dimecres, 6 / agost / 2008

Hanna Arendt. Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental


Tiene mucha razón Hanna Arendt cuando dice que es difícil pensar sobre Karl Marx. Ya desde los primeros tiempos posteriores a su merte, las discusiones en torno a él fueron feroces, tanto o más que las discusiones postnietzscheanas sobre éste, con el añadido peligroso de que Marx hablaba abierta y directamente de política. En el seno de los partidos obreros o, simplemente, de izquierdas, era frecuente que calificaran de “reaccionario” a cualquiera que no aceptara la ortodoxia marxista (recordemos los feroces ataques de Lenin a Bernstein o Kautsky en numerosas obras). Con el ascenso de los bolcheviques al poder, la doctrina marxista se convertía en oficial en un Estado, y sus objetivos de dictadura del proletariado y la subsiguiente sociedad sin clases ni Estado los objetivos principales de dicho Estado. Lo que soñó Platón, es decir, que un filósofo tomara las riendas del poder, se cumplió en cierta manera con la Revolución Rusa: un pensamiento filosófico guió las acciones de los gobernantes de un país. Desde estos hechos, el marxismo ha conseguido una influencia brutal en el pensamiento político occidental. La crítica de Hanna Arendt en este aspecto estriba en que considera que el marxismo “ha hecho tanto por ocultar y borrar las enseñanzas de Marx como por propagarlas”. Critica también que se alaba o culpa a Marx por hechos de los cuales es inocente, así como por otorgarle el “título” de descubridor de ciertas concepciones históricas, como la lucha de clases, que no descubrió él. Ya Aristóteles en su “Política” dividió la sociedad en ricos y pobres y atribuía la democracia al gobierno de los pobres y la aristocracia al gobierno de los ricos. Sin duda Aristóteles ya presentaba un esbozo de lo que Marx llamaría la división de la sociedad en clases sociales. Sin embargo, Hanna Arendt considera todas estas cuestiones como meramente académicas y de poco interés al lado de la gran cuestión que debe tenerse a la vista en el horizonte d ela discusión sobre Marx: el hecho de que un gobierno totalitario tan brutal como fue el régimen soviético partiera de y, supuestamente, siguiera las enseñanzas de Marx. Sin embargo, el hecho de que el nazismo utilizara métodos y estructuras de poder tan parecidas al bolchevismo y siguiera una ideología muy contraria a la de Marx, lo considera Hanna Arendt como una prueba de que el marxismo no es necesariamente el único producto histórico que conduzca al totalitarismo. Sin embargo, es evidente que Marx es el puente que une la tradición del pensamiento político occidental al totalitarismo, aunque desde luego debe verse desde el prisma de las modificaciones a que fue sometido tanto por el marxismo en sí como, específicamente, por el leninismo y el estalinismo. Con todo, señala Hanna Arendt, hay una ruptura mucho más brutal entre Marx y el bolchevismo que entre Marx y los precedentes pensadores políticos de Occidente. En sus propias palabras: “(...)puede mostrarse cómo la línea que va de Aristóteles a Marx muestra a la vez menos rupturas y mucho menos decisivas que la línea que va de Marx a Stalin”. Así pues, toda discusión seria sobre Marx debe partir del encuadramiento de éste con la tradición del pensamiento político, y analizar el apso de éste al totalitarismo como, ciertamente, sucedió.
Según hanna Arendt, la época contemporánea planteó dos cuestiones fundamentales a las que Marx se aferró insistentemente: la labor y la Historia. La emancipación de la clase trabajadora y las grandes injusticias sociales, así como el conocimiento de que existían las herramientas necesarias para suprimirlas, hacen comprensible que las ideas cristianas de caridad, igualdad y justícia de las que, ciertamente, parte el socialismo, adoptaran orientaciones violentas. Mientras unos se preocupaban de si la clase trabajadora debía tener tales o cuales derechos, Marx se anticipó y concibió la sociedad futura como una sociedad de trabajadores en el cual nadie que no trabajara tendría cabida. Así, se procedió a la reinterpretación de las diferentes ocupaciones humanas como formas de trabajo. Por otra parte, pensadores como hegel o Darwin historizaron de tal modo el pensamiento que ya nadie podía sustraerse a la historización. Marx se propuso, como Hegel (pero en clave materialista) anunciar el fin de la Historia, es decir, la realización de ésta como Absoluto. Lo que en Hegel era la culminación del Espíritu, para Marx era la sociedad sin clases ni Estado. Hanna Arendt insiste en la pertenencia de Marx en nuestra tradición de pensamiento político, la cual se rompe con el surgimiento de las instituciones totalitarias que, insiste también, no pueden derivarse específicamente de las enseñanzas de Marx, pues representan algo nuevo. Sin embargo, cabe destacar, nuevamente, que una de las dos formas de totalitarismo surgió de la doctrina de Marx (aunque no puede decirse que él fuera la causa).
