fueron aceptadas al final por José Antonio, como pura necesidad pragmática pero no por convicciones interiores”
(Heleno Saña, escritor anarquista)
“Ayer, al pasar por los puestos de libros del Cabildo, vi unos cuantos libros españoles, de la España actual… ¡Lagarto, lagarto!... Sin embargo, me compré nada menos que las Obras Completas de José Antonio. Hacía mucho tiempo que quería leerlas y ayer era verdaderamente inoportuno porque tenía que terminar lo de las Mujeres Ejemplares, pero llegué a casa y me leí de un golpe trescientas páginas. Es increíble. Dos cosas son increíbles; una que todo eso haya podido pasarme inadvertido a mí, en España, y otra que España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien. Porque no me extraña que llegaran a matarle: estaba hecho para eso, para que después de muerto se haya hecho el silencio sobre su caso… Era difícil y expuesto por la gran confusión en torno. Por el contrario, los gitanillos, las faldas de volantes, los toritos bravos y todo el puterío sublimado extendiendo por el mundo una España histriónica era vivificante para la cosecha de turismo. Es cierto que su simpatía por los fascismos europeos, tan macabros, le salpicó con el cieno en que ellos se enfangaron, pero leyéndole con honradez se encuentra el fondo básico de su pensamiento, que es enteramente otra cosa. Fenómeno español por los cuatro costados […]. Despertad, sacudid a uno de esos ciegos y será capaz de mayor abnegación, pero mientras viva ofuscado por su propio brillo, activado por su propia hambre, no esperéis que dialogue con el prójimo, conformaos con poder evitar que lo devore. Hay que estudiar esto en Unamuno, en Ortega, en José Antonio, su reflejo o espectro. En lo que quedó de ellos, en quienes les fueron afectos y en quienes les execraron sin comprenderlos o, lo que es peor, comprendiéndolos y temiendo –por pereza, por miedo o por inepcia– lo que ellos exigían.”
(Rosa Chacel, republicana)
“Mire, sé que la cita es un riesgo, pero uno de los que entendió mejor, y en circunstancias muy difíciles, el catalanismo, fue José Antonio Primo de Rivera”
(Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat)
“Cuantos me reprochaban las defensas de ese joven impetuoso y bien intencionado, conocen mi respuesta. Es que también le debía la vida, porque él y su gente me custodiaron hasta mi domicilio, una noche en que algunos, que se decían correligionarios míos, habían acordado ‘abolirme’. Ya conoce V.E., por escrito, el episodio. Son páginas personales que dicen muchas cosas.”
“Data de muchísimo tiempo la afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilar en el campo de batalla. La confrontación de ideologías, que no se hizo entonces, debe hacerse ahora. Porque es necesario un esfuerzo generoso en busca de puntos de concordia que hagan posible la convivencia, tratándonos como hermanos y no peleando como hienas”
(Indalecio Prieto, dirigente socialista)
Si hay un personaje en la historia española que se ha ganado un inmerecido desconocimiento y una reputación tergiversada es sin duda José Antonio Primo de Rivera. Durante cuarenta años, el régimen franquista ha hecho ostentación de su imagen y retórica, grabando en el corazón de los españoles la imagen de José Antonio como un heraldo de la reacción y el ultraderechismo. Su retrato sigue acompañando al de Franco en muchos hogares y su imagen es utilizada por grupos neofranquistas y neonazis. Sin embargo, el pensamiento de José Antonio no se ajusta para nada ni con el régimen nacional-catolicista de Franco ni con el racismo ni el darwinismo social de Hitler. Asimismo, las críticas llegadas de la izquierda española contribuyen a cimentar esta imagen de un hombre que nunca fue ni reaccionario ni racista. El posterior análisis que realizaremos de su pensamiento político mostrará cómo al franquismo no le interesaba la auténtica revolución nacional-sindicalista que soñaba José Antonio. Sin embargo, hay que aclarar la relación que tuvo con el fascismo (que analizaremos más adelante), puesto que fue un ferviente admirador de Mussolini y se entrevistó con Adolf Hitler, además de los abundantes escritos en que defiende al fascismo italiano (que no el nacionalsocialismo alemán, al que siempre miró con cierto recelo).
Breve reseña biográfica
José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia nace en Madrid el 24 de Abril de 1903. Es el primer hijo del teniente coronel de Infantería y marqués de Estella Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930) y Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín. Tuvo seis hermanos: Miguel, Carmen, Pilar, Angelita (melliza de Pilar que murió en 1913) y Fernando. A los nueve días de nacer éste, Casilda muere, siendo un duro golpe para toda la familia. Desde entonces, su abuela y sus tías paternas Inés y María Jesús (conocida como la tía Ma) se hicieron cargo de los pequeños. Entre 1912 y 1917 cursó el Bachillerato en el Instituo Cardenal Cisneros (Madrid) y en los de Cádiz y Jeréz de la frontera. Al año siguiente entra en la Universidad de Madrid e inicia sus estudios de Derecho, el cual se convertirá en una de sus grandes pasiones junto con la lectura. Durante sus estudios universitarios conoce al que será uno de sus mejores amigos: Ramón Serrano Suñer. Alternó los estudios con trabajo a tiempo parcial durante el año 1919 en la casa de automóviles Mcfarland como responsable de la correspondencia en inglés. Pariticpó en la Asociación Oficial de Estudiantes en 1920 y al año siguiente termina la carrera de Derecho, no pudiendo aún ejercer por ser demasiado joven. Al año siguiente le es concedida su licenciatura y, al siguiente, obtiene el doctorado. En Julio de ese mismo año ingresa en el Ejército en Barcelona, donde su padre es capitán general. En septiembre asciende a cabo. El día 13 de ese mismo mes, su padre da un golpe de Estado y asume el control del gobierno. José Antonio terminó el servicio militar en el año 1924 en Madrid como alférez de complemento. Al año siguiente se incorpora al Colegio de Abogados de Madrid. Durante toda la dictadura de su padre se dedicará exclusivamente a la lectura y a la abogacía, no entrando para nada en cuestiones sociales ni actos políticos. Una vez terminada la dictadura y, casi al mismo tiempo, caída la Monarquía, es proclamada la República. Manteniéndose al margen de cuestiones políticas, empieza defendiendo la memoria de su padre (como persona, no como político), aunque posteriormente entra en la vida política como defensor de algunos de los ministros de su padre, como don Galo Ponte. La ferviente defensa de su progenitor le lleva a afiliarse a la Unión Monárquica, formación política de derechas. Entra en el Parlamento únicamente para defender la memoria de su padre. Sin embargo, pronto empieza a interesarse por la actualidad política, conservando todo el patrotismo pero girando hacia la izquierda en cuestiones socio-económicas, y en 1933 participa en el único número de la revista El Fascio. Contacta con Julio Ruiz de Alda y con Alfonso García Valdecasas y funda lo que fue una espécie de precursor de la Falange Española: el Movimiento Español Sindical (MES). En Octubre viaja a Roma y se entrevista con Mussolini, y ese mismo mes se celebra el acto del teatro de la Comedia, que es considerado el mítin fundacional de Falange Española (FE), aunque el movimiento, por aquél entonces, aún no tenía nombre. Al año siguiente (1934) Falange Española se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, de cuya unión surge FE de las JONS. Consigue un acta de diputado, y sus tendencias izquierdistas le valen el recelo de la derecha, así como su patriotismo y su interés por el fascismo le aleja involuntariamente de las izquierdas. Sin embargo, tiene más relaciones cordiales con izquierdistas que con derechistas, especialmente con Indalecio Prieto. Su carrera política fue brevísima aunque intensa, modificando su discurso hasta radicalizarlo y haciéndolo cada vez más revolucionario. Terminó sus días en la prisión de Alicante fusilado por sus adversarios antes de que el gobierno diera la orden de aplicamiento de la pena de muerte que le fue impuesta y mientras diversos políticos republicanos de izquierdas(entre ellos Indalecio Prieto) intentaban conmutarle la pena.
José Antonio y el fascismo
La defensa de José Antonio hacia el fascismo debe, antes que nada, contextualizarse. Hoy en día tenemos la imagen del fascismo como una ideología intrínsecamente maligna, intolerante, represiva y genocida. Y, desde luego, el régimen mussoliniano fue represivo, brutal y violento; por no mencionar los inhumanos excesos del régimen nacionalsocialista alemán. Sin embargo, hay que señalar que José Antonio conocía el fascismo a partir de la letra (es decir, en su teoría) más que en su práctica, cuya represión sin duda no le fue mostrada en su visita a Italia en Octubre del año 1933. El fascismo italiano destruyó el movimiento obrero e instauró un régimen pretendidamente revolucionario pero reaccionario a la práctica, teniendo los empresarios una clara ventaja ante los obreros. Pero tras esto había toda una retórica y una teoría que no se ajustaba a aquellos hechos, una retórica que los sindicalistas fascistas (el ala izquierda del Partido Nacional Fascista) reclamaban a la vez que realizaban gestiones a favor de los obreros, llegando en ocasiones a ponerlos en ventaja ante los empresarios. Estos sindicalistas, descontentos con la política reaccionaria de Mussolini, se desencantaron del fascismo y se dedicaron exclusivamente a sus labores sindicales y a mejorar en la medida de lo posible las condiciones de los trabajadores dentro del régimen fascista, obteniendo grandes éxitos a lo largo del régimen, si bien éste fue fundamentalmente derechista en cuestiones de relación patronos-obreros. Si José Antonio hubiese vivido en Italia, hubiese sido uno de estos sindicalistas y sin duda no habría sentido la admiración por Mussolini que sentía viviendo fuera de Italia. Por otra parte, y como mero apunte, es importante señalar que, pese a la violencia y represión que practicó el fascismo italiano, fue la dictadura más suave de su época en comparación con la Unión Soviética y la Alemania nazi. Nunca llegó a tener un control total del Estado y sus víctimas mortales no fueron numerosas. De hecho, la OVRA, la policía fascista de represión a los opositores al régimen y el Tribunal Especial sólo condenaron a muerte a 25 personas de las 10000 que encerraron en prisión. Dicho esto, seria interesante ver la imagen particular que tenía José Antonio del fascismo, imagen que, como hemos dicho, no se correspondía con lo que realmente pasaba en Italia.
“El fascismo no es una táctica –la violencia–. Es una idea –la unidad–.”
“Para encender una fe, no de derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto), ni de izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo, hasta lo bueno), sino una fe colectiva, integradora, nacional, ha nacido el fascismo.”
“Tratan [al fascismo] de presentarlo a los obreros como un movimiento de señoritos, cuando no hay nada más lejano del señorito ocioso, convidado a una vida en la que no cumple ninguna función, que el ciudadano del Estado fascista, a quien no se reconoce ningún derecho sino en razón del servicio que presta desde su sitio. Si algo merece llamarse de veras un Estado de trabajadores, es el Estado fascista. Por eso, en el Estado fascista –y ya lo llegarán a saber los obreros, pese a quien pese– los sindicatos de trabajadores se elevan a la directa dignidad de órganos del Estado.”
(Carta publicada en "ABC" el 22 de marzo de 1933.)
“Por eso, para juzgar los sucesos políticos [la miseria a la que se ven sumidos los obreros bajo el régimen liberal], exige medidas más profundas que las del rotativo de la mañana. Quiere Estados que no se limiten a decirnos lo que podemos hacer. sino que nos pongan a todos, protegiendo a los débiles, exigiendo sin rencor sacrificios a los poderosos, en condiciones de poder hacerlo. Dos tipos de Estado intentan el logro de tal ambición. Uno es el estado socialista, justo en su punto de arranque, pero esterilizado después, por su concepto materialista de la vida, y por su sentido de lucha entre clases. El otro es un Estado que aspira a la integración de los pueblos, al calor de una fe común. Su nombre empieza con efe. ¿Puede decirse ya?”
(La Nación, 25 de septiembre de 1933.)
Obviamente, la imagen que tenía José Antonio del fascismo era totalmente idealizada y apoyada en un desconocimiento considerable de lo que fue realmente el fascismo. Pero aquí lo que interesa es qué defendía realmente José Antonio cuando hablaba a favor del fascismo. No defendía la opresión ni la discordia, ni mucho menos la destrucción del movimiento obrero. Más bien lo contrario. El fascismo era visto por José Antonio como una manifestación ideológica de la revolución social a la vez que nacional que él creía conveniente para España.
