dissabte, 29 / agost / 2009

José Antonio Primo de Rivera y el fascismo

Introducción

A principios del siglo XIX, uno de los más grandes filósofos de la Historia, Hegel, distinguía entre entendimiento y razón. El entendimiento es la facultad cognoscitiva que nos hace considerar las cosas estática y aisladamente, sin penetrar en la relación dialéctica que medra entre ellas. La razón, por el contrario, es la facultad cognoscitiva enemiga del “sano sentido común” que nos hace captar las cosas y la relación dialéctica que las une. Así, el concepto (el “qué” de la cosa, su esencia, su verdad) se percibe una vez se ha recorrido su proceso de formación y se han contemplado y comprendido todos los elementos y circunstancias que han desembocado dialécticamente en dicho concepto. Por ejemplo, lo que es un hombre determinado no se agota en lo que actualmente es, sino que su concepto abarca su nacimiento, su niñez, su madurez y todos los acontecimientos que en estas etapas de su vida se han dado. El concepto es tanto el resultado del proceso como el proceso mismo.

Esta breve consideración a la distinción hecha por Hegel entre entedimiento y razón ha sido a propósito de nuestra intención de realizar una interpretación racional (en el sentido antes apuntado) de la figura de José Antonio Primo de Rivera, concretamente acerca de su supuesta condición de fascista. Porque si hay algún tópico sobre su persona, es el de que fue fascista. Y no es un tópico infantil ni incoherente. Grandes historiadores, algunos de los cuales son autoridades intelectuales en materia de fascismo, no dudan en catalogarlo como tal. Tal es el caso de Stanley G. Payne, Ian Gibson, Émile Gentile y, en cierta manera, Julio Gil Pecharromán (uno de los biógrafos de José Antonio más imparciales y objetivos).

El entendimiento, en efecto, nos dice que José Antonio fue fascista y, por ende, que la Falange Española fue un movimiento fascista. Saludo romano, subvención de la Italia de Mussolini, varios escritos elogiando el fascismo italiano y un notable parecido ideológico en los 27 Puntos programáticos de la Falange. Pero, así como la mariposa es mariposa y no gusano, pese a que pasó por una fase de gusanidad, José Antonio fue un nacional-sindicalista y no un fascista, aunque tuvo una época de fascisticidad. En efecto, José Antonio empezó su andadura política deslumbrado por el fascismo italiano. José Antonio estaba profundamente preocupado por el conflicto social, pero no aceptaba la solución bolchevique. Quería un régimen que instaurara la justicia social a la vez que afirmara el fervor patriótico que uniera a todos los españoles en una unidad de destino, requisito para mantener un orden justo basado en la cohesión social y el hermanamiento entre los españoles. Esta mezcla de lo social y lo nacional estaba en el fascismo italiano, y por eso lo defendió (aunque nunca se declaró fascista). José Antonio tenía una imagen idealizada del fascismo, el cual se presentaba como una auténtica revolución anticapitalista, lo cual resultó ser un espejismo. José Antonio, que era profunda y sinceramente anticapitalista, vió como el fascismo seguía manteniendo el alma del capitalismo bajo una fachada aparentemente revolucionaria. Para él, que leyó El Capital y compartía las tesis de Marx sobre la plusvalía y otros aspectos del capitalismo, el fascismo resultaba insuficiente. Y no sólo eso, sino que chocaba frontalmente con su concepción del hombre y del Estado. Así, la razón puede mostrar cómo este hombre, que empezó elogiando el fascismo, no incluye el elemento “fascismo” en su esencia humana ni política.

En este ensayo intentaremos demostrar que José Antonio nunca fue fascista, por mucho que lo pareciera. Mostraremos que sus elogios a Mussolini y su régimen proceden de una visión distorsionada del fascismo, y lo mostraremos mediante dos procedimientos. El primero será mostrar cómo, a partir de 1935, dirigió críticas al fascismo (recordemos, además, que nunca se autoconsideró fascista). El segundo procedimiento será mostrar como su pensamiento es esencialmente distinto de la ideología fascista. Veamos primero sus críticas al fascismo:


“Nosotros hemos venido a salir al mundo en ocasiones en que en el mundo prevalece el fascismo y esto, le aseguro al señor Prieto, que más nos perjudica que nos favorece, porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables que no queremos para nada asumir”[1]

“Este recurso [el corporativismo] mantiene hasta ahora intacta la relación del trabajo en los términos en que la configura la economía capitalista; subsiste la posición del que da el trabajo y la posición del que arrienda su trabajo para vivir”[2]

En esta crítica se deja entrever la lectura de Marx: el régimen capitalista se basa en la propiedad privada de los medios de producción en manos exclusivas del capitalista, el cual ofrece trabajo al obrero, que debe vender su fuerza de trabajo para obtener un salario con el cual adquirir sus medios de subsistencia. Por su parte, el capitalista obtiene la plusvalía. Ésta, que es el alma del capitalismo o la sustancia del capital, será considerada por José Antonio de forma muy parecida a la de Marx, como veremos más adelante. En otros textos, José Antonio califica al fascismo de “fundamentalmente falso” y lo acusa de “fatigoso por la permanencia en la crispación” y por la “absorción del individuo en la colectiviad”.[3]

Podríamos citar más pasajes en los cuales José Antonio dirige críticas al fascismo, pero creemos que estas pocas son suficientes y bastante explícitas, por lo que seguiremos con la segunda parte del ensayo: comparar el pensamiento joseantoniano con la ideología fascista a fin de demostrar que ambas son esencialmente diferentes.


El pensamiento joseantoniano y la ideología fascista


Para comparar el pensamiento joseantoniano con la ideología fascista, primero debemos hacer algunas consideraciones sobre las características del fascismo. En primer lugar, señalar que no utilizamos el término “fascista” en sentido despectivo[4], sino que pretendemos denotar sus características fundamentales de manera objetiva e imparcial. Sin embargo, caracterizar el fascismo no es tarea fácil. El fascismo genérico es una entidad política etérea, puesto que los diversos movimientos fascistas fueron muy distintos entre ellos. Existen dos “fascismos paradigmáticos”, que son el italiano y el alemán, mas hay fuertes divergencias incluso en la cuestión de si el nacionalsocialismo fue realmente un movimiento fascista. De todas formas, parece ser que hay una serie de comunes denominadores que se dan en todos los movimientos fascistas, los cuales han sido estudiados en profundidad por Renzo de Felice, Ernst Nolte, Stanley Payne y Gentile entre otros. Aun así, el debate no está del todo cerrado, y consideramos que el juicio de Angelo Tasca (juicio muy hegeliano) es muy acertado: “Definir el fascismo es, ante todo, escribir su historia"[5]. Ernst Nolte propuso unos “mínimos fascistas” que consistían en antimarxismo, antiliberalismo, anticonservadurismo, principio del liderazgo, un ejército del partido y el totalitarismo como objetivo. Sin embargo, estos mínimos son demasiado vagos, algunos fueron adoptados por movimientos comunistas (antiliberalismo, anticonservadurismo, el principio del liderazgo y el ejército del partido en la Rúsia de Lenin y, más acentuadamente, en la de Stalin, por poner un ejemplo), y el último “mínimo”, referente al totalitarismo, resulta demasiado ambiguo, puesto que el totalitarismo ha generado un debate aparte que genera tanta divergencia (o más) que el propio debate sobre el fascismo.[6] Así pues, hay que desarrollar esos mínimos para caracterizar de forma correcta el fascismo, así que apelaremos a las autoridades en esta materia para esclarecer la exposición. Paralelamente, iremos sentando las diferencias esenciales entre el fascismo y el pensamiento joseantoniano.


1.-Estado y totalitarismo


“[Los fascismos] reclamaban el monopolio del poder político y el control total de las masas, envolviendo a la sociedad en las espiras de un régimen totalitario que subordinaba individuo y colectividad al partido único en nombre de mitos nacionalistas y racistas, de potencia y de expansión”[7]

En efecto, el fascismo aspiraba a la dominación total del Estado, que es lo que se dio a conocer con el nombre de “totalitarismo”. Sin embargo, existen, como ya hemos dicho, divergencias en torno a este término, por ejemplo, Gentile y la mayoría de historiadores no dudan en calificar la Italia fascista de régimen totalitario, pero Hanna Arendt y Payne no consideran que el régimen de Mussolini fuera totalitario, lo cual ha sido corroborado por el estudio de Tannenbaum del régimen fascista italiano en su obra “La experiencia fascista”. Pero existe un acuerdo más o menos consensual en afirmar que el fascismo es, esencialmente, totalitario (y, por lo tanto, todo régimen fascista es totalitario o potencialmente totalitario). José Antonio, no puede negarse, utilizó el término “totalitario” para exponer la doctrina del Estado nacional-sindicalista. Ahora bien, ¿se refería a lo mismo que se referían Mussolini o Hitler?

Para Mussolini y Hitler, el Estado debía ser el máximo guía de la nación. Defendían un panestatismo absoluto y una sumisión total de los ciudadanos a la maquinaria estatal, única garante del bienestar así como fin último del pueblo (en el nazismo, la perpetuación de la raza aria). En el fascismo, la nación se identifica totalmente con el Estado[8], y éste rige la vida del pueblo, el cual no tiene que decidir nada, puesto que el Estado decide por él[9]. Ya hemos visto cómo José Antonio criticaba la absorción del individuo por parte del Estado en el fascismo. Como veremos, José Antonio afirmaba la libertad invididual y el respeto al hombre, portador de valores eternos. Más adelante veremos cómo reconcilia la individualidad con la colectividad eludiendo el panteísmo estatal. En el nazismo, en cambio, el Estado es el conservador de la raza aria[10], única heredera legítima de la soberanía mundial[11]. El Estado nazi, pues, ejerce un control absoluto sobre los ciudadanos y los reduce a una colectividad homogénea cuyo único destino es afianzar el dominio ario. No hace falta señalar nada en este caso: José Antonio concebía España como una unión de pueblos diferenciados entre sí, y no la consideraba una unidad lingüística ni racial, sino una unidad de destino[12]. De hecho, llegó a expresar su repulsa hacia el racismo.

Vayamos ahora con la concepción de José Antonio del Estado y lo que para él era el totalitarismo. Ya en los 27 Puntos programáticos de Falange surge este término:

“26. Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él a través de su función familiar, municipal y sindical (...).” (la cursiva es nuestra)

Para José Antonio, el totalitarismo no significaba el control total del Estado sobre los ciudadanos, sino la participación total de la totalidad de los ciudadanos en el Estado. Los ciudadanos no son sólo el cuerpo del Estado, sino que son su espíritu. Ellos deben formar parte, a través de las organizaciones familiares, municipales y sindicales, del Estado nacional-sindicalista, y participar en él mediante dichas organizaciones, y no a través de los partidos políticos. Ahora bien, eso no significa que José Antonio abogara por un Estado relativista y que aceptara cualquier decisión. Afirmaba la existencia de verdades eternas y de unos mínimos establecidos que no eran sujetos de discusión: el respeto por el hombre y la unidad de España:

“7. La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles.

Pero sólo es de veras libre quien forme parte de una nación fuerte y libre.