Arendt considera que el primer gran desafío a la tradición viene de Hegel, al interpretar éste al mundo como un sujeto que cambia en relación con el movimiento histórico, concepción que Marx tomará prestada pero interpretándola a través del materialismo histórico. La 11º tesi sobre Feuerbach muestra, además, la voluntad de tomar el timón del movimiento histórico para llevarla a los cauces deseados, cauces que supondrían el fin de la Historia, es decir, anularían la posibilidad de cualquier cambio y harían de cualquier esfuerzo por provocarlos algo superfluo, ya que el motor de la Historia (la lucha de clases) se habría parado. Una de las verdaderas aportaciones genuinas de Marx fue la adopción de la clase trabajadora como centro de su filosofía, reivindicando para ésta la prominencia en la toma de control del movimiento histórico. A su vez, al establecer la labor (es decir, el metabolismo de la naturaleza por parte del hombre para la producción de sus medios de vida) como la distinción específica del hombre del resto de animales y marcarla como condición sine qua non de una vida en la sociedad futura, en palabras de Arendt, “prometía la libertad a todos a la vez que se la negaba a todos”, debido a que, como ya se señaló en la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel (y que Marx recogió a su manera), el esclavo no es libre, ni tampoco el amo. Nadie puede ser libre aunque no hayan amos, puesto que siempre se estará esclavizado al trabajo debido a las necesidades que impone la condición humana.
Hanna Arendt señala tres pilares fundamentales de la filosofía de Marx que postula, literalmente, así: “La labor es la Creadora del hombre”, “la violencia es la partera de la Historia” y “nadie que esclavice a otros puede ser libre”. Todas están relacionadas con los nuevos aspectos que sacudieron la época contemporánea en la que Marx vivió. La Revolución Industrial reinterpretó la labor como la cualidad más importante del hombre y que Marx tomó como el distintivo del hombre respecto del animal. De hecho, Marx (y Engels) consideraban que la Historia empezaba cuando el hombre empezó a producir sus propios medios de vida. Por otra parte, las revoluciones francesa y americana (que quedaban algo lejanas ya, pero su espíritu desde luego seguía latente), conllevaron la idea de que algunas ideologías necesitaban el auxilio de la fuerza para llevarse a cabo. Finalmente, y a partir de dichas revoluciones, la idea de igualdad se tomó con radicalización: nadie debía ser amo ni sirviente. Marx postuló brevemente lo que Hegel se explayó en expresar mediante la dialéctica del amo y el esclavo, es decir, que el amo deviene siervo de su esclavo y éste amo de su amo. En consecuencia, nadie puede ser libre (comp ya se ha dicho más arriba). Hanna Arendt dice que la insistencia de Marx en la idea de libertad es la fuente de sus autocontradicciones que abarcan toda su obra, desde sus escritos de juventud hasta El Capital: la necesidad de la violencia para abolir a ésta misma, el fin de la historia como meta de la propia historia, etc). En sus propias palabras: “Cuando Marx declaró que la labor es la actividad más importante del hombre, estaba diciendo en términos de la tradición que no es la libertad sino la necesidad lo que hace humano al hombre”. Si el desarrollo del género humano está regido por el movimiento histórico cuyo motor es la lucha de clases (debido a la necesidad laborante del hombre) y la partera de la Historia es la violencia, el contenido sustancial de la libertad humana queda anulado en gran escala, así como queda puesta en un lugar prominente la violencia, puesto que el movimiento dialéctico la comporta constantemente. Esta reivindicación de la práxis (violencia) como acercamiento a la verdad representó otro desafío a la tradición, pues ésta siempre había considerado la verdad como algo cuyo acercamiento debe producirse mediante la teoría, es decir, el discurso, la palabra. Pese a estas críticas, Hanna Arendt niega que deba tacharse de hipócrita la voluntad de Marx de llegar a una sociedad libre. De hecho, contra todos los que dicen que la sociedad futura de Marx es utópica, Arendt declara que una vez existió: Atenas en el siglo V aC. Si prescindimos de la esclavitud, aquella sociedad no necesitaba de gobernadores ni de gobernados. La sociedad futura de Marx es utópica sólo si se acepta que el hombre es malo por naturaleza y que la ley humana no emana de la ley natural misma. La sociedad futura de Marx sería como la Atenas del siglo V aC sin esclavitud. El problema es que en la sociedad futura de Marx no puede suprimirse el trabajo como estuvo suprimido para los ciudadanos atenienses (pues eran los esclavos quienes trabajaban), ya que no habrá esclavitud, con lo cual el trabajo seguirá existiendo y el hombre no será libre como predecía Marx: “El reino de la libertad empieza de hecho sólo cuando termina la labor, que está condicionada por la necesidad y la utilidad exterior” (Marx). Según esta sentencia, el hombre libre de la sociedad futura de Marx habría perdido aquello que caracteriza intrínsecamente al ser humano: la labor. Sin embargo, Hanna Arendt afirma que estas contradicciones no sólo se dieron en la obra de Marx (o, dicho en otras palabras, no eran culpa suya), sino que ya venían dadas por las revoluciones francesa y americana, por la emancipación del trabajo en la sociedad industrial y por la demanda de libertad e igualdad para todos que venía implícita con las revoluciones.