Por otro lado, hay que destacar que en ninguna ocasión José Antonio se refirió a él mismo ni a su movimiento como fascistas, al menos abierta y directamente, si bien hay algunos pasajes en los que se encuentra algo de ambigüedad. Aceptaba que coincidían en la idea de unidad nacional y otras cosas de valor universal, pero negaba que la Falange fuera un movimiento fascista. Lo negó explícitamente en un registro televisivo que se conserva del jefe de Falange, así como lo negó también en un artículo publicado en el diario Informaciones:
“Dice [Miguel Maura] que nuestro fascismo no tiene de italiano sino el nombre. Y, cabalmente, el nombre es lo que no tiene ni ha tenido nunca: jamás se ha llamado fascismo en el olvidado párrafo del menos importante documento oficial ni en la más humilde hoja de propaganda. Así, ¡ay!, nos conocemos unos a otros en esta España de nuestros desvelos. ¿No sería cosa de pensar, aunque nos pegáramos mucho, en escucharnos los unos a los otros alguna que otra vez?”
(La censura prohibió en abril de 1936 la publicación de este artículo en Informaciones, que apareció en Baleares el 6 de enero de 1940)
Pese a las ya comentadas defensas al fascismo y a la estética claramente fascista de Falange, puede afirmarse que José Antonio no era fascista. Él y la Falange eran, simplemente, nacional-sindicalistas. Debe apuntarse también el hecho de haber vivido en una época en que Europa se debatía fuertemente en dos polarizaciones básicas: fascismo y comunismo. Aun así, José Antonio fue uno de los pocos que nunca se proclamó fascista, como posteriormente hicieron o daban a entender Calvo Sotelo o Gil-Robles, ambos provenientes de la derecha y que no pudieron sustraerse a la polarización ideológica.
Con todo, muestra Ian Gibson en su libro “En busca de José Antonio” que en los 15 números de la revista F.E. (principal órgano falangista anterior a Arriba) se presta gran atención a los acontecimientos de Italia y otros países con presencia fascista, incluída Alemania. Conviene remarcar que, pese a que José Antonio era el director, no todos los escritos eran, obviamente, obra suya. Es muy probable que hubiera falangistas que se sintieran muy cercanos al fascismo italiano, pues indudablemente el falangismo tomaba varios aspectos de éste. Sin embargo, cada vez se forjó más un auténtico pensamiento falangista, desmarcándose del fascismo, entre otras cosas, en aquello tan característico de éste: la violencia, que veremos más adelante.
Aclarada la relación entre José Antonio y el fascismo, es interesante hacer mención al uso por parte de José Antonio del término “Totalitarismo” (tan relacionado con el fascismo), que sin duda puede generar más confusiones desafortunadas. El término político “totalitarismo” fue utilizado por primera vez por Mussolini, remarcando el panteísmo estatal que envolvía toda la doctrina fascista. Para Mussolini, el Estado debía estar en todo y, a la vez, por encima de todo. Y el caso es que, durante su mandato, el Estado llegó a estar incluso por encima del propio partido fascista, que en ocasiones entraba en conflicto con el Estado y se debía someter a él. Esto ha sido estudiado por el historiador Tannenbaum en su libro “La experiencia fascista”. Así, el totalitarismo italiano nunca tuvo ni las pretensiones ni las implicaciones que tuvo el totalitarismo nacionalsocialista o el comunista. De hecho, autores como la filósofa política Hanna Arendt no consideran al fascismo italiano como un régimen totalitario, entendiendo a éste a partir de los modelos nazi y soviético. Mussolini entendía el totalitarismo como una forma de Estado que lo engloba todo y media entre todos los ciudadanos de distintas clases y condiciones para acercar intereses y mantener la justícia social. Hemos visto ya que esto no resultó ser así en la práctica, y que el Estado fascista mantuvo el statu quo a base de represión y violencia contra los trabajadores (aunque dejando un mínimo espacio para la rama izquierda del partido, los sindicalistas). De todas formas, la definición teórica del Estado fascista puede encontrarse en diversos discursos y escritos de Mussolini, como por ejemplo:
“El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo”
(Benito Mussolini. Síntesis del régimen, 18 de Marzo de 1934)
El Estado totalitario italiano creó una serie de Corporaciones distribuidas por ramas de producción, cuya misión era eliminar los antagonismos de clase. Este método no resultó ser eficaz y, de hecho, José Antonio definió el corporativismo como “buñuelos de viento”, es decir, algo de lo que había que mantenerse con posición escéptica pues su funcionamiento no estaba garantizado. Sin duda el falangismo tiene influencia de la concepción fascista del Estado (hay que tener siempre en cuenta la dialéctica que siempre hubo en el régimen fascista entre teoría y práctica). Sin embargo, para José Antonio el totalitarismo no consistía en que el Estado tuviera la potestad de inmiscuirse en todo (más bien debía tener la potestad de inmiscuirse en todos los asuntos económicos), sino que se refiere a la participación de la totalidad del pueblo en el Estado, algo que lo diferencia del ferreísmo estatal del fascismo, que pretende representar los intereses de todos sin dejar participar a los individuos más que en las Corporaciones, poco definidas. Como muestra, un fragmento del punto 6 de la Norma Programática de FE de las JONS:
“26. Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él a través de su función familiar, municipal y sindical (...).” (la cursiva es nuestra)
Tenemos, pues, que la concepción que tenía Mussolini del totalitarismo no era la que se desarrolló en la Alemania nazi o en la URSS, y que el totalitarismo era entendido por José Antonio y los falangistas de manera diferente de la que lo entendía Mussolini.
Otra de las diferencias que alejan a José Antonio del totalitarismo y del fascismo es su voluntad de establecer contactos con los adversarios políticos. El fascismo atacó al movimiento obrero desde el principio, mientras que José Antonio (y antes que él Ramiro Ledesma Ramos, fundador de las JONS), se entrevistó con dirigentes de la CNT-FAI como Ángel Pestaña o Diego Abad de Santillán (el cual veremos más adelante que tenía a José Antonio en gran estima), así como se acercó en varias ocasiones a Indalecio Prieto e incluso a Azaña. De hecho, José Antonio hizo mucho más por acercarse a las izquierdas que a las derechas, que llegaron a tacharle de bolchevique. Esta voluntad de acercamiento a posturas que son en principio contrarias a las suyas (cosa que años más tarde dudaría Prieto, como veremos en su testimonio sobre José Antonio) es totalmente contrario a la voluntad fascista de imponer sus puntos de vista por encima de todos (aunque también es cierto que en la Italia fascista se toleraba cierta oposición siempre que no se atacase frontalmente al régimen). De todas formas, la actitud de José Antonio hacia sus adversarios políticos no fue nunca una actitud fascista, como da ejemplo esta sentencia de Mussolini en la Asamblea del Partido Nacional Fascista el 28 de enero de 1924:
“Nuestra intransigencia no es formal, es substancial; y a esta intransigencia substancial, que llamaré estratégica, no renunciaremos jamás” (Mussolini)
Por último, haremos mención de su concepción del hombre, cuestión que el fascismo nunca llegó a tratar. Dice el punto 7 de la Norma Programática de la Falange:
“7. La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles.
Pero sólo es de veras libre quien forme parte de una nación fuerte y libre.
A nadie le será lícito usar su libertad contra la unión, la fortaleza y la libertad de la Patria. Una disciplina rigurosa impedirá todo intento dirigido a envenenar, a desunir a los españoles o a moverlos contra el destino de la Patria”
Desde luego que las dos segundas frases pueden criticarse y comentarse su contraste con la primera, aunque sin duda es un intento de conciliar los intereses individuales con el interés colectivo. De todas formas, este respeto hacia la persona humana fue algo que tuvo siempre (o casi siempre) en mente y que intentó salvaguardar hasta en los momentos más difíciles, como veremos en el capítulo dedicado a la violencia. En los Puntos iniciales de Falange (publicados en el número I de la revista FE el 7 de diciembre de 1933) hay también alusión a esta cuestión:
“VII. EL INDIVIDUO
Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores eternos.
Así, pues, el máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad.
Pero esta libertad profunda no autoriza a tirotear los fundamentos de la convivencia pública.
No puede permitirse que todo un pueblo sirva de campo de experimentación a la osadía o a la extravagancia de cualquier sujeto.
Para todos, la libertad verdadera, que sólo se logra por quien forma parte de una nación fuerte y libre.
Para nadie, la libertad de perturbar, de envenenar, de azuzar las pasiones, de socavar los cimientos de toda duradera organización política.
Estos fundamentos son: LA AUTORIDAD, LA JERARQUIA Y EL ORDEN.
* * *
Si la integridad física del individuo es siempre sagrada, no es suficiente para darle una participación en la vida pública nacional. La condición política del individuo sólo se justifica en cuanto cumple una función dentro de la vida nacional.
Sólo estarán exentos de tal deber los impedidos.
Pero los parásitos, los zánganos, los que aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás, no merecerán la menor consideración del Estado nuevo.”
“(...)la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, por el individuo, como occidentales, como españoles y como cristianos; tenemos que empezar por el hombre y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al Municipio y, por otra parte, al Sindicato, y culminaremos en el Estado, que será la armonía de todo(...). (...)desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absoerbe todos los beneficios, para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical”
(Discurso pronunciado en el cine Madrid, el día 19 de Mayo de 1935)
“Frente al desdeñoso "Libertad, ¿para qué?", de Lenin, nosotros comenzamos por afirmar la libertad del individuo, por reconocer al individuo. Nosotros, tachados de defender un panteísmo estatal, empezamos por aceptar la realidad del individuo libre, portador de valores eternos.”
(Arriba, núm. 3, 4 de abril de 1935)
“Cuando el mundo se desquicia no se puede remediar con parches técnicos; necesita todo un nuevo orden. Y este orden ha de arrancar otra vez del individuo. Óiganlo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal: nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque éste es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos. El hombre tiene que ser libre, pero no existe la libertad sino dentro de un orden.”
(Conferencia pronunciada en el Teatro Calderón, de Valladolid el día 3-3-1935)
“El Movimiento Nacionalsindicalista está seguro de haber encontrado una salida justa: ni capitalista ni comunista. Frente a la economía burguesa individualista se alzó la socialista que atribuía los beneficios de la producción al Estado, esclavizando al individuo. Ni una ni otra han resuelto la tragedia del productor. Contra ella levantamos la sindicalista, que no absorbe en el Estado la personalidad individual ni convierte al trabajador en una pieza deshumanizada del mecanismo de la producción burguesa. Esta solución nacionalsindicalista ha de producir las consecuencias más fecundas. Acabará de una vez con los intermediarios políticos y los parásitos. Aliviará a la producción de las cargas con que la abruma el capital financiero. Superará su anarquía, ordenándola. Impedirá la especulación con los productos, asegurando un precio remunerador. Y, sobre todo, asignará la plusvalía, no al capitalista, no al Estado, sino al productor encuadrado en sus sindicatos. Y esta organización económica hará imposible el espectáculo irritante del paro, de las casas infectas y de la miseria.”
(Arriba, núm. 20, 21 de noviembre de 1935)
Hay diversas opiniones sobre si José Antonio es o no fascista. Nosotros consideramos que no, por las importantes diferencias a las que acabamos de aludir y por la que analizaremos más adelante: la violencia. Otras personas que le conocieron o le estudiaron tampoco le consideran fascista, desde algunos socialistas a anarquistas. También hay historiadores que no lo consideran fascista. Por ejemplo, Gil Pecharromán, uno de los mejores y más objetivos biógrafos de José Antonio, nos dice:
“La renuencia de José Antonio a asumir paladinamente la condición de fascista para su movimiento no era una estrategia orientada a confundir al público español, sino la convicción personal de que estaba creando algo nuevo y original, identificable con el fascismo sólo en algunos rasgos muy generales”
(Gil Pecharromán, Julio (1966), José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario. Ed. Temas de hoy)
Sin embargo, Pecharromán afirma que José Antonio asistió al Segundo Congreso de Montreux para la formación de una Internacional fascista, aunque como mero observador, participando brevemente con un corto discurso en el que afirmaba que España no estaba preparado para identificarse abiertamente con el fascismo. Es indudable que José Antonio se sentía interesado por el fascismo, algo habitual en la época (recordemos que era una época de fuerte polarización ideológica). Tuvo una relación algo ambigua y que se presta a diversas interpretaciones, sobretodo después de la lectura íntegra de la obra de Pecharromán. Aun así, pensamos que las diferencias en cuanto a acción, diálogo y violencia alejan a José Antonio y su Falange del fascismo, siendo su acercamiento un producto de las convulsiones de la época. Enrique de Aguinaga también afirma que José Antonio no fue fascista, recogiendo diversos escritos y discursos del fundador de Falange, siendo tal vez el más significativo éste:
“Nosotros hemos venido a salir al mundo en ocasiones en que en el mundo prevalece el fascismo y esto, le aseguro al señor Prieto, que más nos perjudica que nos favorece, porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables que no queremos para nada asumir”
(Discurso en el Parlamento, 3 de Julio de 1934)
O, cuando le preguntó un periodista en el año 1935 ¿Cuántos diputados fascistas cree usted que irán a la Cámara?, José Antonio le respondió: “Supongo que querrá decir usted nacionalsindicalistas.” Aguinaga recoge, finalmente, un escrito de José Antonio del año 1936, en el que ya había reflexionado sobre su carrera política y sobre el rumbo que tomaban los acontecimientos, en el que, además de criticar al fascismo como extremista porque absorbía el individuo en la colectividad, decía que el fascismo era fundamentalmente falso y repudiaba su carácter multitudinario, fatigoso y permanentemente crispante. Poco después, formuló una proposición de gobierno reconciliador para poner fin a la guerra civil que comentaremos más adelante.