A nadie le será lícito usar su libertad contra la unión, la fortaleza y la libertad de la Patria. Una disciplina rigurosa impedirá todo intento dirigido a envenenar, a desunir a los españoles o a moverlos contra el destino de la Patria”

José Antonio, pues, postulaba un sagrado respeto por el individuo[13], y reconciliaba la colectividad de individuos que conforman la nación en la idea de España como unidad de destino. Cuando dice que España está por encima de todos los individuos no se refiere a una abstracción vaga de reminiscencias mitológico-románticas como hace el fascismo, sino que tiene en mente la idea metafísica concreta de España como unidad de destino. Unidad de pueblos y, por tanto, de individuos. Unidad que debe establecerse espiritualmente a través del bienestar material de los hombres y una profunda justicia social. Y esto es importante. La Patria es un fin en sí mismo, y lo es en tanto que es la unidad de las personas en un mismo destino colectivo. No es que el Estado o la Nación (entendiendo ésta de manera abstracta) estén por encima del pueblo (como en el fascismo), sino que la colectividad está por encima del individuo, pero dicha colectividad no puede ser feliz si no lo son todos y cada uno de sus individuos. En el fascismo, Italia como Estado está por encima de los ciudadanos; en el falangismo, España como unidad de individuos está por encima de los individuos. Cuando José Antonio dice que la Patria es una entidad metafísica superior aun al conjunto de todos los individuos tiene en mente una entidad metafísica que incluye implícitamente a los individuos, porque una unidad (unidad de destino en lo universal) es unidad de pueblos, y los pueblos están constituídos por individuos. Es una exaltación a la fraternidad y a la hermandad entre los españoles, unidos por el transcurso de la Historia. Para José Antonio, la unidad de España no se reivindica porque sí (como hace la derecha), sino porque en ella es como puede erigirse un sistema justo y solidario. Hay, pues, una reciprocidad entre interés individual e interés común. Pero el interés común prevalece sobre el privado. Por eso José Antonio es anticapitalista y antiliberal. Más adelante nos ocuparemos de su anticapitalismo. Esta simbiosis entre bienestar colectivo-bienestar individual sólo puede darse en el Estado, el cual debe defender con determinación los principios básicos del modelo nacionalsindicalista de respeto al hombre, unidad de la Patria y justicia social (anticapitalismo), pero no debe ser el intérprete de las necesidades individuales ni el administrador de la vida y bienes de los ciudadanos:

“Y el Estado español puede ceñirse al cumplimiento de las funciones esenciales del Poder descargando no ya el arbitraje, sino la regulación completa, en muchos aspectos económicos, a entidades de gran abolengo tradicional: a los Sindicatos, que no serán ya arquitecturas parasitarias, según el actual planteamiento de la relación de trabajo, sino integridades verticales de cuantos cooperan a realizar cada rama de producción”[14]

Vemos pues, que, en el pensamiento joseantoniano, el Estado tiene una función y una esencia completamente distinta del Estado fascista. No es el “intérprete de las necesidades del pueblo”. Es un conciliador de la colectividad con la individualidad, un firme defensor de la unidad nacional y un pilar que mantenga las relaciones laborales con justicia, es decir, un muro inquebrantable que impida que el capitalismo pervierta las relaciones de producción. No puede negarse que hay un autoritarismo intrínseco en José Antonio, muy marcado durante los años 1933-34, pero que a finales del 34 va evolucionando hacia la concepción que acabamos de exponer, más cercana a la democracia orgánica que a un régimen autoritario, si bien sigue siéndolo respecto a lo que él considera las verdades eternas. Curiosamente, en su pensamiento político puede rastrearse un cierto rousseaunismo (pese a la poca estima en que tenía a Rousseau) en las cuestiones de participación ciudadana al margen de los partidos políticos[15] y en la defensa de la individualidad y la libertad del pueblo, pero dentro de unos límites marcados por verdades indiscutibles[16]. Obviamente, no puede clasificarse a José Antonio como un seguidor de Rousseau (¡ni mucho menos!). Estas similitudes, al examinarlas atentamente, son sutiles y tienen matices. Pero ahí están. Curiosamente, José Antonio jamás abogó explícitamente por la pena de muerte, como sí hizo el demócrata Rousseau.

Sea como sea, nada tiene que ver el humanismo pro-individualista (a la vez que colectivista) joseantoniano con el afán dominador y antiindividualista del fascismo:

“Históricamente, sólo el fascismo, de entre los regímenes de partido único del siglo XX, se autodefinió como Estado totalitario, refiriéndose con esto a su concepción de la política y a su régimen de tipo nuevo, fundado en la concentración del poder en las manos del partido y del Duce, y en la organización capilar de las masas, con el propósito de “fascistizar” la sociedad a través del control del partido en todos los aspectos de la vida individual y colectiva, con el fin de crear una nueva raza de conquistadores y de dominadores”[17]


2.-Economía


El fascismo siempre se ha jactado de ser anticapitalista. Los fascistas, para corroborar eso, apelan a las mejoras en las condiciones de trabajo que instauraron, al menos formalmente, Mussolini y Hitler. Derecho a paro, vacaciones pagadas, más descansos, pagas extras, etc. Incluso afirma Tannenbaum que, en ocasiones, los sindicatos fascistas consiguieron ciertas ventajas para el obrero respecto al empresario. El fascismo se proponía elevar el nivel de vida del trabajador. Dice Mussolini

“En el terreno económico, el objetivo de nuestra marcha es la realización de una más alta justicia social para el pueblo italiano”[18]

“Nosotros no queremos oprimir al proletariado(...), lo queremos elevar material y espiritualmente...”[19]

El fascismo italiano se constituyó en un sistema corporativo, del que Ernst Nolte dirá que “es el sistema del Estado de partido en el que el proletariado se encuentra a la disposición de su dirigente como una masa que obedece”[20]. El fascismo, pues, instauró una revolución estética, moral y espiritual, pero dejó intacto el modo de producción capitalista, si bien camuflado bajo concesiones a las demandas sociales de la clase trabajadora. Para comprender en profundiad el sistema capitalista, sus fundamentos y por qué es injusto, es necesario leer a Marx[21]. El capitalismo se basa en el enriquecimiento por unos a costa del trabajo de otros, lo que en economía se traduce en la autovalorización del capital mediante la compra de la fuerza de trabajo del obrero. En efecto, tanto en la Italia fascista como en la Alemania nazi se siguieron dando estas mismas relaciones de producción. Seguía habiendo una masa de trabajadores a los que se les sustraía el valor producido durante su jornada de trabajo, entregándoseles el precio de su fuerza de trabajo en forma de salario, pero nunca retribuyéndoles el valor producido durante su jornada laboral. El fascismo se ganó a una parte de la clase trabajadora y campesina debido a la mejora en las condiciones laborales y, como hemos dicho, a concesiones cedidas a las demandas de los trabajadores. Pero, bajo esa fachada de justicia social, la maquinaria capitalista seguía intacta, y el capital seguía alimentándose de la fuerza de trabajo de los obreros, si bien con dificultades debidas a la fuerte centralización económica intrínseca del fascismo. Conviene recordar las palabras de José Antonio que ya hemos citado más arriba: “Este recurso [el corporativismo] mantiene hasta ahora intacta la relación del trabajo en los términos en que la configura la economía capitalista; subsiste la posición del que da el trabajo y la posición del que arrienda su trabajo para vivir”. Esto coincide plenamente con las críticas que han dirigido al fascismo tanto los teóricos marxistas (que, obviamente, no pueden ser imparciales) como con las constataciones de historiadores especializados en materia de fascismo[22]. La política socio-económica del fascismo es, pues, populista. Las reformas pueden ser más o menos significativas, pero para hacer una revolución anticapitalista no basta con modificar las relaciones de producción; hay que cambiarlas. ¿Qué opinaba José Antonio al respecto?

“El que con la economía capitalista, tal como está montada, nos dediquemos a disminuir las horas de trabajo, a aumentar los salarios, a recargar los seguros sociales, vale tanto como querer conservar una máquina y distraerse echándole arena en los cojinetes. Así se arruinarán las industrias y así quedarán sin pan los obreros.

En cambio, con lo que queremos nosotros, que es mucho más profundo, en que el obrero va a participar mucho más, en que el Sindicato obrero va a tener una participación directa en las funciones del Estado, no vamos a hacer avances sociales uno a uno, como quien entrega concesiones en un regateo, sino que estructuraremos la economía de arriba debajo de otra manera distinta, sobre otras bases, y entonces sucederá, señor Gil Robles, que se logrará un orden social mucho más justo”[23]

Queda soberanamente claro que José Antonio era enemigo del populismo y de las migajas que los capitalistas dejan caer de sus mesas para que los trabajadores puedan comer y sobrevivir para tenerlos cada día a las puertas de las fábricas. José Antonio aceptaba la colaboración entre clases sociales que postulaba el fascismo (aunque no es exclusivo de éste, Ortega y Gasset también abogava por tal colaboración en miras al bien común). Ahora bien, hay una diferencia sustancial: el fascismo quiere basar la colaboració de clases en los intereses nacionales entendidos éstos como el enriquecimiento de la nación. La justicia social es un medio para el enriquecimiento de la Patria. Para José Antonio, en cambio, la justicia social no es un medio, sino un fin. Al abolir la propiedad privada en sentido capitalista[24] y al realizar el ideal de “la empresa es de quien la trabaja” asignando la plusvalía al trabajador mismo y no al empresario[25], el capitalismo muere, pues las empresas son propiedad privada comunitaria, de todos los trabajadores. José Antonio no negaba una jerarquía en las empresas, ni diferencias retributivas. Pero negaba la alienación del trabajo. En este aspecto, el pensamiento joseantoniano conecta con el pensamiento de Marx en la crítica al capitalismo, ofreciendo soluciones distintas pero destruyendo igualmente las bases del capitalismo: la propiedad privada capitalista de la empresa y la apropiación de la plusvalía producida por el obrero por parte del empresario[26].

Así pues, mientras que el fascismo se quedaba en un populismo encarnado en reformas sociales más o menos notables pero nunca radicales, José Antonio logra comprender la esencia del capitalismo (probablemente gracias a la lectura de El Capital, tarea que muchos marxistas se han dispensado) y propone soluciones fecundas y auténticamente revolucionarias. En el libro de Mussolini “El espíritu de la revolución fascista”, libro clave de la ideología fascista, no hay ninguna referencia a la plusvalía, ni a la propiedad privada capitalista (ni, por supuesto, la necesidad de abolir ambas). Más bien dice cosas como que “ahora comienza la verdadera historia del capitalismo, pues éste no es tan sólo, como decís, un sistema de opresión, sino también una selección de valores, una coordenación de jerarquías y un sentido más amplio de la responsabilidad personal”[27]. Mussolini también dice:

“(...)hay un límite para el capital y un límite para el trabajo. El capital, de no ir al suicidio, no puede pasar más allá de una cifra en el dato trabajo, y éste no puede ir más allá de un cierto signo con respecto al capital”[28]

Y, teniendo en cuenta la diferenciación entre capital y trabajo:

“(...)sólo en la unión armoniosa y sistemática de todas las fuerzas productivas encontrarán alivio las condiciones materiales de vida de todas las clases...”[29]

La ideología fascista, pues, presenta la propiedad privada del capital como algo que puede conciliarse con el bienestar material de la clase trabajadora. Y aunque es cierto que con una sabia política socio-económica podría conseguirse, no menos cierto es que eso no sería justicia social, porque en tal caso, por muchas mejoras laborales y por mucho nivel adquisitivo que ganaran los trabajadores, el sistema seguiría siendo injusto: unos se enriquecerían a costa del trabajo de otros. Por eso el fascismo no es anticapitalista, porque el capitalismo vive en su seno mismo, ya que no cambia las relaciones de trabajo. ¿Qué piensa José Antonio de la armonización entre capital y trabajo?