Por otra parte, la extrema igualdad que preconizaba Marx (tomada de la igualdad cristiana en el reino de Dios) para todos los hombres en el mundo, iba reñida con el concepto de libertad. Al aferrarse Marx tan fuerte e insistentemente en este concepto de igualdad, negaba la libertad aunque pretendiera preconizarla. La sociedad sin clases ni estados ni, por tanto, naciones ni leyes que imaginaba Marx hace olvidar que todo el aparato estatal proporciona protección, libertades y derechos a la vez que limitaciones y que “no sólo separan, sino que también reúnen y vinculan a los hombres”. Así como Aristóteles definió al hombre como animal racional (zoon lógon echon), Marx, al igual que Hobbes, definió al hombre mediante un concepto que fuera igualitario por todos: animal laborans (Hobbes igualó a los hombres por el hecho de que todos tienen la misma capacidad de matar al otro). Hanna Arendt argumenta que, mientras que no todos somos igualmente racionales, sí somos igualmente laboradores (es decir, trabajadores). Creo, sin embargo, que aquí Hanna Arendt se equivoca, puesto que de la misma forma que no somos todos igualmente racionales (es decir, no tenemos el mismo grado de racionalidad o inteligencia), tampoco tenemos todos la misma capacidad laboral ni la misma capacidad para matar al otro. Dependerá de nuestra fuerza física, disposición anímica media, voluntad general, etc. Donde sí creo que acierta plenamente es en su afirmación de que libertad e igualdad se excluyen una a la otra. Puede que ese Estado destinado a desaparecer funcione en pequeños ámbitos con gente predispuesta a ello (como la Comuna de París), sin embargo, al intentar instaurarlo en grandes núcleos de población y con la gran diversificación de individuos, la libertad y la igualdad entrarán en una colisión irremediable. De hecho, la tradición ha concebido usualmente que para tener cierta dosis de libertad (sin que esté reñida con la igualdad) es necesario un gobierno.
En la sociedad sin clases ni estado de Marx, el concepto de libertad pierde todo sentido, “a menos que se conciba en un sentido completamente diferente”. Puesto que Marx no redefinió sus conceptos, Lenin dijo, muy acertadamente, que si nadie que gobierne sobre otros puede ser libre, la libertad es sólo un prejuicio o una ideología. Según Arendt, tanto Marx como Lenin cayeron en el error de que la mera administración (la burocracia) no sería un gobierno, cuando es en realidad “el gobierno de nadie”, pero gobierno al fin y al cabo, y además un gobierno sin responsabilidad, sin nadie a quien pedir explicaciones. Arendt compara la dominación burocrática con la dominación tiránica, si bien niega su identidad con la dominación totalitaria. Arendt observa que Marx, igual que Nietzsche con su anti-platonismo, intentó poner patas arriba la tradición pero manteniéndose inconscientemente en la misma órbita, sobretodo en lo que a conceptos se refiere. De hecho, aunque Marx renegó fuertemente de Hegel, no habría sido nada sin él. Su concepción de la Historia y su dialéctica sirvieron a Marx para fundamentar su doctrina sobre la puesta en primera línea de la labor como característica fundamental del hombre y el desarrollo histórico dialéctico en base a los modos de producción, substituyendo la acción y la violencia por la pasión libertaria de los socialistas utópicos precedentes. Para Hanna Arendt, el gran acierto de Marx (en medio de todas sus equivocadas predicciones) fue la de concebir al hombre como animal laborans, puesto que vemos cómo hoy en día el hombre considera todas sus actividades como trabajo, es decir, como medio de ganarse la vida, y aquéllos que no trabajan son juzgados siempre como parásitos. Casi sin darnos cuenta, y en medio de todos los ataques a Marx, una de sus ideas ha resultado ser totalmente cierta. Precisamente por esto, el hombre jamás podrá ser totalmente libre, puesto que su condición de laborante es expresión de su necesidad. Marx quería ligar la libertad y la igualdad absolutas, y es esto lo único que Arendt considera utópico de su pensamiento

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