Pero tampoco faltan los historiadores que le consideran fascista. Entre ellos, el ya mencionado Ian Gibson o Stanley G Payne, hispanista y ferviente estudioso del fascismo. De todas formas, también Payne remarca que la concepción que tenía José Antonio del fascismo no era la misma que la de Mussolini, del cual estaba muy alejado tanto social como temperamentalmente. Dice Payne en su libro “José Antonio Primo de Rivera” (Cara y Cruz con Enrique de Aguinaga):
“Entonces, ¿qué significaba el fascismo para José Antonio en octubre del 33? Diríase que representaba un nacionalismo radical y autoritario con un programa de reformismo social radical, audaz y moderno en cuanto a la cultura, pero, de alguna manera, en armonía con la tradición católica, y dispuesto a cualquier tipo de violencia que hiciera falta, si bien todo indicaba que hasta entonces no se había esforzado por calcular cuanta violencia se precisaría(...)”
Payne comenta también, como creemos nosotros, que José Antonio no conocía verdaderamente la cultura del fascismo italiano. Tenía una imagen de éste tomada desde su teoría, y no analizó su práctica y sus consecuencias hasta que ya fue demasiado tarde. De la misma opinión era Ignacio Luca de Tena, el cual calificó el fascismo de José Antonio como producto de la pasión y los sentimientos más que de conocimiento de causa.
Sin duda la cuestión de si José Antonio fue o no fascista seguirá generando debate. Nuestra opinión es que no fue fascista pero que se vio envuelto en las turbulencias y la polarización ideológica de su época, lo cual hizo que simpatizara y se relacionara con el fascismo, viendo en él ideas bondadosas y aprovechables para su movimiento sin pararse a analizar la praxis fascista y la extrema violencia que éste suponía que, por otra parte, jamás practicó. Paulatinamente se fue alejando del fascismo, llegando, como hemos visto, a renegar de él en sus últimos días. Aunque, de hecho, en una de sus dos intervenciones grabadas en vídeo que se conservan, dice, textualmente, que “el Movimiento que estamos empezando en España no es un movimiento fascista”.
Por otra parte, nunca propugnó ideas racistas. Sus pocas alusiones a los judíos no iban más allá de lo normal en su época: llamar a alguien judío por ser egoísta o materialista. Creemos que no es correcto tacharle de antisemita, y mucho menos en la línea de los grupos pangermanistas ni, muchísimo menos, del hitlerismo. De hecho, Carlos de Arce recoje un pasaje que el falangista barcelonés José María Fontana escribió en su libro "Los catalanes en la guerra de España", y que cuenta cómo José Antonio y Fontana estaban paseando y charlando. En un momento de la conversación, Fontana pronunció una frase de tinte racista, y José Antonio le recriminó duramente tales palabras. Acto seguido, José Antonio le dio su opinión sobre el racismo exasperado del nacionalsocialismo alemán, declarándose opuesto a las teorías de la raza aria y las razas inferiores. Y hubieron más ocasiones en las que declaró que el nacionalismo propio del nazismo nada tenía que ver con su idea de la Patria, que no entendía de razas, sino, simplemente, de personas humanas.
José Antonio y la violencia
Si ha habido algo que dijo José Antonio que ha sido utilizado para arremeter contra él tachándolo de violento, ha sido sin duda la “dialéctica de los puños y las pistolas”. Esta locución que utilizó en el mitin del teatro de la Comedia se ha considerado una prueba de su carácter violento. Pero hay que leer ni que sea el párrafo concreto en que aparece esa locución para comprenderla correctamente:
“Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de "todo menos la violencia"– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”
Es decir, la violencia era el último recurso, lo cual le aleja claramente de la violencia fascista. Por otra parte, una revolución no puede hacerse sólo con palabras, y José Antonio quería una revolución, una revolución que pretendía unir a derechas e izquierdas y que, paradójicamente, le enfrentó con ambas. En los Puntos iniciales antes mencionados, hay también consideraciones acerca de la violencia:
“IX. LA CONDUCTA
(...)
La violencia puede ser lícita cuando se emplee por un ideal que la justifique.
La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque.
Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión.
Mienten quienes anuncian –por ejemplo– a los obreros una tiranía fascista.
Todo lo que es HAZ o FALANGE es unión, cooperación animosa y fraterna, amor.
Falange Española, encendida Por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia.”
Nuevamente vemos esta actitud de aceptación de la violencia en caso “necesario”, y no de gratuidad o de exaltación soreliana como fue el caso del nazismo o aun del fascismo italiano. Ahora bien, una cosa son las palabras y la otra los hechos. ¿Fue consecuente José Antonio con todo esto que propugnaba sobre el papel? En esa época de violencia y revoluciones era muy difícil mantener la actitud que preconizaba el jefe de la Falange. Los fascistas no eran los únicos violentos, puesto que conocidos son los altercados y asesinatos a manos de comunistas a lo largo y ancho de Europa por aquellos tiempos, por no hablar de los excesos cometidos por Lenin y aun más brutalmente por Stalin, al cual idolatraban la mayoría de comunistas españoles. Así pues, no era nada raro que la Falange hiciera un llamamiento a la violencia revolucionaria y defensiva. Por otra parte, José Antonio contuvo las violencia mortal (es decir, los asesinatos) todo lo que pudo. Tuvieron que caer siete falangistas a manos de los socialistas y los comunistas para que la Falange cometiera su primer asesinato. Y son interesantes unas declaraciones de José Antonio cuando asesinaron a Matías Montero Díaz, un joven falangista afiliado al SEU, respecto a los ánimos que recibía la Falange por parte de la derecha de aplicar represalias contra la izquierda:
“Falange Española aceptará y presentará siempre combate en el terreno en que le convenga, no en el terreno que convenga a los adversarios. Entre los adversarios hay que incluir a los que, fingiendo acucioso afecto, la apremian para que tome las iniciativas que a ellos les parecen mejores. Por otra parte, Falange Española no se parece en nada a una organización de delincuentes, ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones, por muchos estímulos oficiosos que reciba.
Lo que hace Falange Española, entre el derrotismo y el asesinato, es seguir impasible su ruta de servicio a España”
Y otra muestra interesante fue en el entierro de Matías Montero. José Sainz, jefe de la Falange toledana, preguntó con acritud: "¿Es que nos vamos a dejar matar como moscas?" "No –le contestó José Antonio–, pero tampoco nos vamos a convertir en una banda de asesinos."
En el número 1 de F.E., aparece el siguiente texto de José Antonio:
“La posición de F.E. no es mantener el statu quo económico y social, con medidas coercitivas, por un procedimiento fascista, mussoliniano o hitleriano, o por un fascismo desvanecido ni desvaído, ni tampoco propugnamos la revolución del puñetazo y de la pistola: vamos a una revolución más honda y trascendental no sólo en la parte moral de los hombres, sino en la política económica, aunque no se enteren los dirigentes socialistas ni dejen que se enteren las masas.”
Y en el Parlamento dijo, el 1 de Febrero de 1934:
“Nosotros, que tenemos en nuestras filas todas estas bajas, nos hemos resistido a todos los impulsos vindicativos de los que nos pedían una represión enérgica, una represalia justa, porque considerábamos mejor soportar, mientras sea posible, que abran bajas en nuestras filas que desencadenar sobre un pueblo una situación de pugna civil”
Podríamos mencionar muchos más discursos y escritos de este tinte, tanto hacia fuera como hacia dentro de su movimiento, pero creemos que con esto basta. José Antonio mantuvo sus principios de respeto a la integridad del individuo hasta que la situación se hizo insostenible. Y, más por la clandestina “Falange de la sangre” (dirigida por Ledesma y Juan Antonio Ansaldo) que por él, empezaron los asesinatos de mano de falangistas. Como testimonio y para cerrar este tema, citaremos las declaraciones de Juan Antonio Ansaldo sobre José Antonio y la violencia:
“La más extraña paradoja en la vida de este hombre [José Antonio] es la de haberse visto precisado a abrazar aquellas bárbaras doctrinas fascistas, que por mucho que sea el oropel filosófico con que se vistan, muestran siempre, en su fondo, los básicos sentimientos de crueldad, barbarie, violencia y tiranía que les dieron vida -¡y muerte!- y que son tan viejos como el anhelo primitivo de imponerse, “ya que no por la razón, sino por la fuerza” a sus semejantes, para explotarlos y esclavizarlos.
José Antonio no era así. Por ello, su repugnancia ante la lucha violenta que el partido naciente debía arrostrar para subsistir, era profunda, y causa de no pocas desavenencias entre los dos sectores de la Falange: el intelectual y el combatiente.”
Esto no significa, por otra parte, que la Falange fuera un partido pacifista. Eran habituales los enfrentamientos entre falangistas y socialistas y comunistas, así como incursiones en los locales de unos por parte de otros. Pero lo que es cierto, y así lo corroboran la prensa y los documentos de la época, es que la espiral de violencia la empezaron los socialistas y los comunistas y que José Antonio reprimió la violencia mortal todo cuanto le fue posible. De todas formas, famosos son sus episodios de “cólera bíblica” en los cuales la emprendía a puñetazos contra quien le ofendía. Entre otros, recibió sus puñetazos el general Queipo de Llano.
En cuanto a la radicalización de José Antonio y de su llamada a la resurrección armada con ayuda de los militares, cabe decir algunas cosas. En primer lugar, no se puede negar que José Antonio puso de su parte para conducir a España (junto con muchos otros) a la guerra civil que, por otra parte, él no deseaba. Fuera consciente o incsoncientemente, su responsabilidad no puede esconderse, como no puede esconderse la responsabilidad de los socialistas, comunistas, anarquistas ni, por supuesto, los militares o la derecha monárquica. También debe tenerse en cuenta la gran polarización que sufrió España: en las elecciones del 36, los partidos de centro no tuvieron apenas votos, mientras que la diferencia entre el Frente Popular y el Bloque Nacional era minúsculas, acaso insignificantes a nivel sociológico. Al comenzar la guerra civil, estando ya en prisión, José Antonio se horrorizó ante el cruel fratricidio al que se había llegado, mostrándose además muy afectado cuando el periodista Jay Allen que le entrevistó en la cárcel le comentó algunos excesos que cometían los falangistas (que, huelga decir, no eran auténticos, sino derechistas que se afiliaron a Falange a última hora). El por aquél entonces sustituto de José Antonio, Manuel Hedilla, mandó órdenes expresas a todas las diligencias falangistas de no utilizar la violencia como represión contra los trabajadores, que debían llegar a los pueblos y, literalmente, tener “brazos abiertos a los obreros y campesinos”. El caso omiso que hicieron los “camisas nuevas” a estas órdenes y el posterior Decreto de Unificación de FE de las JONS con los carlistas (deviniendo FET y de las JONS) supuso el descrédito total de lps auténticos nacional-sindicalistas, aunque desde luego ellos no desearon tal situación. Volviendo a José Antonio, para poner fin a las hostilidades se ofreció a ir a la zona nacional y mediar con Franco para un “alto el fuego” y una posible reconciliación. Se rechazó su propuesta y, después, propuso un gobierno provisional de reconciliación que incluía ministros tanto de derecha como de izquierda, de carácter eminentemente republicano y sin representación comunista ni falangista, en un claro gesto de voluntad de reconciliación y de deseo de cese de las hostilidades. Su último deseo fue:
“Ojalá fuera la mía la última sangre española vertida por discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.”