“¿Qué es esto de armonizar el capital y el trabajo? El trabajo es una fución humana, como es un atributo humano la propiedad. Pero la propiedad no es el capital: el capital es un instrumento económico, y como instrumento, debe ponerse al servicio de la totalidad económica, no del bienestar personal de nadie. Los embalses de capital han de ser como los embalses de agua; no se hicieron para que unos cuantos organicen regatas en la superficie, sino para regularizar el curso de los ríos y mover las turbinas en los saltos de agua”[30]


3.- Violencia


Otra de las caracteríticas del fascismo es la evaluación positiva y glorificación de la violencia. Aunque esto no sea exclusivo del fascismo (Marx consideraba la violencia como la partera de la Historia), lo cierto es que en él se da de una forma más acentuada que en otros movimientos, aunque hay que decir que ha habido regímenes comunistas mucho más salvajes y despiadados que la Italia de Mussolini. Como dice Payne:

“Lo exclusivo del fascismo, en relación con la violencia, fue su evaluación teórica por muchos movimientos fascistas, para los cuales la violencia poseía por sí misma y en sí misma un cierto valor positivo y terapéutico, y que estimaban necesaria cierta dosis de lucha violenta y continua., a la manera soreliana y del darwinismo social extremo, para la salud de la sociedad nacional”[31]

Suele achacársele a la Falange y a José Antonio una actitud extremadamente violenta. Para ello se recuerda una y otra vez lo de “la dialéctica de los puños y las pistolas”. Esta frase, sacada de contexto, no fue pronunciada como una apología de la violencia desenfrenada contra los adversarios, sino como un alegato a la opción de la violencia como último recurso, porque “bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”[32]. Leída la frase entera y contextualizada (el clima de violencia en esa época estaba generalizado) y, sobretodo, comparada con otras declaraciones de anarquistas, comunistas y socialistas (en especial, Largo Caballero), se ve que la violencia de José Antonio no sobrepasaba a la violencia reivindicada (y practicada) por otros. Cabe señalar, además, que José Antonio siempre fue reticente respecto de la violencia mortal. La primera represalia que mandó tomar contra los socialistas era una respuesta a la undécima víctima falangista (Juan Cuéllar) a manos de los socialistas. Después de tomar la decisión, muy difícil para él, le dijo a Ernesto Giménez Caballero: “yo no he nacido para esto, Ernesto. Yo he nacido para matemático del siglo XVII”. O, como le dijo a Indalecio Prieto en el parlamento:

“Yo no pensé ni por un instante que estas cosas se tuvieran que mantener por la violencia, y la prueba es que mis primeras actuaciones fueron pacíficas(...), se iniciaron contra nosotros agresiones cada vez más cruentas, y por manos movidas, seguramente con intención tan limpia como la de mis amigos, tal vez movidos después a represalias. Pero estas represalias vinieron mucho después, tanto después que (...) incluso en periódicos conservadores nos afeaban que no nos entregásemos al asesinato [...]

Yo no me hubiese dedicado para nada, no a usar la violencia, sino ni siquiera a disculpar la violencia, si la violencia no hubiera venido a buscarnos a nosotros”[33]

José Antonio no era especialmente violento. Consideraba la violencia, más que nada, como un instrumento para defenderse en caso de agresión o para utilizarla en casos excepcionales y justificados. Nunca abogó por la lucha física sistemática contra sus adversarios políticos, a muchos de los cuales consideraba equivocados con buena fe e, incluso, movido po ideales justos. No en vano definió el comunismo como “una versión infernal del afán hacia un mundo mejor”. Por eso estaba abierto al diálogo con sus adversarios políticos, y por eso muchos de los que le conocieron, pese a ser adversarios políticos, le recuerdan como una buena persona. En efecto, hay testimonios de socialistas y anarquistas como Prieto, Zugazagoitia, Teodomiro Menéndez o Abad de Santillán que remarcan el humanismo de José Antonio, su voluntad de diálogo e, incluso, las grandes coincidencias ideológicas. Payne, que no duda en calificar a José Antonio como líder fascista, dice de él que “fue el que más repulsión sentía por la brutalidad y la violencia relacionadas con el quehacer fascista”[34]. En efecto, en los puntos iniciales de la Falange leemos:

“La violencia puede ser lícita cuando se emplee por un ideal que la justifique.

La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque.

Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión.

Mienten quienes anuncian –por ejemplo– a los obreros una tiranía fascista.

Todo lo que es HAZ o FALANGE es unión, cooperación animosa y fraterna, amor.”[35]

Podría pensarse que todo esto es habladuría y creer lo que dice la izquierda actual, a saber, que José Antonio era un fascista violento, un monstruo sanguinario y despiadado que no dudaba en pegar tiros a los que se oponían a él. Curiosamente, los izquierdistas que dicen esto son todos actuales. Hemos apuntado ya que varios socialistas y anarquistas de su época, que le conocieron, no corroboran estos juicios, antes al contrario, le respetaban y apreciaban. ¿Y por qué? Pues porque José Antonio sabía ver detrás de todo socialista, de todo comunista y de todo anarquista a un ser humano que, si bien estaba equivocado, se movía por aspiraciones sociales justas.

Respecto a los historiadores, ya hemos visto cómo Payne recalca la reticencia de José Antonio hacia la violencia fascista. Ian Gibson, que hace una afirmación tan gratuita como: “Con Hitler y Mussolini, José Antonio cree que la violencia utilizada contra los enemigos del fascismo es legítima”[36], dedica un capítulo entero a la violencia de José Antonio, [37] narrando sus episodios de “cólera bíblica” en los que se valió de los puños. En la biografía de José Antonio no existen episodios de violencia mortal ni de ensañamiento contra sus adversarios. No tenía más voluntad de violencia que de diálogo.

José Antonio no renunciaba a la violencia. La consideraba justa y necesaria en ciertas ocasiones. Mas no puede decirse que su propensión a la violencia era la misma que sentían los fascistas. José Antonio no era más violento que cualquier político revolucionario de los años 30, y aun podríamos decir que guardaba un respeto y una consideración para la vida humana que no se daban en muchos otros. Ante las demandas furibundas de los falangistas más extremistas de responder con violencia dura los asesinatos de sus camaradas, José Antonio alegó que la vida es milicia y que no hay que caer en una espiral de violencia con los compatriotas, sino que hay que aceptar que, en aras de una España mejor, habrá que llorar a varios camaradas. En esto se parecía mucho al anarquista Melchor Rodríguez, llamado “el ángel rojo” por salvar a derechistas y falangistas de las checas durante la guerra civil, el cual pronunció las palabras “se puede morir por un ideal, pero nunca matar”. José Antonio empezó con esa misma mentalidad y, pese a que no pudo sustraerse a la espiral de violencia (que, por cierto, él no empezó) de la época, su horror hacia el inicio de la guerra civil le hizo reflexionar y luchar como pudo, desde la cárcel, por una reconciliación entre ambos bandos, proponiendo un gobierno de reconciliación en el que figuraban ministros de todas las tendencias, excepto comunistas y (¡ojo al canto!) falangistas. Un gesto de sincera voluntad de reconciliación y de suavización del extremismo. Un gesto que le honra.


Conclusiones finales


Hemos visto ya que la concepción joseantoniana del Estado, del individuo, de la economía e incluso de la violencia son agudamente diferentes de la ideología fascista. José Antonio Primo de Rivera no era fascista, ni la Falange un movimiento fascista. Esta identificación se ha mantenido a lo largo de las décadas debido a la falta de un estudio crítico del pensamiento joseantoniano en su totalidad y de una ulterior comparación crítica con el fascismo. Payne hace una mínima concesión: “Desde 1934, José Antonio empezó a percatarse de algunas - no todas – de las deficiencias del fascismo político”[38].

El problema es que siempre se parte de la base que José Antonio era fascista, y nunca se ha pensado en la posibilidad de que esto no sea cierto. Además, los evidentes parecidos estéticos e incluso discursivos, sobretodo durante los años 33 y 34, no ayudan en este sentido. Sin embargo, contextualizando, leyendo críticamente con objetividad, estudiando diversas biografías y ensayos de autores con diversos puntos de vista, y comparando el pensamiento joseantoniano con el fascismo, puede verse claramente que hay una enorme distancia entre ambos. Arnaud Imatz lo sintetiza a la perfección:

“La Falange joseantoniana, a diferencia del fascismo italiano, no admite la relación bilateral del trabajo, sino que defiende la integración completa de los dos factores de producción, la atribución de la plusvalía a los productores y la implantación de la propiedad sindical, comunal y familiar. No sitúa el valor fundamental en el Estado, sino en la lex aeterna, en el “hombre portador de valores eternos”, capaces de salvarle o condenarle”[39]

Si a esto le sumamos su repulsa al racismo, a la violencia mortal (coherente con su concepción del hombre) y su voluntad de diálogo para con sus adversarios políticos, tenemos una imagen muy distinta de José Antonio de la que suele darse.

No es superfluo repetirlo tantas veces como se ha repetido lo contrario: José Antonio Primo de Rivera no era fascista; la Falange no es un movimiento fascista.



[1] Discurso en el Parlamento, 3 de Julio de 1934. Nótese que a fecha tan temprana como 1934 ya se distancia del fascismo.

[2] “Ante una encrucijada...” Conferecia del 9 de Abril de 1935

[3] “Dos esquemas de libro”, citado por Enrique de Aguinaga en “José Antonio Primo de Rivera” de la colección Cara Cruz de Ediciones B

[4] “En el lenguaje político corriente el término “fascismo” se utiliza universalmente en sentido despectivo(...). En un proceso continuo de inflación semántica, el concepto de fascismo ha sdo adoptado indiscriminadamente en la lucha política, en la historiografía y en las ciencias sociales, convirtiéndose en algo cada vez más genérico” (Gentile, “Fascismo. Historia e interpretación”, 2002, Ed. Alianza P. 53

[5] Angelo tasca, “El nacimiento del fascismo”. Citado por Gentile en op. citada, P 57

[6] Sin embargo, creemos que un estudio bastante concluyente sobre el totalitarismo está en la monumental obra de Hanna Arendt “Los orígenes del totalitarismo”.

[7] Gentile, op. citada, P 52

[8] “Queremos unificar la Nación en el Estado soberano, que está sobre todos, y puede estar contra todos(...)”

“El Estado controla todas las organizaciones que estén fuera de él, pero no puede ser controlado por dentro” Benito Mussolini, “El espíritu de la revolución fascista”, 1976, Ed. Informes, pp 217-218

[9] “El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo” Mussolini, op. citada, P 211

[10] “(...)el Estado no es un fin, sino un medio(...), el fundamento en que ha de apoyarse la más alta cultura humana(...). El Estado, como tal, no crea un nivel cultural definido; puede, sencillamente, limitarse a contener la raza que le decide” Adolf Hitler, “Mi Lucha”, 1974, Ed. Petronio, P. 180

[11] “En su capacidad como Estado, la Nación alemana habrá de reunir en torno suyo a todos los alemanes; y no se limitará a escoger lo mejor entre sus elementos raciales originales y a conservarlos, sino que los elevará, además, lenta y seguramente a una posición de preeminencia”, Hitler, op. citada, P 183

[12] Ver “Sobre Cataluña” en José Antonio, op. citada, pp 109ss, y “Los vascos y España”, pp 179ss

[13] “(...)la revolución total(...) tiene que empezar por el individuo(...). Y el día en que el individuo y el Estado, integrados en una armonía total, vueltos a una armonía total, tengan un solo fin, un solo destino, una sola suerte que correr, entonces sí podrá ser fuerte el Estado sin ser tiránico, porque sólo empleará su fuerza para el bien y la felicidad de sus súbditos”. José Antonio Primo de Rivera, “Textos de doctrina política”, 1970, Ed Cronológica, p 511

[14] José Antonio, op. citada, P426

[15] “El pueblo inglés se engaña al creerse libre. No lo es más que durante la elección de los miembros del Parlamento. Apenas elegidos, vuelve a ser esclavo, no es nada.” Rousseau, “El contrato social”, 1996, Ed. Alba, p 180 Rousseau condena, explícitamente, la democracia representativa, es decir, el sistema de partidos.