Este giro que dio José Antonio hacia posiciones más moderadas ha sido seguido por gran parte de los falangistas posteriores a él, especialmente Dionisio Ridruejo, que rompió públicamente con el franquismo y, en el exilió, fundó un partido socialdemócrata. No son pocos los falangistas póstumos que afirman que si José Antonio viviera hoy, sería socialista.
El nacional-sindicalismo
Procederemos ahora a hacer una síntesis de la ideología de José Antonio y la Falange, es decir, el nacional-sindicalismo. Cabe decir que fue Ramiro Ledesma Ramos el fundador de esta ideología (que, antes que ser sinónimo de falangismo lo fue de jonsismo). Sin embargo, José Antonio la tomó como suya y de su movimiento y aportó importantes cuestiones.
El nacional-sindicalismo pretende ser una síntesi entre derecha e izquierda; no adherirse a ninguna de las dos y superarlas a ambas. Acepta la crítica expuesta por Marx en su obra “El Capital” (que José Antonio conocía e hizo una exposición de ésta en su discurso ante el Círculo Mercantil). Detesta el capitalismo por cuanto considera que lleva a grandes masas de hombres a la miseria y que deshumaniza a la propiedad privada, la cual es totalmente lícita bajo el control estatal. Así, el Estado nacional-sindicalista debe ser autoritario y totalitario en el sentido de poder intervenir en cualquier aspecto socio-económico cuando sea necesario, no en el de oprimir brutalmente a la población como hizo el nazismo o el comunismo soviético; y también en el sentido en que todos los ciudadanos participen del Estado a través de sus funciones familiares, municipales y sindicales. El Estado, pues, debe intervenir para modificar la regulación del derecho de propiedad. Debe aumentar los impuestos sucesorios de manera que la propiedad hereditaria no pueda hacerse sin más para provecho personal del heredero. Esto, que conllevaría la disminución de propiedades hereditárias, haría que se empezara a descentralizar la concentración de los medios de producción en manos reducidas y se daría la posibilidad de que accedieran a éstos otros estratos de la población mediante las ayudas públicas. La Reforma Agraria es otro punto importante del nacional-sindicalismo en cuestión de economía social, y su objetivo último sería una potenciación de la clase media campesina. Las tierras deben ser expropiadas a los terratenientes y entregadas a las familias campesinas, así como estudiar cómo pueden tener un mayor índice de productividad (propuestas formuladas en el programa de FE de las JONS). El nacional-sindicalismo aboga por una política fiscal progresiva: el tributamiento de los contribuyentes debe ser asignado según sus ingresos económicos reales y los gastos públicos deben ir orientados preferentemente hacia los más necesitados. Todo se reduce a la premisa básica de que el interés nacional (es decir, general), debe estar por encima del individual con el objetivo de conseguir un mayor bienestar social para todos. Como corolario, el nacional-sindicalismo exige cuantos sacrificios sean necesarios por parte de las clases privilegiadas para mejorar el bienestar de las clases más desfavorecidas, de manera que se limen paulatinamente las diferencias de clase. Como su propio nombre indica, el nacional-sindicalismo exalta la idea de la patria, de la nación, y concibe a ésta como una empresa común de todos los ciudadanos. Mediante esta idea, se aspira a unir a todos los ciudadanos para trabajar a favor de la nación y del bienestar común. A su vez, pone gran énfasi en la cuestión de los sindicatos, a los cuales reivindica como imprescindibles para alcanzar el bien común. El nacional-sindicalismo simpatiza con el anarco-sindicalismo, oponiéndose únicamente a su negación de la patria y a sus reivindicaciones aisladas de aumento de salarios sin más, puesto que esto conlleva un aumento de precios que hace que la situación no avance. Por eso, el nacional-sindicalismo aboga por un sindicalismo vertical que haga dialogar obreros y patronos bajo la tutela del Estado que debe acercar los intereses de ambas clases sin permitir las contradicciones y abusos que conllevan inevitablemente a la lucha de clases. Así, los sindicatos deben estar ligados a los órganos políticos. Pese a que en un principio se abogó por una espécie de corporativismo, posteriormente se rechazó al ver que (al menos en Italia) no cumplía con las expectativas de harmonizar capital y trabajo. Además, también se rechazó la harmonía entre capital y trabajo para reivindicar la subordinación del capital al trabajo. Así pues, los sindicatos deben ser instrumentos colaboradores de la función pública y no perseguir mejoras parciales que puedan conllevar nuevos problemas. Finalmente, el nacional-sindicalismo aboga por el reconocimiento del derecho a huelga y por la presencia de representación obrera en la empresa, tanto en cuestiones de distribución de la riqueza como, aunque en menor grado, en cuestiones directivas. El hecho de que la plusvalía sea propiedad del trabajador es una negación de la propiedad privada y plusvalía capitalistas, y este punto es lo que convierte al nacional-sindicalismo en auténticamente revolucionario. También niega el régimen salarial, dando una paga mensual al obrero, complementándolo con un subsidio familiar según el número de hijos y sus necesidades familiares. Esto, sumado a la plusvalía que el propio obrero recibe, es un desmoronamiento del trabajo asalariado propio del capitalismo. Sigue habiendo jerarquía en las empresas, pero cada cual percibe el valor producido por su trabajo, y las facilidades sociales que el Estado nacional-sindicalista ofrece permiten que cada trabajador, mediante su esfuerzo, pueda escalar rangos laborales, pero nunca se le permitirà que se aproveche del trabajo de otros.
Así como simpatiza con el anarcosindicalismo, el nacional-sindicalismo reconoce la legitimidad del socialismo y los logros teóricos del marxismo, pero quiere superar a ambos sintetizándolos con el patriotismo y sustituyendo la lucha de clases por la idea de colaboración entre clases (con un fin similar: eliminar, en la medida de lo posible, las desigualdades sociales). Asimismo, reclama la autoridad del Estado, la disciplina y la jerarquía siempre al servicio de las directrices del primero en miras al bienestar común. Reclama también el reconocimiento de las provincias como la primera realidad de España, las cuales se organizan mediante la autonomía de los municipios, dentro de los cuales la familia y los sindicatos de las diferentes ramas de la producción participan de dicha autonomía organizativa. Reclama la nacionalización de la banca y un sistema de crédito de bajo interés sin voluntad de usura, así como la facilitación de acceso a la Universidad, a la vez que la potenciación de ésta.
El nacional-sindicalismo español tiene, además, un dogma fundamental: la unidad de España. Esta cuestión la trataremos posteriormente con más detenimiento, pero por ahora podemos hacer algunas breves alusiones. Reconoce la diversidad cultural de ésta y aceptan la autonomía de las diferentes regiones (siempre y cuando no presenten peligro de disgregación), pero siempre bajo la bandera española. Esta exaltación españolista, proveniente de la generación del 98, especialmente de autores como Unamuno u Ortega y Gasset, afirma también la voluntad de Imperio como medio de unificar los pueblos de raíces hispánicas bajo los valores hispánicos y presentarlo como alternativa a la Europa capitalista y liberal-demócrata. Las demandas que hicieron fueron pueblos de Sudamérica y, por parte de Ledesma, el cual quería unificar toda la Península, Portugal (aunque abogava por un diálogo con los portugueses para unificarse voluntariamente). El corolario de esta afirmación de la tradición española era la defensa y reivindicación del catolicismo (más fuerte en José Antonio y muy vago en Ledesma), aunque aceptaban la libertad religiosa y no toleraban la intromisión de la Iglesia en los asuntos de Estado.
España y la revolución según José Antonio
José Antonio era un enamorado de España. Fue un heredero directo de los nacionalistas de la Generación del 98 y, sobretodo, del sucedáneo de ésta, el filósofo José Ortega y Gasset, cuya obra conocía muy bien y no dudaba en reconocerle como una gran influencia. La unidad de España es, pues, uno de los dogmas fundamentales de José Antonio y la Falange. Para José Antonio, España (cuya alma reside en castilla), es una unidad de destino en lo universal. Es una nación con vocación imperial, que para él significaba la voluntad de unir y hermandar pueblos (aunque la palabra “imperio” hoy día nos suene más bien negativa), los cuales navegan todos juntos en un barco que cumple destinos y misiones en el mundo. En su época, José Antonio consideraba que la misión universal de España consistía en expandir los valores hispánicos, los cuales no se encontraban manchados por el capitalismo, y proponer la Hispanidad como una alternativa social y moral al capitalismo y al comunismo. Por esto, José Antonio cree que la única manera de hacer una auténtica revolución consiste en fusionar dos revoluciones: la social y la nacional. La social porque no es tolerable que unos cuantos vivan a expensas de los demás, ni aun que nadie no pueda tener una vida digna, y la nacional porque es la manera de unir a todos los ciudadanos en una empresa común que posibilite una revolución social íntegra y justa, entendiendo al separatismo como un atentado a la dignidad tanto de la Patria como de los ciudadanos que en ella viven.
José Antonio no considera a España como un cuerpo orgánico o físico, sino como una entidad metafísica que tiene realidad en sí mismay sobre la que nadie (ningún español) tiene derecho a decidir sobre su esencia (lo cual conlleva que el separatismo es un crimen). Todos los ciudadanos, sean cuales sean sus intereses, condición social o credo, deben aplegarse para el provecho común de España, la cual (con el timón nacional-sindicalista) les entregará el fruto de su trabajo diario en forma de pan y justicia, impidiendo las desigualdades sociales en la medida de lo posible (como hemos visto más arriba, el nacional-sindicalismo exige cuantos sacrificos sean necesarios por parte de los más acomodados a favor de los más pobres). Así pues, para José Antonio no puede desvincularse la unidad de España de la justicia social, ni ésta de aquélla, pues es el subterráneo genio de españa y los valores hispánicos los que traerán la fortuna al pueblo.
Puede discutirse de si esta idea de España es válida o no. Puede discutirse también que la unidad de España y la justicia social deban ir irremediablemente unidas. Puede debatirse también sobre la sentencia de José Antonio de que ningún español puede decidir sobre qué es o qué debe ser España, sobre su unidad o disgregación. Sin duda en esta cuestión José Antonio es dogmático y no admite discusión. Sin embargo, se desmarcaba del nacionalismo chauvinista y del centralismo mesetista de la derecha. Defendía la pluralidad de España, su carácter multicultural e, incluso, aceptaba que se cedieran estatutos para aquellas regiones que quisieran autogobierno o aflojar lazos administrativos, siempre y cuando no tuvieran voluntad de disgregación y tuvieran hondamente asumida con orgullo su condición de tierras españolas. Defendió, muy especialmente, a Cataluña:
“(...)cuando nosotros empleamos el nombre de España, y conste que yo no me he unido a ningún grito, hay algo dentro de nosotros que se mueve muy por encima del deseo de agraviar a un régimen y muy por encima del deseo de agraviar a una tierra tan noble, tan grande, tan ilustre y tan querida como es la tierra de Cataluña. Yo quisiera que el señor presidente y quisiera que la Cámara separase, si es que admite que alguien faltó a eso, a los que, cuando pasamos por esa coyuntura, pensamos como siempre, sin reservas mentales, en España y nada más que en España; porque España es más que una forma constitucional, porque España es más que una circunstancia histórica, porque España no puede ser nunca nada que se oponga al conjunto de sus tierras y cada una de esas tierras.
(...) si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones.
(...) cuando (...) se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, (que) no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro.”
(Discurso pronunciado en el Parlamento el 4 de enero de 1934)
Llegó a decir, refiriéndose al separatismo, que “el problema catalán no es un problema mercantil, es un problema dificilísimo de sentimientos”. Y, para zanjar ya este asunto, veamos cómo expuso su visión de Cataluña frente a los que, según él, no entendían a los catalanes, promoviendo así el separatismo:
“Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes. Cataluña es un pueblo impregnado de un sedimento poético, no sólo en sus manifestaciones típicamente artísticas, como son las canciones antiguas y como es la liturgia de las sardanas, sino aun en su vida burguesa más vulgar, hasta en la vida hereditaria de esas familias barcelonesas que transmiten de padres a hijos las pequeñas tiendas de las calles antiguas, en los alrededores de la plaza Real; no sólo viven con un sentido poético esas familias, sino que lo perciben conscientemente y van perpetuando una tradición de poesía gremial, familiar, maravillosamente fina. Esto no se ha entendido a tiempo; a Cataluña no se la supo tratar, y teniendo en cuenta que es así, por eso se ha envenenado el problema, del cual sólo espero una salida si una nueva poesía española sabe suscitar en el alma de Cataluña el interés por una empresa total, de la que desvió a Cataluña un movimiento, también poético, separatista.”
(Discurso pronunciado en el Parlamento el 28 de febrero de 1934)
Como ya hemos dicho, para José Antonio la revolución nacional iba pareja con la revolución social. José Antonio era anticapitalista. Leyó El Capital de Marx y aceptaba sus tesis. Consideraba, además, que el socialismo “fue justo en su nacimiento”. Ahora bien, el problema del socialismo era, según José Antonio, que no era nacionalista (españolista en su caso). De hecho, llegó a decir a Indalecio Prieto que si el Partido Socialista se declaraba nacionalista, él no dudaría en afiliarse a él. Sus artículos y discursos están llenos de alusiones a la revolución social, puesto que, como hemos dicho, era una parte fundamental de su pensamiento y de la revolución nacional-sindicalista. Complementaremos la síntesi hecha más arriba del nacional-sindicalismo con fragmentos de algunos de estos artículos y discursos:
“Nosotros lo decimos abiertamente: aspiramos a una estructuraorgánica de las labores españolas; pero mientras a eso llega, nosotros entendemos que los obreros hacen bien en seguir siendo revolucionarios. Hace dos años, cuando fui candidato por Cádiz, me pareció intolerable oír a unos obreros amaestrados decir que eran los verdaderos obreros de España. No queremos esquiroles; queremos obreros revolucionarios.”
(Artículo publicado en Arriba, número 30, el 30 de enero de 1936)
“Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación”
(Fragmento del punto 10 de la Norma Programática de la Falange)
“El señor Gil Robles –yo le aludiré siempre con mucha más cortesía y con mucha más tranquilidad de las que él ha manifestado en este instante– propone una serie de medidas; dice que nadie le irá al alcance en los avances sociales. Yo me permito decirle al señor Gil Robles que si hace eso no logrará más que desorganizar toda una economía capitalista sin haber implantado un régimen más justo. El que con la economía capitalista, tal como está montada, nos dediquemos a disminuir las horas de trabajo, a aumentar los salarios, a recargar los seguros sociales, vale tanto como querer conservar una máquina y distraerse echándole arena en los cojinetes. Así se arruinarán las industrias y así quedarán sin pan los obreros.
En cambio, con lo que queremos nosotros, que es mucho más profundo, en que el obrero va a participar mucho más, en que el Sindicato obrero va a tener una participación directa en las funciones del Estado, no vamos a hacer avances sociales uno a uno, como quien entrega concesiones en un regaeto, sino que estructuraremos la economía de arriba abajo de otra manera distinta, sobre otras bases, y entonces sucederá, señor Gil Robles, que se logrará un orden social mucho más justo.”
(Doctrina de la Revolución española. Discurso pronunciado en el Parlamento el 6 de noviembre de 1934)
“Nosotros, la Falange Española, quiere dos cosas:
Primero, una justicia social, que no se nos conceda como regateo; una justicia social que alcance a todos, puesto que para nosotros no hay clases, ya que hasta la misma aspiración de los obreros no es aspiración de ellos únicamente, sino aspiración total de España, porque España lo quiere; y, en y segundo lugar, queremos tener una nación, puesto que hoy no la tenemos. Y una de dos: o imperamos o languidecemos. Acaso habría que preguntarle a los demás; pero no a vosotros, extremeños, que elocuentemente me contestaríais mostrándome la estatua de Pizarro, que aún cabalga en Trujillo.”
(F.E., núm. 6, 8 de febrero de 1934)
“Lo que no se puede es tener a la clase proletaria fuera del Poder”
(Ahora, 16 de Febrero de 1934)
Una característica común del discurso joseantoniano es que da la impresión que nunca se aspira al Poder por ambición. José Antonio se acercaba a Platón en su concepción de que el Poder no es sino una herramienta de servicio, un cargo que deben tomar los que saben cómo llevar la nación (o la polis en el caso de Platón) a buen cauce, siendo esto un deber y no una ambición o deseo:
“La jefatura es la suprema carga; la que obliga a todos los sacrificios, incluso a la pérdida de la intimidad; la que exige a diario adivinar cosas no sujetas a pauta, con la acongojante responsabilidad de obrar. Por eso hay que entender la Jefatura humildemente, como puesto de servicio; pero por eso, pase lo que pase, no se puede desertar ni por impaciencia, ni por desaliento, ni por cobardía”
(La Nación, Madrid, 21 de enero de 1935)
Sabido es también, como ya hemos comentado más arriba, que José Antonio se reunió con dirigentes de la CNT y mantenía relaciones cordiales con gente de izquierdas. De hecho, poco antes de morir, se lamentó de que la izquierda no hubiese siquiera querido escucharle, puesto que tenían muchas cosas en común. Con esto coincidía el propio Indalecio Prieto:
“Data de muchísimo tiempo la afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilar en el campo de batalla. La confrontación de ideologías, que no se hizo entonces, debe hacerse ahora. Porque es necesario un esfuerzo generoso en busca de puntos de concordia que hagan posible la convivencia, tratándonos como hermanos y no peleando como hienas”,
(Convulsiones de España)
y, también, Teodomiro Menéndez, diputado socialista, que dice:
“José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos... Recuerdo que siempre me decía: ‘Teodomiro, si no fuera por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo, todos queremos lo mismo’. Y tenía razón”. (Teodomiro Menéndez, diputado socialista)
Es innegable que José Antonio era conservador en algunos aspectos. De hecho, criticaba a la izquierda que quisiera destruirlo todo, aun lo bueno (y criticaba a la derecha por querer conservarlo todo, incluso lo malo). Pero también es innegable que era un revolucionario, pues criticaba a los republicanos de izquierda que no hicieran la Reforma Agraria, que no resolvieran el problema de las finanzas (reclamaba una reforma financiera para que los bancos no se enriquecieran a costa de la miseria ajena) y, en resumen, que no fuera una auténtica revolución.
“Por eso, camaradas, ni estamos en el grupo de reacción monárquica, ni estamos en el grupo de reacción populista. Nosotros, frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de abril, no podemos estar en ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros precisamente alegamos contra el 14 de abril, no el que fuese violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril, el que frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo tuvieron y abandonaron, y aquellos que no lo quieren recoger, el sentido, el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la justicia social profunda que nos está haciendo falta.”
(Discurso pronunciado en el cine Madrid, el día 19 de Mayo de 1935)
Crítica al liberalismo
“Lector: si vive usted en un Estado liberal procure ser millonario, y guapo, y listo y fuerte. Entonces, sí, lanzados todos a la libre concurrencia, la vida es suya. Tendrá usted rotativa en que ejercitar la libertad de pensamiento, automóviles en que poner en práctica su libertad de locomoción ... ; cuanto usted quiera. ¡Pero ay de los millones y millones de seres mal dotados! Para esos, el Estado liberal es feroz. De todos ellos hará carne de batalla en la implacable pugna económica. Para ellos –sujetos de los derechos más sonoros y más irrealizables– serán el hambre y la miseria.”
(La Nación, 25 de septiembre de 1933.)
Si hay un régimen político que se haya ganado el desprecio de José Antonio, ése es el liberalismo. José Antonio considera el liberalismo como una gran mentira sarcástica, en la que se proclaman la libertad, la igualdad y la fraternidad y se niegan las tres, anulándose fulminantemente en un régimen que conduce a millones de obreros a la miseria más absoluta y enfrenta a los ciudadanos de la nación entre ellos (divididos en los partidos políticos) y en el cual no hay una sola verdad eterna: todo depende de la voluntad de la mayoría (que no de todos). No importa que lo que se decida sea justo o injusto, sólo importa que la mayoría así lo quiera. Y muchos pueden querer algo, es decir, votar a un determinado partido político o representante, no porque realmente quieran tal o cual cosa, sino por creer que quieren aquello, engañados por la propaganda interesada de los partidos. Puesto que todo vale para desacreditar al otro para llegar al poder, incluso la mentira y la injuria más descarada. Esta opinión de la democracia no es muy distinta a la que tenía Platón, antidemócrata convencido y enemigo de los sofistas, oradores a quien no importaba la verdad o la justicia, sino la convicción a la hora de exponer los argumentos. Huelga decir que los sofistas eran los máximos defensores de la democracia (justo lo contrario que Platón). Por otro lado, la crítica a los aspectos económicos y sociales del liberalismo es muy similar a la crítica marxista. Se puede decir que José Antonio comparte con Marx la misma crítica al sistema liberal-democrático burgués. Dicho esto, no hay nada mejor para comprender la crítica del liberalismo que hizo José Antonio que leer un fragmento del artículo que publicó en la revista “El fascio”:
“La libertad no puede vivir sin el amparo de un principio fuerte, permanente. Cuando los principios cambian con los vaivenes de la opinión, sólo hay libertad para los acordes con la mayoría. Las minorías están llamadas a sufrir y callar. Todavía bajo los tiranos medievales quedaba a las víctimas el consuelo de saberse tiranizadas. El tirano podría oprimir, pero los materialmente oprimidos no dejaban por eso de tener razón contra el tirano. Sobre las cabezas de tiranos y súbditos estaban escritas palabras eternas, que daban a cada cual su razón. Bajo el Estado democrático, no: la Ley –no el Estado, sino la Ley, voluntad presunta de los más– tiene siempre razón. Así, el oprimido, sobre serlo, puede ser tachado de díscolo peligroso si moteja de injusta la Ley. Ni esa libertad le queda.
Por eso ha tachado Duguit de error nefasto la creencia de que un pueblo ha conquistado su libertad el día mismo en que proclama el dogma de la soberanía nacional y acepta la universalidad del sufragio. ¡Cuidado –dice– con sustituir el despotismo de los reyes por el absolutismo democrático! Hay que tomar contra el despotismo de las asambleas populares precauciones más enérgicas quizá que las establecidas contra el despotismo de los reyes. "Una cosa injusta sigue siéndolo aunque sea ordenada por el pueblo y sus representantes, igual que si hubiera sido ordenada por un príncipe. Con el dogma de la soberanía popular hay demasiada inclinación a olvidarlo.
Así concluye la Libertad bajo el imperio de las mayorías y la Igualdad. Por de pronto, no hay igualdad entre el partido dominante, que legisla a su gusto, y el resto de los ciudadanos que lo soportan. Más todavía: produce el Estado liberal una desigualdad más profunda: la económica. Puestos, teóricamente, el obrero y el capitalista en la misma situación de libertad para contratar el trabajo, el obrero acaba por ser esclavizado al capitalista. Claro que éste no obliga a aquél a aceptar por la fuerza unas condiciones de trabajo, pero le sitia por hambre, le brinda unas ofertas que en teoría el obrero es libre de rechazar, pero si las rechaza no come, y al cabo tiene que aceptarlas. Así trajo el liberalismo la acumulación de capitales y la proletarización de masas enormes. Para defensa de los oprimidos por la tiranía económica de los poderosos hubo de ponerse en movimiento algo tan antiliberal como es el socialismo.
Y, por último, se rompe en pedazos la Fraternidad. Como el sistema democrático funciona sobre el régimen de las mayorías, es preciso, si se quiere triunfar dentro de él, ganar la mayoría a toda costa. Cualesquiera armas son lícitas para el propósito; si con ello se logra arrancar unos votos al 1 adversario, bien está difamar de mala fe sus palabras. Para que haya minoría y mayoría tiene que haber por necesidad división. Para disgregar el partido contrario tiene que haber por necesidad odio. División y odio son incompatibles con la Fraternidad. Y así los miembros de un mismo pueblo dejan de sentirse de un todo superior, de una alta unidad histórica que a todos los abraza. El patrio solar se convierte en mero campo de lucha, donde procuran desplazarse dos –o muchos– bandos contendientes, cada uno de los cuales recibe la consigna de una voz sectaria, mientras la voz entrañable de la tierra común, que debiera llamarlos a todos, parece haber enmudecido.”