[16] “Si alguien, después de reconocer públicamente estos dogmas, se conduce como si no creyera en ellos, debe ser castigado con la pena de muerte, pues ha cometido el mayor de los crímenes mintiendo ante las leyes” Rousseau, op. citada, pp 165-166

[17] Gentile, op. citada, P 80

[18] Mussolini, op. citada, p 163

[19] Mussolini, op. citada, p 173

[20] Ernst Nolte, “El fascismo en su época”, 1967, Ed. Península, P 257

[21] El Capital es la más grande exposición crítica del sistema capitalista. Sus elementos fundamentales aparecen en casi todas las obras de Marx: Manuscritos de economía y filosofía; Trabajo asalariado y capital; Salario, precio y ganancia; etc.

[22] “[la revolución fascista se caracteriza] por un cambio en la estructura de la élite y en la forma de gobierno, sin ningún trastorno de la estructura social” (la cursiva es nuestra). Raymond Aron, citado por Gentile en op. citada P 111

[23] José Antonio, op. citada, P 335

[24] “La propiedad privada es lo contrario del capitalismo; la propiedad privada es la proyección del hombre sobre sus cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de dominación económica”. José Antonio, op.citada, P 560

[25] “[contra la economía capitalista y la comunista] levantamos la sindicalista, que no absorbe en el Estado la personalidad individual ni convierte al trabajador en una pieza deshumanizada del mecanismo de producción burguesa. Esta solución nacionalsindicalista(...)acabará de una vez con los intermediarios políticos y los parásitos. Aliviará a la producción de las cargas con que la abruma el capital financiero. Superará su anarquía, ordenándola. Impedirá la especulación con los productos, asegurando un precio remunerador. Y, sobre todo, asignará la plusvalía, no al capitalista, no al Estado, sino al productor encuadrado en sus sindicatos” (la cursiva es nuestra) José Antonio, op. citada, pp 737-738

[26] “...desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absorbe todos los beneficios para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical” José Antonio, op. citada, P 563

[27] Mussolini, op. citada, P 94

[28] Mussolini, op. citada, P 98

[29] Mussolini, op. citada, P 100

[30] José Antonio, op. citada, P 427 Otro fuerte contraste: Dice Mussolini: “Nuestro sindicalismo se distingue de los otros en que, por ningún motivo, admitimos la huelga en los servicios públicos” Mussolini, op. citada, P 95. Por el contrario, dice José Antonio: “No queremos esquiroles, queremos obreros revolucionarios”

[31] Stanley G Payne, “Historia del fascismo”, 1995, Ed. Planeta, P 20

[32] José Antonio, op. citada, pp 67-68

[33] Ibídem, pp 267-268

[34] Payne, op. citada, P 331

[35] José Antonio, op. citada, P 93

[36] Ian Gibson, “En busca de José Antonio”, 1980, Ed. Planeta, P 53 (nota a pie de foto)

[37] Ibídem, pp 179ss

[38] Payne, “José Antonio Primo de Rivera” (con Enrique de Aguinaga), 2003, Ed. B, P 272

[39] Arnaud Imatz, “José Antonio:entre odio y amor”, 2006, Ed. áltera, P 326

dilluns, 11 / maig / 2009

Contra el fútbol


Parece ser que el Barça va a ganar la Liga. Miles de millones de culés llevan celebrando victoria tras victoria desde hace algunas semanas. Todo el país está pendiente de qué va a hacer el Barça, de una posible remontada del Madrid o de cualquier otro suceso "trascendente". Se habla de poesía, de eventos históricos y de héroes. Los héroes de estas últimas semanas son Eto'o, Mesi y compañía. Iconos de jóvenes y mayores que ven en su éxito el suyo particular y en cuya victoria sienten un placentero torrente de satisfacción.

Mientras todo el país está pendiente únicamente del Barça, los autónomos siguen sufriendo una precariedad laboral intolerable. Miles de seres humanos abandonan sus países (su hogar) huyendo de la miseria y la muerte para buscar el pan para sus hijos en tierras extrañas para ellos, encontrando sus derechos de trabajadores pisoteados. Los trabajadores españoles, de rebote, ven también sus derechos pisoteados, a la par que una crisi de la que ellos no son los responsables les impide llevar una vida digna y les impone privaciones, a ellos y a sus familias. Decenas de mujeres siguen muriendo a manos de maridos que aun no han comprendido que no se puede tener título de propiedad sobre las personas. La Monarquía sigue viviendo con sumo lujo a costa del bolsillo de la clase trabajadora. Altos banqueros y grandes empresarios siguen enriqueciéndose con el ancestral método de apropiarse la plusvalía generada por el trabajador, práctica intrínseca del modo de producción capitalista (cuya única "reforma" aceptable seria su eliminación) que es esencialmente injusta pero que las leyes siguen amparando. Las nuevas generaciones suben con un materialismo extremo insertado en su ahogado espíritu, entregándose al consumo de drogas y consagrando su tiempo libre a los bares y las discotecas. No se encuentra solución al problema de la unidad nacional más allá de la clásica actitud de la derecha fachorra o los movimientos independentistas, enterrando ese gran proyecto común, solidario y plural que debería llegar a ser España. La reforma educativa y la inminente aplicación del pla Boloña darán un paso más a la privatización de la enseñanza, así como van a dificultar la entrada al mundo de la enseñanza a los nuevos profesores exigiendo un carísimo máster en pedagogia. El número de parados pasa ya de los 3 millones.

Pero desde hace semanas, y durante varias más, nada de esto ya importa. Sólo importa que los blaugrana ganen la Liga, lo cual va a suponer una gran alegría para los culés, un tema a hablar en los círculos futbolísticos y un tiempo más de respiro que se le va a dar al gobierno inútil e ineficaz que gobierna inmerecidamente España. Porque el fútbol profesional es un macronegocio ultracapitalista.

Pero no importa. Ahí están los héroes azulgranas, a los cuales nadie se quita de la cabeza. Héroes que cobran tanto o más que los altos banqueros y grandes empresarios. Héroes cuya mitad de una cuarta parte de un tercio de lo que ganan les vendría muy bien a todos aquellos auténticos héroes que son los trabajadores que apenas llegan a fin de mes y que tienen una hipoteca que pagar y una familia que mantener. Héroes que lo son hoy y siempre.

Y el héroe de la semana no es ni Mesi, ni Eto'o ni Puyol, sino ese hombre, del que ni siquiera se ha dado el nombre, que intentó evitar el asesinato de una mujer en Irún y que, mientras nadie se acuerda de tan noble azaña (por desgracia, fallida), este noble varón se encuentra recuperándose de dos puñaladas en el hospital. Él es un heroe, y desde estas líneas quiero expresarle mi más sincera admiración.

Pero no. Hoy no cabe hablar de nada de esto. Hoy solo hay que estar pendientes del Barça.

El fútbol es el opio del pueblo.

dijous, 30 / abril / 2009

El Tiempo según Martin Heidegger


El concepto de tiempo

En la conferencia pronunciada el 25 de Julio de 1924 ante la Sociedad Teológica de Marburgo, y a partir de una reflexión sobre la muerte, Heidegger establece las estructuras ontológicas del dasein para orientarse hacia una investigación sobre el tiempo. El tiempo es un constitutivo radical de la existencia humana, la cual se despliega en el horizonte de la temporalidad; ésta es la condición de posibilidad de la historicidad como forma temporal de la existencia del dasein.

Heidegger, pues, se propone abordar la cuestión del tiempo desde un punto de vista arreligioso, dejando al margen la eternidad divina y la teología en general, puesto que ésta encuentra su confirmación final en la fe, y la filosofía se coloca fuera de la fe. Así, el filósofo debe intentar comprender el tiempo a partir del tiempo, concretamente a partir de la eternidad entendida como “un mero derivado” de la esfera temporal”. Sin embargo, dice Heidegger también que su reflexión tampoco será estrictamente filosófica, pues “no pretende ofrecer una definición sistemática y universalmente válida del tiempo”.

El tiempo es aquello en lo que s eproducen acontecimientos; no es un movimiento, sino algo relacionado con el movimiento, como ya vio en su momento Aristóteles. Encontramos el tiempo sobretodo en los entes mutables: el cambio se produce en el tiempo.
Medimos físicamente el tiempo con el reloj, en el cual se repite una secuencia temporal constantemente, de forma cíclica y con una duración siempre idéntica.

“El reloj mide el tiempo en la medida en que la extensión de la duración de un acontecimiento se compara con las secuencias idénticas del reloj y, a partir de ahí, es determinada en su cantidad numérica” (El concepto de tiempo)

En el tiempo podemos marcar un punto que es un ahora y puede ser, relativamente a otros puntos, un antes o un después. Este tiempo, en tanto que puede ser medido, es uniforma y homogéneo; todos sus puntos guardan entre sí relación de anterioridad y posterioridad, ambas determinadas a partir de un ahora arbitrario. Todo acontecer, pues, acontece en el tiempo; y todo acontecer es humano (o relativo a la humanidad). Así, la pregunta por el tiempo nos ha remitido al hombre.
La explicación del tiempo del dasein (del hombre) se basa en el tiempo de la naturaleza. Si el dasein está en el tiempo en un determinado sentido (de manera que él puede comprenderse en el tiempo), es necesario caracterizar al dasein en sus determinaciones ontológicas fundamentales. Entonces, el ser temporal es el ser fundamental del dasein. Aquí Heidegger adelanta una de las cuestiones centrales de Ser y Tiempo, la caracterización ontológica fundamental del dasein:

1.- El dasein es-en-el-mundo. Su ser mismo (determinado por el ser-en-el-mundo) implica que siempre es en el mundo; no debe hacer nada para ser en él, ni puede salir de él. Este ser-en-el-mundo, además, se caracteriza fundamentalmente por la cura (sorge).
2.- El dasein es un ser-con, un ser con los otros. Comparte el mundo con otros, con los cuales se encuentra recíprocamente como con una cosa.
3.- El dasein está determinado ontológicamente por el habla, que es el modo fundamental con el que es uno con otros en el mundo. “El hablar, considerado en su plenitud, es un hablar con otro sobre algo expresándose. Hablando, el dasein se autointerpreta, a sí mismo y a su presente (el presente).
4.- El dasein se determina como “yo soy”. Es en cada caso propio y respectivo de cada uno, y es en este carácter fundamental de lo respectivo de cada uno donde el dasein y los otros se encuentran.
5.- El dasein no es él mismo en la cotidianidad. Al determinarse a la vez como ser-propio y ser-con otros, el dasein no es él mismo (en la cotidianidad), sino que se sumerge en el Uno (das Man). En este Uno descansan, como adormecidas, las posibilidades propias del dasein (cuyo desplegamiento se da en la existencia auténtica, no-cotidiana).
6.- Al dasein, en su cotidiano y específico ser-en-el-mundo, le va su ser: en cada actividad se cuida de sí mismo. “En cierto modo yo mismo soy aquello con lo que trato, aquello de que me ocupo, aquello a lo que me ata mi profesión; y en esto está en juego mi existencia”.
7.- El dasein, en la cotidianidad, no reflexiona “sobre el yo y la mismidad”, pero se tiene a sí mismo. “Da consigo en aquello de lo que normalmente se ocupa”.
8.- El dasein se demuestra siéndolo, no como un ente cualquiera. La interpretación del dasein, en su término medio (en la cotidianidad), está dominada por el Uno (y por la tradición inherente a éste).

La propiedad del dasein es su suprema posibilidad de ser.

“La propiedad, como la suprema posibilidad de ser que tiene el dasein, es la determinación ontológica en la que todos los caracteres anteriormente mencionados son los que son” (El concepto de tiempo)

El dasein es, en cada caso, sí mismo. Pero, estrictamente, no podemos captarlo en su ser (entendido como ser final, estático o definitivo) porque el dasein está siempre en camino con él mismo hacia él mismo. Cuando no está en camino, es decir, cuando nada le falta, el dasein no es. Por otra parte, yo siempre soy yo mismo, nunca soy el otro. Cada dasein tiene sus propias posibilidades.
La posibilidad más propia del dasein es su muerte (el final de su existencia); ésta es su posibilidad extrema. El dasein sabe que esa posibilidad es inevitable; su aproximación es cierta, pero su indeterminación es absoluta. La propia interpretación del dasein es la interpretación en tanto que es-para-la-muerte.
El dasein está siempre determinado por su ser-para-la-muerte, incluso cuando no quiere saber nada de ésta. El dasein siempre está encaminado hacia su haber-sido, el cual implica que ya no es (ya ha muerto). Su haber-sido es indeterminado pero seguro. Pero el haber-sido se me descubre a lo largo de mi camino: mi pasado es mi haber-sido. El pasado no es un “qué”, sino un “cómo”; el “cómo” de mi existencia. Cuando el dasein no piensa en la muerte o no la toma en consideración y, por ende, no interpreta su ser en vista cada vez más próximo haber-sido definitivo, está inmerso en la cotidianidad.
Cuando el dasein se mantiene en la anticipación de la muerte (de su haber-sido más propio), existe verdaderamente, auténticamente. Esta anticipación no es otra cosa que el futuro propio y singular del respectivo dasein. En esta anticipación, el dasein es su futuro, de tal manera que, siendo este futuro, es a la vez su pasado y su presente: es él mismo en su autenticidad propia.

“El dasein, concebido en su posibilidad más extrema de ser, no es en el tiempo, sino que es el tiempo mismo” (El concepto de tiempo)

El dasein tiene tiempo en tanto que se mantiene en la anticipación del haber sido (de la muerte). Si no está en tal anticipación, se sumerge en la cotidianidad, en el “mal presente de la vida cotidiana”; no tiene tiempo porque no se tiene a sí mismo, sino que lo tiene ese nadie/todos que es el Uno.

El fenómeno fundamental del tiempo es el futuro:

“El ser futuro da tiempo, forma el presente y permite reiterar el pasado en el “cómo” de su vivencia” (El concepto de tiempo)

El dasein es fundamentalmente temporalidad; por eso, en tanto que se anticipa a su muerte (su futuro más propio e inevitable) está inmerso en su existencia auténtica. El ser futuro da tiempo porque es el tiempo mismo. Pero el preguntar por “cuánto” tiempo queda, es perder el tiempo, porque es preocuparse del ahora y no del futuro, aunque pueda parecer lo contrario; es algo propio de la cotidianidad: cuidarse del presente. El dasein determinado por el Uno vive con el reloj a cuestas, “aparta la vista del futuro y se concentra en el presente, y a partir de él la consideración del tiempo que fluye sigue hacia el pasado”. Así, el tiempo parece caracterizado por la irreversibilidad (pero hemos visto que el tiempo es fundamental y auténticamente el futuro).
El sentido originario del tiempo no radica en el reloj ni, por ende, en el antes ni en el después. Pero suele definirse así debido a que el dasein suele estar inmerso en la cotidianidad, y ésta es la “temporalidad determinada que huye del futuro genuino”. Y huye porque sabe que la muerte llegará, pero no piensa en ello, no tiene en cuenta esta extrema posibilidad, tan propia como inevitable.
Fuera de la cotidianidad, el pasado no es lo que fue, sino que es el “cómo” al que se vuelve dirigiéndose al futuro, es algo a lo que puedo volver una y otra vez. Fuera de la cotidianidad, el dasein accede al pasado en un presente que sabe ser futuro. El dasein es el tiempo, es la (su) historicidad.

Para resumir, Heidegger sintetiza las conclusiones que extrae de sus reflexiones. El dasein (ser-ahí) es lo respectivamente mío; soy yo mismo, que puedo anticiparme a un seguro pero indeterminado futuro. Esté inmerso en el Uno o en sí mismo auténticamente, el dasein es siempre temporal. “El dasein es el tiempo, el tiempo es temporal [...] El dasein es su haber sido, es su posibilidad en el encaminarse a este pasado”. En este encaminarse, el dasein es propiamente el tiempo. Pero si el tiempo es, en cada caso, el dasein (es decir, el hombre), el tiempo en sí carece de sentido, porque hay tantos tiempos como hombres. El tiempo, pues, se caracteriza fundamentalmente por ser temporal. “El tiempo es el “cómo””, Por eso no podemos dar, simplemente, un “qué” del tiempo, una definición del tiempo del estilo “el tiempo es X”. El tiempo es un “cómo” del dasein respectivo en cada caso. El tiempo no es algo, sino alguien. La pregunta adecuada para comprender el tiempo es “¿Soy yo mi tiempo?”. El dasein, pues, es a quien debe preguntarse.


Tiempo e Historia (el curso de Lógica de 1934)

Ya en la conferencia El concepto de tiempo, Heidegger se refiere a la concepción cotidiana de la historia como la aprehensión del pasado como algo irrecuperable y perdido. La historicidad, empero, es algo constitutivo del dasein. La historicidad es la consideración de la historia como algo a lo que se puede volver encaminándose al futuro (por lo tanto, no es algo cerrado ni perdido). Así, lo que el dasein inmerso en la existencia cotidiana llama historia, no es más que pseudo-historia.
En su curso del semestre de verano de 1934, titulado Lógica, Heidegger dice que la historia es “dejar noticia”. “Algo es histórico cuando hay noticia de ello”. La historia son acontecimientos realizados por la voluntad del dasein o que afectan a ella. La historia es el pasado y el presente (el presente alcanzado históricamente), pero también tiene relación con el futuro, en tanto que éste le pertenece. La historia también es el futuro. La historia como acontecer está relacionada con los tres ámbitos del tiempo; todo acontecer transcurre en el tiempo, y todo lo acontecido (el pasado) aun es en el presente y seguirá siendo en el futuro.

“Lo pasado no es lo que está en tren de pasar, sino lo que desde antes todavía permanece, lo que está siendo aún desde el antes, esto es, lo sido” (Lógica)

La historia designa el género de un ser (el dasein, o el pueblo). La Historia, que es tratada por la historiografía, es el ser del pueblo, porque el pueblo es una comunidad de hombres (de daseins), y el hombre hace, se cuida de sus cosas y actúa, hace acontecer, y es fundamentalmente histórico (está determinado por su propia historicidad) porque es temporal. Historia, hemos dicho, es el ser del pueblo; la temporalidad es el ser del dasein. En tanto que el dasein constituye el pueblo, el tiempo constituye la Historia. El dasein hace el pueblo, y el pueblo hace historia.

“El ser de lo sido y el futuro no son dos espacios de tiempo que nos anteceden y nos preceden, sino que el ser de lo que es desde lo sido anteriormente es nuestro propio ser y, al mismo tiempo, lo previamente lanzado en dirección al futuro, un advenir a nosotros de la determinación. Esto es el tiempo entendido originaria y unitariamente, lo que es por sobre el presente y hacia el futuro” (Lógica)

La Historia, pues, es la unidad de la temporalidad. El tiempo no es ni una sucesión ni algo que pueda aprehenderse “en dirección contraria”. Nuestra relación con el tiempo debe transformarse. “La fuerza del ser en el tiempo es el ser de lo sido puesto como tarea en el futuro”. El tiempo no es ni un surgir, ni lo pasajero, ni lo que ha devenido. El dasein se experimenta en el tiempo porque el dasein mismo es temporal; el dasein es el tiempo.


Tiempo y Ser

En su obra tardía Tiempo y Ser, Heidegger retoma la cuestión del tiempo, pero esta vez planteando su relación fundamental no con el dasein, sino con el ser. Esta obra, que tenía que ser la segunda parte de Ser y Tiempo, planteaba la cuestión del Ereignis entre el ser y el tiempo, así como en la Carta sobre el humanismo e Identidad y Diferencia planteaba el Ereignis entre el ser y el dasein. Consideraremos a continuación la mencionada obra Tiempo y Ser para aproximarnos a esta nueva dimensión ontológica que Heidegger plantea sobre el tiempo: su relación con el ser. Para ello, debemos abordar, necesariamente, la cuestión del Ser.
¿Qué es el Ser? Habitualmente, el pensamiento occidental ha entendido el Ser como lo que está presente, es decir, lo que tiene presencia. Ahora bien, aquí entra en escena otra cuestión: el Tiempo. Porque el hecho de que un ente tenga presencia, requiere el momento presente, el cual, junto con el pasado y el futuro, conforma lo que entendemos por Tiempo. Así pues, como dice Heidegger: “El Ser es determinado como presencia por el Tiempo”. En otras palabras, cada ente (cada cosa) tiene su tiempo (o es en el Tiempo). Sin embargo, Heidegger plantea dos preguntas que son fundamentales para la reflexión sobre la cuestión del Ser y, como corolario, para la relación entre éste y el Tiempo: ¿Es el Ser una cosa real y concreta? ¿Es o está el Ser en el Tiempo? Pero, sin duda, la pregunta más radical es ésta: ¿El Ser es? Fijémonos bien en que si dijéramos “El Ser es tal cosa”, habría un ser escondido tras esa pregunta. El Ser, por lo tanto, no puede ser tratado como un ente cualquiera. De hecho, el Ser no puede ser tratado como un ente, porque no es un ente. En consecuencia, y respondiendo a la primera pregunta formulada, el Ser no es una cosa real y concreta y, por lo tanto, no es o está en el Tiempo. Sin embargo, el ser en cuanto presencia está determinado por el tiempo, es decir, por lo temporal. Por otra parte, el Tiempo pasa constantemente, y sin embargo siempre permanece como Tiempo, siempre está presente (aun siendo el Tiempo una síntesis entre presente, pasado y futuro). Si el Tiempo está presente, y el estar presente supone la determinación por parte del Ser, entonces el Tiempo está determinado por un ser. A su vez, empero, el Ser está determinado por el Tiempo, puesto que el estar presente es la condición de la manifestación del Ser en un ente (o cosa). Dice Heidegger, en una preciosa frase: “Desde la constancia del pasar del Tiempo, habla el Ser”. En resumidas cuentas: Tiempo y Ser se determinan el uno al otro, no siendo el Ser nada real ni concreto y no siendo el Tiempo nada temporal (entendiendo temporal como algo pasajero); a su vez, el Ser no es nada temporal y el Tiempo no es ningún ente (o cosa). Ser y Tiempo se manifiestan conjuntamente en el ente (o la cosa).
Llegados a este punto, y para aclarar un poco la cuestión, Heidegger da un cambio lingüístico a la reflexión: el Ser y el Tiempo no son, sino que se dan.
El Ser es aquello por lo cual los entes son identificados como tales. El ente, determinado por el Ser, está-presente. El Ser deja estar presente al ente, y este dejar-estar-presente es desocultar o, en otras palabras, “traer a lo abierto”. Es en este acto de desocultar en donde debe considerarse la expresión “se da”.Los entes determinados por el Ser son los destinos del Ser, son la “forma” que toma éste. Vemos, pues, que si le seguimos el rastro al ser con el pensamiento, llegamos a su destino, es decir, al ente fundamentado por el Ser, de manera que hemos perdido el rastro del Ser en cuanto tal, o sea, de aquello peculiar que parece estar retenido debajo del ente. Con el Tiempo, en cuanto lo consideramos de la forma en que lo hacemos cotidianamente, nos sucede lo mismo. Volvamos a lo dicho anteriormente: el Tiempo no es, el Tiempo se da. Habíamos caracterizado el Tiempo como la síntesis de presente, pasado y futuro. Sin embargo, vivimos el tiempo como una sucesión de “ahoras” y, de hecho, el estar-ausente del pasado (el ahora-ya-no) y del futuro (el aun-no-ahora), en cierta manera lo percibimos también como estar-presente en el momento presente. En palabras de Heidegger: “En el pasado se extiende el presente”; y, de hecho, también en el futuro. Así, vemos que hay un modo de estar-presente distinto del estar-presente en el momento inmediato. Así pues, el Tiempo, como hemos señalado más arriba, no es temporal. Pero el ente (y nosotros mismos somos entes) sí es temporal. El Tiempo muestra lo que sucede en el espacio-tiempo, en el ahora, y preserva lo que ha sido en el pasado, así como también “anticipa” el futuro.
Cuando decimos “Se da el Ser”, este “Se” o “Ello” que nombramos es el Tiempo (entendido como la síntesis temporal de presente, pasado y futuro). Y el Tiempo es en donde se da el Ser, donde se manifiesta su destino. Pero, ¿es el tiempo el “Se” o “Ello” que da el ser? No, puesto que es la “región” en donde se da el Ser. En el estar-presente del Ser y en el Tiempo como ámbito de lo abierto (del ente o destino del Ser), hay una apropiación mútua, una relación que determina a ambos (Ser y Tiempo) en lo que tienen de propio, es decir, en su recíproca co-pertenencia, y es lo que Heidegger llama Ereignis (acaecimiento apropiador). El Ereignis (el acaecimiento) se acredita como el Se, el Ello que da cuando decimos “Se da el Ser” y “Se da el Tiempo”. Pero, si formulamos la pregunta más obvia que pudiéramos pensar, esto es, ¿Qué es el acaecimiento?, estamos preguntando por el ser del acaecimiento, y resulta que el ser mismo es el que se muestra como tal en el acaecimiento, el cual le otorga la determinación de presencia. Andamos, pues, en círculos, y la pregunta nos lleva nuevamente a la cuestión del ser desde el tiempo. El Ser es el acaecimiento supremo, la condición de posibilidad de todos los acaecimientos posibles, de los cuales se apropia. Sin el Ser, nada puede ser, nada puede acaecer.
Tiempo y Ser se apropian el uno del otro aun sin ser ninguno de los dos nada real ni concreto; esta apropiación recíproca acaece, formando así el Ereignis, es decir, el acaecimiento apropiador. El acaecimiento apropiador no es algo real y concreto, pero tampoco se da; simplemente, acaece apropiadoramente, con lo cual, y en palabras del propio Heidegger, “yendo de lo mismo a lo mismo, decimos lo mismo”.