(El Fascio, núm. 1, 16 de marzo de 1933)
No son pocos los escritos o discursos en que José Antonio critica ferozmente al liberalismo, siempre aludiendo a su falta de ética social y a la miseria a la que arroja a los obreros. Veamos otra muestra más:
“Porque el liberalismo económico dijo que todos los hombres estaban en condiciones de trabajar como quisieran: se había terminado la esclavitud; ya, a los obreros no se los manejaba a palos; pero como los obreros no tenían para comer sino lo que se les diera, como los obreros estaban desasistidos, inermes frente al poder del capitalismo, era el capitalismo el que señalaba las condiciones, y los obreros tenían que aceptar estas condiciones o resignarse a morir de hambre. Así se vio cómo el liberalismo, mientras escribía maravillosas declaraciones de derechos en un papel que apenas leía nadie, entre otras causas porque al pueblo ni siquiera se le enseñaba a leer; mientras el liberalismo escribía esas declaraciones, nos hizo asistir al espectáculo más inhumano que se haya presenciado nunca: en las mejores ciudades de Europa, en las capitales de Estados con instituciones liberales más finas, se hacinaban seres humanos, hermanos nuestros, en casas informes, negras, rojas, horripilantes, aprisionados entre la miseria y la tuberculosis y la anemia de los niños hambrientos, y recibiendo de cuando en cuando el sarcasmo de que se les dijera como eran libres y, además, soberanos.”
(Discurso pronunciado en el Teatro Calderón de Valladolid, el día 4 de marzo de 1934)
Crítica al marxismo
“Desde el punto de vista social va a resultar que, sin querer, voy a estar de acuerdo en más de un punto con la crítica que hizo Carlos Marx. Como ahora, en realidad desde que todos nos hemos lanzado a la política, tenemos que hablar de él constantemente; como hemos tenido todos que declararnos marxistas o antimarxistas, se presenta a Carlos Marx, por algunos –desde luego, por ninguno de vosotros–, como una especie de urdidor de sociedades utópicas. Incluso en letras de molde hemos visto aquello de "Los sueños utópicos de Carlos Marx". Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacable, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufacturas de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla. Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso; tanto, que no lo pudo acabar en vida; pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario; un libro, como os digo, de pura crítica, en el que, después de profetizar que la sociedad montada sobre este sistema acabaría destruyéndose, no se molestó ni siquiera en decir cuándo iba a destruirse ni en qué forma iba a sobrevenir la destrucción. No hizo más que decir: dadas tales y cuales premisas, deduzco que esto va a acabar mal; y después de eso se murió, incluso antes de haber publicado los tomos segundo y tercero de su obra; y se fue al otro mundo (no me atrevo a aventurar que al infierno, porque sería un juicio temerario) ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que le encajara en la línea de los poetas.”
(Conferencia pronunciada en el Círculo Mercantil de Madrid, el 9-4-1935)
No fue ésta la única ocasión en la que José Antonio se mostró favorable a las tesis marxistas. José Antonio, para formar su ideología y su concepción de la revolución española y del futuro Estado y organización socio-económica nacional-sindicalista, parte de las premisas de Marx. Acepta la crítica de éste al liberalismo y al capitalismo, y comparte su deseo de traer una buena vida a los obreros. Sin embargo, no acepta las soluciones de Marx (la dictadura del proletariado y la extinción natural del Estado) ni su actitud clasista. José Antonio quiere una revolución que englobe a todos, y quiere un Estado que no represente a ninguna clase en concreto, sino que armonice a todos los individuos en una empresa común. Ahora bien, como hemos visto más arriba, José Antonio no quiere el mantenimiento del statu quo, es decir, no quiere que se mantengan las diferencias entre clases sociales, pues exige todos los sacrificios necesarios por parte de los más acomodados a favor de los más pobres, así como medidas socio-económicas que limen las diferencias entre clases sociales y acerque las condiciones materiales de los individuos, así como sus intereses varios. No son pocos los falangistas actuales que afirman que José Antonio, de seguir vivo, hoy en día sería socialista. Y, de hecho, su pensamiento tiene grandes dosis de socialismo (por no decir directamente que es un pensamiento socialista). Lo que repudia es la dictadura del proletariado y la supuesta disolución del Estado deviniendo la sociedad sin clases ni Estado, algo que, afirmaba, puede que no llegase jamás (refiriéndose a la URSS). Aun teniendo en cuenta que la concepción que tenía José Antonio sobre el marxismo y el socialismo o comunismo estaba condicionada en gran parte por lo que pasaba en la URSS, hay que analizar su crítica a Marx.
José Antonio conocía “El Capital” y demuestró haber leído, como mínimo, el primer volumen (pues hizo un resumen de éste en un discurso). También conocía la idea de la dictadura del proletariado y la sociedad futura surgida después de la disolución natural del Estado. Sin embargo, hay ciertos aspectos académicos del marxismo que creemos que no acabó de interpretarlos correctamente. Pero veamos primero algunos fragmentos de su obra en los que habla del marxismo y el socialismo:
“Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.
El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.
No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.
Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.”
(Discurso del acto fundacional de FE, pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)
“El bolcheviquismo es en la raíz una actitud materialista ante el mundo. El bolcheviquismo podrá resignarse a fracasar en los intentos de colectivización campesina, pero no cede en lo que más importa: en arrancar del pueblo toda religión, en destruir la célula familiar, en materializar la existencia. Llega al bolcheviquismo quien parte de una interpretación puramente económica de la Historia.”
(ABC, 31 de julio de 1935)
Por un lado, criticaba duramente lo que se conoce como materialismo histórico. Éste es un método de análisis de la Historia partiendo de la premisa que hay una estructura económica (los modos de producción) que explica toda la superestructura (digamos la conciencia, es decir, las ideologías, la imagen que tienen los hombres de su sociedad, lo que creen que son y lo que deben ser, las religiones, etc). Y, a partir de esta premisa, le aplica el método conocido como materialismo dialéctico, que no era otra cosa que la dialéctica de Hegel interpretada en clave materialista.
“(...)se trata de(...) mantenerse siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo de la idea, de explicar las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material, por donde se llega, consecuentemente, al resultado de que todas las formas y todos los productos de la conciencia no brotan por obra de la crítica espiritual (...), sino que sólo pueden disolverse por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales(...).”
(Marx/Engels, La ideología alemana)
El fundamento de la confusión de José Antonio para con el materialismo histórico reside en interpretarlo como una reivindicación del marxismo, es decir, como una voluntad de suprimir todo lo espiritual y sustituirlo por elementos materiales, mientras que el materialismo histórico no es una reivindicación, sino una forma de explicar la Historia. En todo caso sería la reivindicación de que las cosas suceden así, pero no el deseo de tal suceso. Marx no quiere arrancar de los obreros la espiritualidad. De hecho, una de las cosas que se supone que traerá la sociedad sin clases ni Estado es la eliminación del yugo del hombre al trabajo, pudiéndose dedicar a cultivar su vida intelectual y, si lo desea, espiritual. Es decir, José Antonio entendió el materialismo histórico, pero lo interpretó mal. Esta confusión respecto del materialismo histórico se acentuó con la ya famosa cita de Marx: “La religión es el opio del pueblo”. José Antonio, persona profundamente cristiana, no vio en eso sino un ataque directo a sus creencias más íntimas (como lo han visto así también muchos “marxistas” a lo largo de las décadas), cuando Marx nunca quiso atacar a la experiencia religiosa personal de cada uno, es más, decía explícitamente que ésta era algo íntimo de cada individuo y que el Estado no debía meter las narices en ello (sic). La famosa frase que cataloga la religión como opio se refiere a la utilización que hacen las instituciones eclesiásticas de la religión, y no de la experiencia religiosa personal de cada uno. En cuanto a la idea personal de Marx de la religión, partía de la crítica de Feuerbach.
Según Feuerbach, la religión nace de la deificación inconsciente del ser humano por él mismo. El secreto de la religión no es, pues, otro que el hombre mismo, y sus objetos de culto son expresiones del sentimiento humano. Todos los atributos de Dios son los mismos que los predicados de la humanidad, aunque en cualidad de infinitud. En consecuencia, la teología debe entenderse como antropología.
Cuando alguien es creyente, por más que le mostremos proposiciones lógicas que derrumben la validez conceptual de la religión, éste no se derrumba (para el creyente), pues la fe no es producto de la necesidad de la razón, sino del corazón. La sensibilidad tiene un papel fundamental en la religión. Cuanto más pobre y miserable es el hombre, más grande y concreto es Dios. La religión seguirá existiendo, dice Feuerbach mientras los deseos humanos no sean satisfechos.
Así pues, la religión consiste en la alienación inconsciente del hombre de sí mismo, y, según Feuerbach, debe desenmascararse y, después, reformar la filosofía en clave materialista para que en el futuro pueda satisfacer las necesidades del hombre, pero tomándolo a él como objeto principal en vez de a Dios. Pero Marx le critica a feuerbach que no viera que el “sentimiento religioso” es un producto social resultante de las condiciones materiales.
Así, pues, Marx ve la religión como algo relativo a la miseria humana, pero no se propone arrancar la experiencia religiosa personal. Cree que en la sociedad vaticinada por él no habrá experiencia religiosa, pues el hombre será feliz y no se autoalienará, pero tampoco se la niega a aquél que tenga fe. Marx cree que la condición de posibilidad de la experiencia religiosa es la miseria humana, y que si ésta se elimina, la experiencia religiosa desaparece. Sin duda esto es muy discutible, puesto que siempre ha habido gente feliz, con la vida solucionada, y han tenido fe. Incluso hoy, la suma de felicidad y ciencia no produce necesariamente la disolución de la experiencia religiosa. Es muy probable que, efectivamente, la miseria conlleve una mayor y más profunda experiencia religiosa, pero no es muy discutible que sea su único sustento, su única condición de posibilidad. La fe existe por sí misma y, en su estado más puro, no se deja condicionar por nada ulterior a ella. José Antonio, sin ser kierkegaardiano, se acerca en cierta manera a este filósofo existencialista. El materialismo histórico, aun siendo un método eficaz, no lo explica todo, algo que José Antonio sin duda percibió y creemos que, en este aspecto, fue muy acertado para con la teoría materialista.
Sin duda José Antonio no estaría de acuerdo con la explicación materialista de la religión, pero se equivocó al pensar que el marxismo lucha contra la experiencia religiosa del obrero. El marxismo lucha contra las condiciones socio-económicas que, desde su punto de vista, producen la condición de posibilidad de la experiencia religiosa, por entender que ésta proviene de algo esencialmente injusto.
La confusión viene dada, fundamentalmente, porque José Antonio mira la religión desde un punto de vista íntimo y cultural, apuntando a los valores éticos y espirituales del cristianismo, mientras que el marxismo la analiza política y socialmente (como se ve claramente en el texto de Marx titulado “El comunismo del periódico Rheinischer Beobachter”). José Antonio no critica directa y abiertamente la Iglesia, pero en su proyecto político ésta no tendrá ninguna potestad sobre el Estado, que es precisamente lo que el marxismo ataca con más furia. Esta distinción entre lo que se puede llamar cristianismo primitivo y el cristianismo eclesiástico fue, de hecho, percibida por Engels:
“La historia del cristianismo primitivo ofrece curiosos puntos de contacto con el movimiento obrero moderno. Como éste, el cristianismo fue en su origen el movimiento de los oprimidos(...).”
(F Engels, Contribución a la historia del cristianismo primitivo)
Para Engels, el cristianismo se corrompió con los dogmas establecidos por el Concilio de Nicea, siendo hasta entonces un movimiento muy respetable (igual que José Antonio consideraba el socialismo como algo justo e su nacimiento y que se descarrió con el marxismo y su materialismo histórico).
Critica también José Antonio que el marxismo, en su tónica materialista y antireligiosa, quiere romper la familia tradicional, siendo la única verdad que Marx y Engels sólo pretenden desligar la familia de las condiciones económicas:
“Por tanto, el matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los esposos. Desde ese momento, el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que la inclinación recíproca”
(Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado)
La lucha de clases es sustituída en la ideología joseantoniana por la cooperación entre clases sociales. Cooperación dirigida al horizonte de la justicia social y, por tanto, a la eliminación progresiva entre las clases sociales, nunca destinada a mantener el orden social existente, como pasó en Italia bajo el fascismo. Es evidente que en el proyecto de revolución española joseantoniana no pueden tener cabida ningunas consideraciones que enfrente a los españoles entre sí, como hace la lucha de clases marxista. El marxismo expuso los antagonismo existentes entre las clases sociales y propuso la lucha y la tiranía de una por encima de la otr en el tránsito al comunismo. José Antonio, entendiendo que ese tránsito era puramente utópico e irrealizable (y la historia del comunismo, hasta ahora, así lo ha demostrado empíricamente), creyó mejor establecer una cooperación fraterna y animosa, la cual iba a ser fomentada mediante la unión de todos los españoles en una empresa común y en el sentimiento de pertenecer todos a una misma nación que podía llevarles, con el trabajo de todos, a la auténtica justicia social y a la felicidad. Tanto Marx como José Antonio querían acabar con los antagonismos de clase, uno con lucha (y posterior desaparición de las clases) y el otro con cooperación.