dimarts, 17 / març / 2009

Contra la imposición del máster de Educación para los futuros nuevos profesores

A continuación copio el manifiesto contra la imposición del máster de Educación a los futuros nuevos profesores. Para firmar el manifiesto: http://fs-morente.filos.ucm.es/manifiesto/index.htm (ir al borde izquierdo, opción "Suscribir el manifiesto")


"La Junta de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en su sesión extraordinaria del 29 de enero de 2008, acuerda expresar públicamente su disconformidad con el Anexo a la Orden ECI/3858/2007 de 27 de diciembre de 2007 (BOE, 29-XII-2007), el cual establece los requisitos de los títulos de Máster que habilitan para el ejercicio de la profesión de Profesor de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato. Tras los estudios de Grado, reducidos a cuatro años y “cuya finalidad es la obtención de una formación general” (Art. 9.1 del Real Decreto 1393/2007 de Grado y Postgrado), el acceso a dicha profesión exigirá cursar un Máster de 60 créditos de orientación prioritariamente psicopedagógica y didáctica, con muy escasa formación adicional en las diferentes disciplinas.Denunciamos que lo anterior comporta una clara opción por la rebaja de la formación académico-científica del futuro profesor en su campo de conocimiento, lo que ha de repercutir negativamente en la calidad de la Educación Secundaria y Bachillerato. La formación pedagógica del profesorado no debe obtenerse a costa de dicha formación académico-científica. Y la sociedad debe ser consciente del ataque al principio democrático de igualdad de oportunidades que este tipo de medida lleva consigo. En efecto, garantizar la transmisión de la ciencia y la cultura a todos, en las condiciones intelectualmente más exigentes, es quizá la única manera efectiva de contrarrestar las formas de discriminación que generan las desigualdades socioeconómicas. La enseñanza preuniversitaria debe ofrecer los mejores estudios a todos los ciudadanos, con independencia de sus condiciones económicas, y esto requiere un profesorado excelente en las respectivas disciplinas; y en cualesquiera centros, ya sean públicos o privados. Denunciamos la simplificación del diagnóstico que atribuye los variados y complejos problemas del sistema educativo a una supuestamente indiscriminada falta de preparación psicopedagógica del profesorado. Dichos problemas tienen causas de índole social, económica y política, que no se resuelven en modo alguno disminuyendo la formación teórica específica de los profesores. No negamos la conveniencia de agregar a esta formación teórica una verdadera etapa de prácticas. Pero nos oponemos a una ampliación del actual “Certificado de Aptitud Pedagógica” (CAP), cuyos deficientes resultados son por todos conocidos y que es lo que, en el fondo, significan estos nuevos másteres profesionales. Denunciamos, asimismo, las consecuencias negativas que los citados Másteres en cuestión tendrán para el desarrollo de una carrera investigadora, sobre todo, en aquellas titulaciones cuya salida profesional principal es la Enseñanza Secundaria Obligatoria y el Bachillerato. Una vez en posesión del título de Grado, el graduado habrá de elegir entre lo siguiente: 1) o bien cursar un Máster de investigación, a fin de alcanzar la necesaria formación superior especializada pero que no habilita profesionalmente para ejercer como profesor; 2) o bien cursar un Máster profesional, que no sólo habilita para ejercer dicha profesión, sino que también da paso legalmente a la condición de investigador, aunque de ningún modo proporciona la formación para ello. Es obvio que sólo aquellos graduados que económicamente no necesiten plantearse una salida profesional inmediata podrán decantarse por la primera opción, en tanto que los que hayan de seguir la segunda no estarán en las mejores condiciones teóricas para competir en el campo de la investigación. Por otra parte, sólo quienes tengan sobrados recursos económicos podrán costearse ambas modalidades de máster, mientras que los que carezcan de semejantes recursos habrán de optar por uno de los dos y es razonable pensar que elegirán aquel que legalmente ofrece ambas posibilidades, la profesional y la investigadora.Denunciamos que, a consecuencia de lo expuesto en el punto anterior, muy pocos graduados podrán cursar estudios de Máster distintos de los profesionales, por lo que las Facultades que tienen la Enseñanza Secundaria como principal salida profesional de sus estudiantes verán muy reducidas sus posibilidades de ofrecer Másteres de investigación, con las consecuencias negativas que ello tendrá en la preparación de sus doctorandos así como en la calidad de la investigación en nuestro país.Solicitamos, en consecuencia, la derogación del Anexo arriba mencionado y que el acceso a la profesión de Profesor de Educación Secundaria venga dado a través de Másteres que amplíen y profundicen en la formación académico-científica de los profesores en sus materias específicas.Solicitamos también que la necesaria formación específicamente pedagógica para ejercer la profesión de profesor se obtenga a lo largo de un periodo razonable de prácticas remuneradas (por ejemplo, un año) mediante un sistema formativo análogo al actual MIR en Medicina. Sólo la conjunción de una excelente preparación teórica (en contenidos de la materia) y práctica, puede dotar al sistema educativo español de los mejores profesores.Invitamos a cuantas Juntas de Facultad de las Universidades, sociedades académicas, profesores, etc. compartan estos puntos de vista a sumarse al presente documento."

dissabte, 20 / desembre / 2008

José Antonio Primo de Rivera: ¿fascismo u orteguianismo?



¿Fue José Antonio Primo de Rivera fascista, orteguiano u ambas cosas a la vez? El influjo del pensamiento de José Ortega y Gasset en el pensamiento joseantoniano es bien conocido, como también son bien conocidas las defensas que hizo José Antonio del fascismo. ¿Qué pensamiento tuvo más peso en la formación del pensamiento joseantoniano?

Suele afirmarse que el pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera es una copia del pensamiento de Mussolini y, por ende, del fascismo. Su exaltación de la Patria, su reivindicación de un mando supremo que ponga orden y sus alocuciones imperiales son el punto de mira de aquéllos que tachan a José Antonio de fascista y lo relegan a un puesto de deshonor en la historia española. Sin embargo, un estudio más o menos profunda del pensamiento de José Antonio nos muestra que su gran influencia política no fue el fascismo, sino el filósofo José Ortega y Gasset, fuente originaria de la cual emana la esencia del pensamiento joseantoniano.

José Antonio forjó su pensamiento político bajo un prisma totalmente orteguiano, y su defensa ciscunstancial del fascismo (que más tarde, aunque no se diga, lo criticó) debe entenderse desde la visión que José Antonio tenía del fascismo (alejada de la realidad italiana), la cual se amoldaba a sus concepciones orteguianas de la política nacional. Pero no debe olvidarse que, a partir del año 1935, las críticas al fascismo y al Estado corporativo empezaron a hacer acto de presencia, hasta el punto de calificar el fascismo como “fundamentalmente falso” (sic).

Una de las constantes en los textos políticos de José Antonio es la reivindicación de un mando supremo que vigile y, en caso necesario, intervenga en y rija los destinos de la Patria. Esto proviene del pensamiento de Ortega y Gasset, el cual afirma en “La rebelión de las masas” que es necesario un mando que guíe la vida de los pueblos, puesto que la esencia misma de la vida del hombre es un puro hacer, el cual debe ser orientado desde instancias superiores. Esta necesidad de un mando, tanto en el pensamiento joseantoniano como en el orteguiano, no se refiere a la práctica fascista de que el pueblo debe “creer y obedecer” sin más, sino que se refiere a que el gobernante, que debe ser alguien necesariamente inteligente, justo y bueno (algo así como el rey filósofo de Platón), hace un acto de servicio al pueblo mandándole, pues le manda aquello que le será útil y beneficioso. Así, el pueblo, al obedecer a tal soberano, está dándose a sí mismo un beneficio, y es entonces cuando puede ser auténtico soberano, porque es entonces cuando es auténticamente libre: desempeñando actos beneficiosos para él, llevando una vida productiva y feliz ante la vida que Ortega anunció en la primera parte de la Rebelión de las masas: la vida insubstancial, petulante y descarriada del mediocre hombre-masa. Así, el soberano, cuyos mandamientos son la más alta expresión del servicio a su pueblo, es el ciudadano más servil. Esto, recordemos, se da tanto en el pensamiento joseantoniano como en el orteguiano, y está muy lejos de constituir una teoría de la tiranía y despotismo fascista.