Creemos que la crítica joseantoniana al marxismo es académicamente insuficiente, pero políticamente profunda. Supo entender sus tesis básicas y proponer soluciones alternativas a los problemas que, tanto José Antonio como Marx, percibían y les preocupaban a ambos. En muchas cuestiones coincidían, incluso aunque José Antonio no se diera cuenta. Por ejemplo, José Antonio criticaba al marxismo que tachara toda propiedad individual de nociva y maligna. Reivindicaba la propiedad privada pequeña y beneficiosa para el bien público, y calificaba, de hecho, al capitalismo como la negación de la propiedad privada, a la cual deshumanizaba y desposeía de su función de armonizar al individuo con la colectividad, satisfaciendo el derecho y las necesidades de todos a la vez que salvaguarda las libertades e intereses particulares. Y Marx, aun queriendo eliminar toda propiedad privada, dijo:
“La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más odiosas. La propiedad privada fruto del propio trabajo y basada, por decirlo así, en la compenetración del obrero individual e independiente con sus condiciones de trabajo, es devorada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación de trabajo ajeno, aunque formalmente libre”
(Karl Marx, El Capital)
José Antonio, que murió joven, no tuvo tiempo de conocer a fondo la obra de Marx. Creemos que de haber sido así, hubiera encontrado más puntos en común de los que ya reconocía. Pero, indudablemente, mantenía con el marxismo unas diferencias fundamentales que hacían que jamás se hubiera podido adherir a dicha doctrina.
Testimonios
Para terminar esta síntesis sobre José Antonio, recogemos aquí varios testigos de gente que le conoció (y otros que no pero han leído sobre él). Algunos ya los hemos citado más arriba pero, sin ánimos a ser repetitivos, los volvemos a citar para tenerlos recopilados ordenadamente. Hoy en día es difícil ver que alguien de izquierdas diga algo bueno sobre José Antonio, y si alguien intenta defenderlo es tachado de “fascista”, cuando no insultado o amenazado, considerándose una persona peligrosa para la democracia o la convivencia y la tolerancia. Sin embargo, como veremos aquí, no era así en su época, una época de violencia y revoluciones/contrarrevoluciones, de máxima tensión y antagonismo. Pues, de esta época de bipolarización ideológica, pueden encontrarse testimonios sobre el fundador de la Falange Española como éstos:
“Fue posible una cooperación de José Antonio con la República de izquierda si, con la acción y la retórica que amaba por igual, se le hubiera sabido atraer a nuestro régimen, pues yo no he olvidado que delante de mí le dijo un día a don Indalecio Prieto, por quien sentía afecto y admiración, que él se inscribiría en el partido socialista si éste se declaraba nacional. El nacionalismo exacerbado de aquel muchacho inteligente, reflexivo y audaz, a pesar de su aparente frivolidad señoritil, y su fiero antimonarquismo, engendrado por la ingratitud de Alfonso XIII para el general don Miguel, se habrían podido atraer y aprovechar si en los momentos en que la República era todavía una gran ilusión nacional hubiese habido alguien con perspicacia y autoridad suficientes para haber comprendido lo que en su cerebro encerraba José Antonio de positivo y la utilidad que de ello podía haber obtenido el nuevo régimen, necesitado de todas las cooperaciones españolistas inquietas por el porvenir para afianzarse, sin grandes resistencias, en el alma de todos los españoles progresivos”
(Félix Gordón Ordás, presidente del Gobierno en el exilio)
“Es ahora cuando se puede medir la torpeza en que se incurrió al consentir el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, cuya muerte no ha sido oficialmente publicada por sus camaradas. Es el Ausente, adjetivo que expresa una duda esperanzada. Esperanza condenada a rápida extinción. Primo de Rivera acabó sus días el 19 (sic) de noviembre de 1936. Su testamento tiene fecha anterior. Es un documento sobrio y sereno, que no carece de sincera emoción. Aquella que le da el trance en que ha sido escrito. Juzgue el lector de la parte humana y política”
(Julián Zugazagoitia, periodista y político bilbaino, director de El Socialista de Madrid, diputado a Cortes, ministro de Gobernación en el primer gabinete presidido por Juan Negrín)
“El fusilamiento de Primo de Rivera fue motivo de profundo disgusto para mí, y creo que para todos los ministros del gabinete. Como en todos los casos de condena a muerte por los Consejos de Guerra –y Primo de Rivera fue sometido y juzgado por uno de estos Consejos– la sentencia pasó al Consejo Supremo; éste la confirmó, y cumplido este trámite debería pasar al Consejo de Ministros para ser o no aprobada, costumbre establecida por mi Gobierno. Estábamos en sesión con el expediente sobre la mesa, cuando se recibió un telegrama comunicando haber sido fusilado Primo de Rivera en Alicante. El Consejo no quiso tratar una cosa ya ejecutada, y yo me negué a firmar el enterado para no legalizar un hecho realizado a falta de un trámite impuesto por mí a fin de evitar fusilamientos ejecutados por la pasión política. En Alicante sospechaban que el Consejo le conmutaría la pena. Acaso hubiera sido así, pero no hubo lugar. Esta es la estricta verdad respecto a este episodio, tan lamentable y que tan malas consecuencias ha tenido”
(Francisco Largo Caballero, político y dirigente obrero)
“José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos. Comentábamos los debates del día, hablábamos de cualquier cosa. Recuerdo que siempre me decía: Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo todos queremos lo mismo. Y era cierto”
(Teodomiro Menéndez, diputado socialista y uno de los responsables de la Revolución de Asturias)
“Juan Negrín, Indalecio Prieto o Julián Besteiro podían haberse entendido perfectamente con José Antonio Primo de Rivera, antes que con un Joaquín Maurín, un García Oliver o con Andrés Nin. Las simpatías de Negrín y Prieto hacia José Antonio eran innegables a pesar de que no compartían su ideario, pero sí el amor a España por encima de toda contingencia política”
“José Antonio se lamentaba de que los obreros no afiliados al naciente movimiento falangista, se resistieran a seguirle en sus propósitos de justicia social, actitud que le dolía al jefe de la Falange, pues aspiraba a arrastrar tras de sí, algún día, a las grandes masas obreras, y le preguntó a Pestaña los motivos, a lo que el dirigente de los Treinta, respondió, suavizando en lo posible las palabras: Porque los obreros ven en ti a un señorito y no a uno de ellos”
(Joan Llarch, biógrafo de Juan Negrín y Durruti)
“Pudo haber y no lo hubo, un diálogo del anarquismo y del falangismo en su primera hora. Pero consciente de los vínculos ideológicos entre sus aspiraciones y las del sindicalismo libertario español, Primo de Rivera tuvo entrevistas con Ángel Pestaña pocas semanas después de la fundación de Falange, en el curso de una visita a Barcelona, y no pudo establecerse ningún acuerdo, en parte por la distancia que había entre uno que había nacido en cuna pobre y se había desarrollado en el trabajo constante, y el que había nacido en cuna dorada y no había tenido ningún inconveniente en su carrera por la vida, con el pan de cada día seguro. Se hicieron otros intentos de acercamiento a través de Ruiz de Alda y de Luys Santa Marina, pero Pestaña no tuvo confianza en la posibilidad de una cooperación con ese sector nuevo y juvenil de la vida políticasocial española”
“A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la Policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la FAI, lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange Española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones. Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía ser base para una acción conjunta a favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fue condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que este hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el Gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fue un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español, aun desde los campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiese sido tácitamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!”
(Diego Abad de Santillán, anarquista miembro de la CNT-FAI)
“Pero la propuesta del señor Primo de Rivera [para poner fin a la Guerra Civil] deja bien establecidas dos cosas y éstas son las que yo brindo como aporte a la historia de la República. Una, que el 9 de agosto de 1936, el jefe de Falange Española se dirigía a mí, con todos lo respetos y acatamientos al cargo que yo ocupaba y que, reconociendo la legitimidad del Gobierno de la República, presentaba a éste unas proposiciones que él creía útiles para el restablecimiento de la paz. Y otra, que en la conciencia de uno de los directores de la rebelión –quizás el más inteligente y por ende el más peligroso– se manifestaba el remordimiento puesto que, desde la soledad de la celda, decía que era preciso realizar un esfuerzo para contener el peligro que gravemente amenazaba a la España de todos”
(Diego Martínez Barrio, ministro de la República)
“Mas ¡qué diferente habría sido la política española si se hubiese sentado en el congreso! No habría secundado los ataques corrosivos y demagógicos de Calvo Sotelo; caminaría con rumbo propio; no habría sido detenido arbitrariamente, y no habría sufrido la prisión y la sentencia de muerte. No se avendría nunca a ser plegadizo portavoz de la rebelión militar, si es que ésta llegaba a producirse, y pondría su pensamiento en aquella altura en que lo situó su testamento político de buscar –igual que yo– una conciliación entre las dos Españas, una colaboración ministerial con republicanos probados”
(Manuel Portela Valladares, republicano)
“José Antonio era un hombre cultivado de sensibilidad y encanto a quien incluso sus enemigos respetaban”
(Hugo Thomas, hispanista de izquierdas)
“Si José Antonio Primo de Rivera hubiera estado en Granada, a Lorca no le matan. Porque Primo era un hombre con cultura, un poco poeta y con él se podía razonar. Yo hasta le tengo cierto cariño”
(Ian Gibson, hispanista de izquierdas)
“Aunque no comulgo con la ideología, sí creo que José Antonio Primo de Rivera era una persona honrada, con ideales, y que intentó actuar en bien de la sociedad y de España”
(Paul Preston, hispanista de izquierdas famoso por sus duras críticas al franquismo)
“Su dirigente, José Antonio, como se le llamaba siempre, era un joven andaluz dotado de encanto personal y de imaginación. Hasta sus enemigos, los socialistas, no podían por menos que tenerle cierto afecto. En las discusiones de café acostumbraba a insistir en que estaba más cerca de ellos que de los conservadores. Apostrofaba a la República porque no socializaba los bancos y los ferrocarriles y por tener miedo de emprender la reforma agraria con energía”
(Gerald Brenan, hispanista)
“Lo que quería José Antonio era convencer, de ninguna manera imponer, como ocurría con una gran parte de sus correligionarios y seguidores. En sus raíces era un seductor, no un dictador. Él creía en la dialéctica del puño y las pistolas como recurso supremo, pero estas bravuconadas hay que entenderlas como concesiones a la época y no como manifestaciones esenciales de un modo de ser. La violencia y el pistolerismo eran un instrumento común en su tiempo, empleado por todos los partidos radicales, no sólo por Falange. En rigor, José Antonio se opuso siempre a la violencia que en España habían introducido las bandas del Sindicato Libre, los pistoleros anarcosindicalistas, los alabiñanistas y los mismos estudiantes ultras de la FUE. Antes de organizar ella misma sus cuadros represivos, la Falange fue víctima de represalias físicas de la extrema izquierda. Todo el que no tenga en cuenta ese hecho decisivo se descalifica a sí mismo para enjuiciar con honestidad el proceso evolutivo. Fue la moderada actitud de José Antonio ante las eliminaciones de varios militares y falangistas lo que motivó en el seno de la Falange el surgimiento de un grupo que exigía el terror contra la izquierda […]. Fueron Ansaldo y Manuel Groizard quienes abogaron por la táctica del terror como instrumento de lucha. José Antonio demoró cuanto pudo estos métodos vindicativos; el terror practicado por los ultraizquiedistas no favoreció la inicial templaza joseantoniana. Las turbias escuadras de la Falange de la Sangre fueron aceptadas al final por José Antonio, como pura necesidad pragmática pero no por convicciones interiores”
(Heleno Saña, escritor anarquista)
“Ayer, al pasar por los puestos de libros del Cabildo, vi unos cuantos libros españoles, de la España actual… ¡Lagarto, lagarto!... Sin embargo, me compré nada menos que las Obras Completas de José Antonio. Hacía mucho tiempo que quería leerlas y ayer era verdaderamente inoportuno porque tenía que terminar lo de las Mujeres Ejemplares, pero llegué a casa y me leí de un golpe trescientas páginas. Es increíble. Dos cosas son increíbles; una que todo eso haya podido pasarme inadvertido a mí, en España, y otra que España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien. Porque no me extraña que llegaran a matarle: estaba hecho para eso, para que después de muerto se haya hecho el silencio sobre su caso… Era difícil y expuesto por la gran confusión en torno. Por el contrario, los gitanillos, las faldas de volantes, los toritos bravos y todo el puterío sublimado extendiendo por el mundo una España histriónica era vivificante para la cosecha de turismo. Es cierto que su simpatía por los fascismos europeos, tan macabros, le salpicó con el cieno en que ellos se enfangaron, pero leyéndole con honradez se encuentra el fondo básico de su pensamiento, que es enteramente otra cosa. Fenómeno español por los cuatro costados […]. Despertad, sacudid a uno de esos ciegos y será capaz de mayor abnegación, pero mientras viva ofuscado por su propio brillo, activado por su propia hambre, no esperéis que dialogue con el prójimo, conformaos con poder evitar que lo devore. Hay que estudiar esto en Unamuno, en Ortega, en José Antonio, su reflejo o espectro. En lo que quedó de ellos, en quienes les fueron afectos y en quienes les execraron sin comprenderlos o, lo que es peor, comprendiéndolos y temiendo –por pereza, por miedo o por inepcia– lo que ellos exigían.”