Ahora bien, hemos dicho ya que la vida humana es un puro hacer. Este hacer, en tanto que humano, es social. Y en este puro hacer sostendrán tanto José Antonio como Ortega su reivindicación de la unidad de España. Porque la unidad de España, tal vez la más grande obsesión de José Antonio, era muy distinta de la obsesión de militares, derechistas y monárquicos. José Antonio no quería una unidad de España basada en el centralismo ni en la preeminencia de la cultura castellana. Tampoco era un fervor chovinista. La idea de España y su defensa de la unidad provenían también de la filosofía político de Ortega y Gasset, y ambos la sostenían en base a la reivindicación de una empresa común. Eso que decía José Antonio y que a veces no se ha entendido (o no se ha querido entender), que España es una unidad de destino en lo universal, se encuentra en toda la obra de Ortega y Gasset. Para ellos, la unidad de España debe construirse y sostenerse bajo el cobijo de una empresa común que una a todos los españoles. Ortega reivindicó esto para el hombre; decía que el hombre necesita una empresa y un mando que le garantize la participación en ésta. Y tanto Ortega como José Antonio extrapolaron esta necesidad del individuo a la nación. Dijo Ortega que una nación corre peligro de romperse cuando no tiene une empresa que ataña a todos los ciudadanos. El soberano de España debe aglutinar a todos los pueblos de España bajo su mando y hacer que todos ellos participen de una empresa común, en la que todos estén interesados y de la que todos obtengan beneficio. Debe haber un destino, un objetivo común de todos y para todos. Así pues, la unidad de España no es una unidad “porque es lo que debe ser”, sino que esta unidad es la condición de posibilidad de que España y, por lo tanto, los españoles podrán alcanzar la felicidad, porque estarán unidos y serán solidarios entre sí. España, pues, no es un territorio concreto, ni se caracteriza por tener una lengua ni una cultura propias, sino por ser un conjunto de pueblos unidos por intereses y aspiraciones comunes. Y revitalizar esa unidad de destino en lo universal era el objetivo político tanto de José Antonio como de Ortega. Esta es la verdadera esencia de la unidad de España para Ortega y José Antonio,sin duda muy alejada del chovinismo rancio de la derecha y del centralismo autoritario del fascismo.
Cabe también señalar que esta participación del individuo en el Estado está en los 27 puntos doctrinales de Falange Española de las JONS, concibiendo el Estado totalitario no como instrumento de control del Estado sobre los individuos, sino como instrumento al servicio de los individuos y, a la vez, instrumento de los individuos para participar de las tareas políticas nacionales. Hay que ir con mucha cuidado a la hora de interpretar el concepto “totalitarismo” a principios de los años 30, pues tenía distintos significados y no tenía las connotaciones inhumanas que tiene actualmente.
En “La redención de las provincias”, Ortega aboga por una estructuración provincial de España sustentada por un nacionalismo común a todas (es decir, por la unión en una empresa común bajo la bandera española). No hay que buscar mucho para encontrar esta misma concepción en los textos joseantonianos. No pocas son las defensas a las culturas regionales y el ataque a cuantos injuriaban Cataluña y Euskadi.

Otro de los conceptos que le han valido a José Antonio el calificativo de fascista: el Imperio. Nuevamente, su idea de Imperio no proviene del fascismo, sino de la filosofía política de José Ortega y Gasset. Dice éste del Imperio, poniendo a Julio César como ejemplo: “Quiere un imperio romano que no viva de Roma, sino de la periferia de las provincias(...). Un Estado donde los pueblos más diversos colaboren, de que todos se sientan solidarios. No un centro que manda y una periferia que obedece, sino un gigantesco cuerpo social, donde cada elemento sea a la vez sujeto pasivo y activo del Estado.” (La Rebelión de las masas). Claro está que esta definición del Imperio coincide en la definición que daban José Antonio y Ortega de España. Es por esto, y no por otra cosa, que José Antonio atribuía vocación imperial a España. Era deseo de unión, cooperación y solidaridad, y no de conquista egoísta ni de afán ampliar fronteras y acumular poder, a la manera del fascismo y el nacionalsocialismo. Dice también Ortega: “La capacidad de fusión es ilimitada. No sólo de un pueblo con otro, sino lo que es más característico aún del Estado nacional: la fusión de todas las clases sociales dentro de cada cuerpo político.” Hay que fijarse bien en que dice “fusión de todas las clases sociales”. El fascismo reivindicaba una cooperación, y Ortega una fusión. José Antonio defendía la idea de cooperación, tomada sin duda del fascismo, pero el influjo orteguiano, que era anterior y más fuerte, tuvo más preeminencia. José Antonio, en efecto, abogava por la cooperación entre clases sociales. Pero, a diferencia del fascismo (el cual se quedaba en una simple cooperación), abogó también por la fusión. No empleó esta palabra, pero si penetramos en el edificio ideológico del nacionalsindicalismo, nos percatamos de que reivindica para el trabajador el acceso a los beneficios de la empresa en la cual trabaja. El mismo José Antonio dijo que había que asignar la plusvalía al productor mismo encuadrado en sus sindicatos. Así, en el nacionalsindicalismo, el trabajador ya no está alienado del producto de su trabajo, pues se le retribuye el valor que ha creado en forma de dinero. Cada cual (obrero y empresario), reciben el valor que han producido mediante el trabajo manual, intelectual o directivo. El caso es que el empresario, en el nacionalsindicalismo, no se apropia del valor producido por el obrero, pues dicho valor vuelve al obrero. Aparte de esto, José Antonio siempre abogó por cuantos sacrificios sean necesarios de los más ricos a favor de los más pobres. José Antonio quería suprimir las diferencias entre clases sociales y, por lo tanto, también los privilegios de clase, y esto es lo que le distingue del fascismo en materia socio-económica y lo acerca al socialismo.

Éstos son, a grandes rasgos, los puntos de coincidencia del pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera con la filosofía política de Ortega y Gasset. Son precisamente los puntos clave del pensamiento joseantoniano, con lo cual es bien claro que su influencia principal no fue el fascismo, sino el orteguianismo, y que sus defensas del fascismo deben entenderse desde el hecho que él creía que había puntos en común entre el fascismo y sus ideas orteguianas. El hecho de que la influencia de Ortega sea la principal y de que terminara por renegar del fascismo porque éste no coincidía con el orteguianismo (como creyó en un principio) nos lleva a la respuesta de la pregunta inicial: ¿Fue José Antonio fascista, orteguiano u ambas cosas a la vez? Sin duda, orteguiano.

dissabte, 29 / novembre / 2008

La Caverna de Zaratustra


Si hay algún libro que merece ser releído constantemente, es el Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche. Sus escenas deben ser reinterpretadas constantemente a medida que se va profundizando en su pensamiento. Una de las más brillantes es, sin duda, la primera escena del prólogo de Zaratustra.

Antes que nada, empero ¿quién es Zaratustra? Zaratustra viene de Zoroastro, que fue el religioso que, por primera vez, discernió de una forma absoluta entre el Bien y el Mal. Nietzsche, contra toda la filosofía occidental hasta su época y contra toda la cultura europea marcada por el cristianismo, quiere superar estos dos conceptos e ir más allá de ellos, acto que sólo podrá realizar el superhombre. Y para realizar la transición del hombre al superhombre, Nietzsche introduce a Zaratustra, ya que si fue él quien discernió por primera vez entre el Bien y el Mal, debe ser el que enmiende este error.

El Zaratustra empieza con el mismo Zaratustra, a los treinta años de edad, saliendo de su caverna, en la cual ha pasado diez años de su vida en soledad consigo mismo y su espíritu. Esta caverna de Zaratustra es la caverna de Platón. El mito de la caverna de Platón, narrado en su monumental obra La República, narraba cómo los hombres, atados con cadenas al fondo de una caverna, tenían detrás suyo una hoguera y veían reflejadas en la pared las sombras de las cosas que pasaban por delante de la hoguera. Un hombre consiguió romper las cadenas, ver que esas sombras no eran las cosas reales e inició un arduo camino hacia el exterior de la caverna. El arduo camino simboliza la transformación del esclavo del mundo sensible en filósofo, contemplador del mundo inteligible. Al llegar fuera de la caverna, el filósofo se convierte en tal en cuanto ve las cosas iluminadas por la luz del Sol, que es el Bien. Ahora puede ver las Ideas, que son las cosas reales; son el ser de los entes. Y no sólo las esencias de los objetos materiales, sino los valores tales como la justicia, la bondad, la belleza, la honradez, etc.

Zaratustra, pues, sale de esta caverna en la que está solo. El resto de la humanidad está fuera. Parece, a primera vista, que los hombres conocen las verdades auténticas y que Zaratustra se ha retirado, como una especie de renegado de la Verdad, a la caverna de las apariencias. Sin embargo, Zaratustra sale tan fácilmente como entró y le dice al Sol (el que ilumina las cosas y deja ver las cosas tal y como son realmente):

“-Oh! Cuál sería tu dicha si no tuvieras a los que iluminas? Hace diez años que llegas hasta mi caverna y te hubieras cansado de tu luz y de tu camino si no me tuvieras a mí, a mi águila y a mi serpiente”.

Es decir, esas Ideas que Platón decía eran eternas, no son nada sin los hombres que las contemplan. Sin embargo, Zaratustra dice que es él y sus dos animales (el águila representa el orgullo, la serpiente la astucia) los que dan alicientes al Sol para seguir su curso. Es como si las propias Ideas quisieran que se les hiciese la crítica que Zaratustra hará: que los hombres, los últimos hombres, aceptan y cargan sin más por los valores heredados y transmitidos por la tradición (marcada por el cristianismo), sin someterlos a crítica, sin preguntarse por la veracidad de éstos. Sin ver que ya no son verdaderos, y que esta pérdida de trascendencia, esta pérdida de sentido de los valores es la muerte de Dios. Sigue Zaratustra:

“Cada mañana te esperamos para beneficiarnos con tus pródigos rayos y bendecirte por ellos. Mas he aquí que me hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha elaborado excesiva miel”.

Zaratustra, que ha comprendido la decadencia de los valores que hasta entonces creía trascendentes e irrefutables, se revela contra todo lo que sabía. Se revela contra la tradición, contra su decadencia. A fuerza de contemplar, analizar y cuestionar las Ideas, es decir, los valores, se ha artado de cargar con este peso, del cual ha comprendido su superfluidad. Hábida cuenta de esto, prosigue:

“Ahora necesito manos que se me tiendan. Quisiera dar y distribuir hasta que los sabios entre los hombres de nuevo estén gozosos de su locura, y los pobres, dichosos de su riqueza. Por eso debo descender yo a las profundidades como lo haces tú por la tarde cuando te hundes detrás de los mares para llevar tu luz al otro lado del mundo, ¡oh astro esplendoroso!.”

Zaratustra quiere compartir su revelación con los otros hombres. Vemos que Zaratustra se refiere al lugar donde viven los otros hombres como las profundidades. Los hombres que vivían a plena luz del Sol, pues, vuelven a estar para Zaratustra en las profundidades, igual que cuando estaban en la caverna. Lo que creen que es la verdad (lo iluminado por el Sol), es en realidad una valoración no valorizada impuesta por la tradición, podría decirse una apariencia (por hacer un paralelismo con la caverna platónica).

Este pasaje es un perfecto símbolo de lo que se ha dado a llamar la inversión del platonismo efectuada por Nietzsche. Nietzsche se revela contra todo lo impuesto por la tradición, que él identifica con el cristianismo. Los hombres a los cuales se dirigirá a lo largo de toda la obra se reirán de él e incluso le despreciarán, porque aún no están preparados para comprender el pensamiento de Zaratustra. Sin embargo, Zaratustra presentará al superhombre y su pensamiento más grave: el eterno retorno. Para los hombres, así, Zaratustra es un loco, no conoce las verdades (lo que los filósofos griegos llamaban los dormidos). Por eso cuando Zaratustra prosigue y dice:

“Debo desaparecer como tú, acostarme, como dicen los hombres hacia los cuales quiero descender.”