(Rosa Chacel, republicana)
“Mire, sé que la cita es un riesgo, pero uno de los que entendió mejor, y en circunstancias muy difíciles, el catalanismo, fue José Antonio Primo de Rivera”
(Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat)
“Cuantos me reprochaban las defensas de ese joven impetuoso y bien intencionado, conocen mi respuesta. Es que también le debía la vida, porque él y su gente me custodiaron hasta mi domicilio, una noche en que algunos, que se decían correligionarios míos, habían acordado ‘abolirme’. Ya conoce V.E., por escrito, el episodio. Son páginas personales que dicen muchas cosas.”
“Data de muchísimo tiempo la afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilar en el campo de batalla. La confrontación de ideologías, que no se hizo entonces, debe hacerse ahora. Porque es necesario un esfuerzo generoso en busca de puntos de concordia que hagan posible la convivencia, tratándonos como hermanos y no peleando como hienas”
(Indalecio Prieto, dirigente socialista)

7 comentaris:
Saludos. A partir del comentario que me dejaste hace tiempo en mi blog, he podido descubrir este tuyo. Estuve ojeando también tu foro, que me parece bastante bueno. Disculpa que no haya participado todavía, máxime cuando creo que foros movidos por particulares, con inquietudes culturales, deberían promocionarse mucho más. De algún modo, no estoy dando ejemplo de lo que predico.
En cuanto al blog me parece muy acertado y oportuno. Mucha seriedad -en el buen sentido- en el tratamiento de los temas, y posiciones valientes, como dedicar todo este artículo a una figura tan controvertida como J.A. Primo de Rivera. Yo leí este verano, entre otras cosas (destaco, sobre todo, por la huella, las obras completas de O.Wilde y El Espectador) las obras completas de Primo de Rivera.
Siempre he pensando, sin ser yo falangista, que es una figura interesante, mucho más cercano a un determinado tipo de personalismo -si bien totalitario- que a un fascismo y que, si bien, como sucede siempre, habla en su tiempo y su contexto, y hay cosas que hoy no se pueden defender, es una persona que apela, que describe problemas verdaderos de España, que en gran modo perduran hoy, que se atreve a buscar fórmulas sociales intermedias entre el capitalismo y el comunismo.
Te felicito por todo tu trabajo intelectual, seguimos en contacto,
Abrazos!
Jose Luis González Ribera, "El último hombre libre"
Un saludo, usted criticó que yo dijera que el cristianismo y el marxismo son antagonistas. Si usted estuviera en lo cierto no se hubieran enfrentado históricamente cristianos y marxistas y el Vaticano apoyaría el marxismo. Recordemos que Lech Walessa dinamitó el marxismo en la Unión Soviética con el apoyo de los Servicios Secretos Vaticanos, del Mossad Israelí y de la CIA.
Usted me dijo que leyera una obra de Fiedrich Engels y yo le pido a usted que lea la BIBLIA. Después hablamos sobre lo que tiene en común con el marxismo. Creo que usted sostiene posiciones demagógicas en torno a la figura de José Antonio, puesto que él representa, si no a la burguesía abiertmente a la pequeñoburguesía. No debe haber tregua para con la propiedad privada y mucho menos para conciliarnos entre unas clases y otras. Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases...
antes de insultarme como usted lo ha hecho, propóngame un debate en condiciones.
Hay un cierto revival de la figura de Jose Antonio que lo entiendo sólo desde un punto de vista: intentar hacer el fascismo de una forma más "amable", más "cercana". Esta es una táctica que siempre ha usado no sólo los estados fascistas, sino todo Estado en general, como forma de propaganda, un elemento clave en la supervivencia de todo Estado moderno. Este revival, como digo, no tiene sentido si no llegamos a comprender que el fascismo pocas veces se muestra tal y como es, pocas veces declara sus intenciones abiertamente. Ningún Estado lo hace, y el fascismo no es una excepción. Por eso, existe ahora todo un intento de hacer de la figura de Jose Antonio Primo de Rivera una persona con inquietudes humanistas, o con postulados acerca de la justicia social. Hitler también los tenía (acabar con el paro de la sociedad alemana. Para ello encontró trabajo a mucha gente en la industria de la guerra, matando dos pájaros de un tiro); también los tenía Franco, puesto que, entre otras cosas, instauró la enseñanza primaria obligatoria... Lo que quiero decir es que no entiendo el interés de ensalzar a alguien como Jose Antonio Primo de Rivera, como una especie de demócrata adelantado a su tiempo o un socialista no ortodoxo. Estos intentos sólo se pueden entender desde un intento de hacer aparecer como una persona amable a quien fue un personaje siniestro, cuyo padre fue un reconocido dictador.
Lo que parece diferenciar a Jose Antonio de ciertas posturas marxistas es la idea de la nación española como patria indivisible. Esto creo que ya es suficiente para desacreditar a Jose Antonio como es supuesto demócrata intachable.
Leyendo tu artículo uno se pregunta, entonces, por qué la figura de Jose Antonio ha sido identificada con el franquismo. ¿Me podrías responder a esta pregunta?
Señor Aitor Burgos: no soy yo quien dice que el cristianismo PRIMITIVO (es decir, Jesús y sus seguidores, època pre-BÍBLIA) y el marxismo tienen muchas similitudes (que también lo digo), sino que es Engels quien lo dice. Discútale a Engels a través de sus textos, no a mi. No recuerdo haberle insultado, pero es posible que tuviera un mal día y me excediera en mis palabras. Si realmnte fue así, pido disculpas.
José Antonio no representaba a la burguesía, ni a la pequeña burguesía ni a ninguna clase, por cuanto su inicial idea de cooperación entre clases iba destinada a, precisamente, eliminar las diferencias entre clases.
Señor Ivan Karamazov: en primer lugar, el fascismo no suele esconder sus propósitos, y se presenta amablemente cuando necesita respaldo igual que lo hace cualquier movimiento. ¿Acaso Hitler escondió alguna vez su odio hacia los judíos antes de subir al poder? Lea el programa del partido nazi y verá que es cualquier cosa menos "simpático". En segundo lugar, una de las cosas que intento demostrar en este artículo (en el apartado José Antonio y el fascismo) precisamente es que JOSÉ ANTONIO NO ERA FASCISTA. Las convulsiones de su época le llevaron al contingente error de haber simpatizado con el fascismo, de la misma manera que el 90% de los comunistas españoles (y de cualquier otro paós europeo) eran estalinistas. ¿Le critica al PCE que en su tiempo fuera estalinista? ¿Va a despotricar de Guevara por haber sido estalinista y, posteriormente, haber simpatizado (creo que incluso personalmente) con Mao Tse-Tung? pues de la misma forma, yo, que no soy ni falangista ni aun joseantoniano, intento comprender la relación de éste con el movimiento fascista desde la coyuntura histórica de los años 30 y creo que, con mis modestas explicaciones y, especialmente, con los textos del propio José Antonio, queda bastante claro que su actitud frente a la violencia, al individuo y a la vida humana dista mucho de Mussolini, por no hablar de Hitler. Este artículo, como he dicho, no es una criptoreivindicación ni una criptojustificación del fascismo, sino precisamente un intento de romper la relación intrínseca que se hace de José Antonio y el fascismo. Entre otras cosas, porque creo que el pensamiento de José Antonio es válido y el fascismo no; y porque creo que pueden aprovecharse muchas cosas del pensamiento joseantoniano, y nada de las características exclusivas del fascismo. Quisiera que esto quedara claro.
Dice usted que "Estos intentos sólo se pueden entender desde un intento de hacer aparecer como una persona amable a quien fue un personaje siniestro, cuyo padre fue un reconocido dictador." Quisiera comentarle que no fue un personaje siniestro. Documentada está su renuencia a la violencia y a los asesinatos. Cuanto menos, no era más violento que los socialistas y los comunistas, e incluso me atrevo a afirmar que lo era menos. Por otra parte, el comentario acerca de su padre para desacreditarle está fuera de lugar, pues él no fue responsable de la dictablanda ni participó en ella.
Decir que todo lo que José Antonio sostenía sobre la justicia social era puro populismo es de una demagogia que asusta. Primeramente hay que señalar que era una constante en sus escritos y discursos, cosa que no se dio en el caso de Hitler ni Mussolini. Por otra parte, nunca subió al poder, con lo cual no se puede afirmar tajantemente que fuera populismo puro y duro. Yo me inclino a pensar que no, sobretodo viendo los actos de sus seguidores más acérrimos durante la guerra, la postguerra y aun durante el franquismo (¿ha oído hablar de Hedilla o Dionisio Ridruejo?)
En ningún momento he afirmado que José Antonio fuera un demócrata, de hecho era antidemócrata (y creo haberlo explicado), así que no entiendo a que viene ese reproche.
Dice también que ha hoy en día un "revival" de la figura de José Antonio. ¿Ha leído el apartado de Testimonios? Verá que los personajes que recojo son casi todos de los años 30-40. Y huelga decir que la mayoría son socialistas, anarquistas y comunistas.
Por último, se relaciona a José Antonio tan estrechamente con el franquismo porque dicho régimen utilizó su imagen (después de fusionar la Falange con los carlistas contra la voluntad de los camisas viejas y de mutilar el programa político falangista). Durante el franquismo hubo una adulación hacia su figura como mártir del movimiento a la vez que hubo falangistas (joseantonianos de verdad) que se enfrentaron al general Varela, a la Iglesia y al propio Franco. No pocos falangistas fueron encarcelados e incluso fusilados por disidentes, sobretodo a raíz de la creación de falanges clandestinas. Por otra parte, hoy en día no hay ningún historiador que sostenga que el pensamiento de José Antonio se amoldara a lo que fue el franquismo. Y esto no lo dicen Pío Moa ni César Vidal, sino Ian Gibson o Paul Preston (entre muchos otros).
Sin más, gracias por abrir debate de forma respetuosa aunque creo que con demasiados prejuicios no ya hacia José Antonio, sino hacia mi. Entienda que no soy fascista y que intento desvincular de dicho movimiento a una figura cuyo pensamiento creo que es muy aprovechable por cuanto lo considero justo y humanista, aun discutiéndole ciertos puntos, como por ejemplo la unidad de España como algo no sujeto a discusión ni debate alguno. Vaya por delante que me siento español y que mi concepción de España es muy parecida a la que José Antonio sostiene, pero no creo que sea algo sobre lo que nadie pueda discutir o que no pueda cuestionarse. Entiendo que cada cual es libre de sentirse como se sienta (puesto que esto no se elije) y para nada quisiera imponer mi idea de España por la fuerza, sino por el diálogo y la argumentación desde el respeto hacia el otro.
Un saludo.
Me olvidaba. Counter, gracias por tu comentario y por el interés. Sin duda habrás disfrutado este verano con estas lecturas (de Oscar Wilde me encantó el clásico el Retrato de Dorian Gray).
Un saludo.
Tu trabajo me parece magnífico; aunque debieras incorporar las últimas aportaciones efectuadas por el vasco-francés Arnaud Imatz, principal estudioso y conocedor del pensamiento de José Antonio.
Un abrazo.
Dentilio
Felicidades por divulgar mediante este artículo la vida y el pensamiento de José Antonio desde un punto de vista parcial y libre de cualquier tipo de prejuicio y/o demagogia. Muchas gracias.
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