Para Zaratustra, los hombres que contemplan las Ideas, los valores, son ahora los dormidos, mientras que para Platón, y también para los hombres de la obra, será Zaratustra el dormido (y loco). Zaratustra va por delante de los hombres: él se ha percatado de que Dios ha muerto. Más adelante, surgirán un tipo de hombres que intuirán la muerte de Dios, pero que querrán ponerse en su trono, a la vez que mantienen los mismos valores: son los llamados últimos hombres, los más despreciables de todos. Pero esto ya forma parte de la continuación de la obra.

Sin duda, este pasaje del Zaratustra goza de un poderoso simbolismo, muy sugestivo si logramos percibir que es una muestra de la inversión que hizo Nietzsche del platonismo y, por lo tanto, de los valores.

dilluns, 24 / novembre / 2008

Divagaciones sobre Hegel y los totalitarismos


Hegel concibe la Historia Universal como el proceso de desarrollo de la Idea Absoluta (o la Razón, o el Espíritu) y su manifestación en la realidad material, que se manifiesta, se aprehende a sí misma y se supera en las sucesivas etapas mediante la dialéctica que ella misma engendra. Así, muestra el paso del Espíritu a través de las diferentes épocas históricas: China, India, Persia, Grecia, Roma y el mundo germánico.

Según Hegel, su época es el fin de la Historia, en la cual el Espíritu se ha hecho consciente y se ha aprehendido a sí mismo (es en-sí para-sí), llegando la Humanidad a haber adquirido el máximo grado de libertad posible (la libertad se desarrolla en razón directa con el desarrollo de la Idea) en el seno de las democracias liberales. Dice que es en esa época (que es la suya) en la cual el Espíritu se sabe al querer lo verdadero, eterno y universal en sí y por sí. En este punto surgieron dos posturas: los hegelianos de derecha afirmaban que, efectivamente, era el final de la historia; los hegelianos de izquierda, que normalmente eran revolucionarios, apelaban a la dialéctica para afirmar que el curso de la Historia estaba abierto. Lo cierto es que Hegel afirma que, efectivamente, su época (la época moderna de las democracias liberales) es la última etapa de la Historia Universal, pero que dicha etapa no ha sido concluida aún. Apela a la falta de cohesión política y a la carencia de una organización y ordenación fuertes del Estado. Dice Hegel que las leyes de la libertad real, así como la libertad objetiva, exigen la sumisión de la voluntad contingente (esto es, individual). “Cuando lo objetivo es en sí racional, el modo personal de pensar debe corresponder a esta razón, y luego se da también el momento esencial de la libertad subjetiva”. Es decir, todas las divergencias que habían en el seno de los Estados liberales debían eliminarse y conformar una opinión común de acuerdo con la realidad objetiva. Hegel murió antes de ver cumplidas estas expectativas. ¿Acertó en sus predicciones?

Si la Historia Universal, su curso, está determinado por el desarrollo del Espíritu, que no es otra cosa que la Razón, y esa época es la última de la Historia, la Razón debe llevar a buen cauce las predicciones de Hegel por sí misma. ¿Qué hizo, sin embargo, el Espíritu? Primero, se suicidó a sí mismo: surge el pensamiento marxista que invierte la filosofía de Hegel, que no es otra que la Filosofía del Espíritu, de la Razón. A su vez, este mismo pensamiento condena las democracias liberales y vaticina que la Historia se desarrolla de tal manera que la nueva clase orpimida (el proletariado) se levantará contra la burguesía (clase dominante y guardiana del régimen demócrata-liberal) y revolucionará la sociedad. Si el Espíritu estaba en su última etapa, ¿por qué precisamente entonces engendró a Karl Marx y sus apóstoles para que le rechazaran e inaugurasen una nueva etapa histórica (que, según los marxistas, era el auténtico final de la Historia). Hay que tener en cuenta que todos los personajes importantes de la Historia Universal son, para Hegel, meros instrumentos de la Razón. Volviendo a la cuestión: bien es cierto que la revolución bolchevique, y el pensamiento leninista en sí, no siguen fielmente las tesis de Marx. Algunos marxistas incluso tachan el bolchevismo y el leninismo en sí de traición al marxismo. Pero el caso es que hubo una revolución contra el liberalismo en base a las ideas de Marx, es decir, en contra de la Razón hegeliana.

Empero, el movimiento dialéctico (que, en efecto, se siguió dando) hizo que surgiera, en oposición tanto a la burguesía como al marxsismo, el movimiento fascista. Originariamente, y en teoría, el fascismo pretendía ser una síntesis entre el liberalismo y el socialismo. Teóricamente, el espíritu había engendrado una tesis, el liberalismo, que se enfrentó a su antítesis (el socialismo), y de ésta confrontación surgió el fascismo como síntesis. Del seno del fascismo surgió, poco después, el nacionalsocialismo alemán, que fue más allá de todos ellos y rindió un culto fanático a la sangre racial. Empero, puede considerarse al nacionalsocialismo como una rama extrema y singular del fascismo.

¿Qué pasó con estos movimientos, con estas manifestaciones del espíritu? El bolchevismo oprimió brutalmente a la población, incluyendo al proletariado, además de cometer enormes masacres y genocidios . El fascismo acabó siendo el arma de choque de la burguesía contra el socialismo, y el nacionalsocialismo supuso el odio racial entre humanos, así como la marginación y exterminio de lo que los nazis consideraban los débiles e inferiores. Jamás en la Historia se ha dado tanta incoherencia entre teoría y práctica (en el caso del bolchevismo y el fascismo, pues el nacionalsocialismo alemán nunca escondió sus ideas racistas ni su programa eugenésico). Pero a su manera, todos buscaban, en teoría, cohesión social y una organización fuerte, es decir, aquello que Hegel dijo que le faltaban a las democracias liberales de su época. Sin embargo, los tres fueron manifestaciones del Espíritu (es decir, de la Razón) que sofocaron la libertad de las personas, mientras que Hegel decía que el progresivo desarrollo del espíritu conllevaba un progresivo aumento de la libertad.

¿Qué pensaría Hegel del ascenso de los Estados totalitarios? Podríamos dirigirnos a una sentencia del final de su “Filosofía de la Historia”, la cual reza así: “lo único que puede reconciliar el Espíritu con la Historia Universal y la realidad es la intuición de que lo que ha ocurrido y ocurre todos los días no sólo no tiene lugar sin Dios, sino que es esencialmente la obra de Él mismo”. El ascenso de los totalitarismos, ¿acaso puede ser debido a que no se dio tal reconciliación entre el Espíritu y la realidad? ¿Tal vez el Espíritu se disolvió, desapareció, murió, se colapsó o alguna cosa semejante debido a la imposibilidad de la reconciliación en el momento decisivo? O tal vez sea que jamás ha existido tal Espíritu, tal Razón? Sea como sea, es inquietante ver que, después de que Hegel dijera que Dios era el motivo por el cual la Razón se manifestaba en “forma” de libertad en la realidad histórica, y antes de los ascensos de los totalitarismos (que sofocaron toda libertad), Nietzsche pronunciara su lapidaria sentencia “Dios ha muerto”. Y no sólo es que haya muerto, sino que fueron los propios hombres los que lo mataron. ¿Acaso sea realmente así, que los hombres, de alguna manera, asesinaran a ese Dios, que era la Razón, del que hablaba Hegel? Tal vez debido a la muerte de Dios, de la Razón histórica, los hombres quedamos a merced de nosotros mismos y de nuestra propia razón, y por eso surgieron los movimientos totalitarios que truncaron la culminación total de la Razón (y, por lo tanto, de la libertad) en su última etapa.

Sin embargo, los movimientos totalitarios fracasaron en su empresa, y las democracias liberales volvieron a hegemonizar la Historia, hegemonía que llega hasta nuestros días. Tal vez Hegel sólo se equivocó en sus cálculos, y su época no era la última. Tal vez los totalitarismos fueron la antítesis que la propia Razón engendró para que el liberalismo decimonónico y los totalitarismos entraran en oposición y se sintetizaran en el actual Estado del bienestar en el seno de las democracias neoliberales. Efectivamente, la experiencia de los regímenes totalitarios ha sido asumida y ha hecho progresar a la humanidad. Ahora bien, las crisis económicas, la falta de derechos de una gran parte de la población mundial, el hambre en el mundo, la progresiva mercantilización del mundo humano y el peligro de las energías y armas nucleares le hacen a uno plantearse si realmente la Razón, en caso de existir realmente, va por buen camino.


diumenge, 23 / novembre / 2008

Crítica de Marx i el materialisme històric


No són les idees les que produeixen i determinen la vida dels homes, sinó que són les condicions materials de vida dels homes les que produeixen l’esperit (idees, religió, intel·lectualitat, etc). Aquesta inversió del hegelianisme és la base del materialisme històric, corrent filosòfica que nutreix tota la filosofía de Marx (i Engels). La història de la humanitat, per Marx, comença en el moment en que els homes començen a produïr llurs mitjans de vida, fet que ve determinat per la seva pròpia constitució física. Aquest fet presuposa que els homes s’interrelacionen entre ells, i les relacions que s’estableixen estàn determinades pel mode de producció imperant en una època determinada, és a dir, per la manera de produïr i distribuïr la producció pròpia d’un moment històric. No només les relaciones interindividuals, sino també les relacions interestatals depenen de la producció, de la divisió del treball i, a més, de l’extensió de cada estat-nació.
Un dels fets principals determinants del mode de producció és la ja esmentada divisió del treball, que comporta, ja en primer lloc, la separació entre el treball agrícola i el treball industrial i comercial (que, posteriorment, també es separaran), és a dir, la separació entre camp i ciutat, així com l’enfrontament de llurs interessos.
Marx estableix diversos tipus de propietat: la propietat tribal, la propietat comunal i estatal (de l’antiguitat) i la feudal. Aquestes són les societats pre-capitalistes que, amb la caiguda del feudalisme i l’ascens de la burgesia donaràn lloc a la societat capitalista, caracteritzada sobretot per la propietat privada i pel mode de producció capitalista. Així doncs, Marx estudia la història basant-se en les relacions de producció que estableixen els individus, i concep el progrés com a producte de l’activitat social dels homes concrets, al contrari de Hegel, que concebia el progrés històric com un desenvolupament de la Idea, fent dels homes i les seves accions mers instruments sotmesos al procés de manifestació de la Idea Absoluta, que sempre és virtualment i es va manifestant paulatinament al llarg del recorregut històric.
Ara bé, cal també, segons Marx, aturar-se a considerar un altre aspecte del l’home: el fet que té consciència, la cual es manifesta en la vida real a través del llenguatge, essent aquest la consciència real, pràctica, que existeix per a mí i per als altres. El llenguatge és, doncs, l’eina necessària per la relació entre els homes, imprescindible en tant que llur vida es caracteritza per ésser social. Efectivament, l’home tendeix per naturalesa a formar societats amb els altres homes, societats que canvien paralel·lament amb l’augment de la població, de la producció i les necessitats i, evidentment, amb els canvis en el mode de producció. I dits canvis estàn determinats per la divisió del treball que s’estableix. En un principi era una divisió espontània o natural, fonamentada en la condició física. Més endavant, però, la divisó s’estableix entre treball manual i treball intel·lectual (filosofia, teologia, etc), divisió que comportà la contradicció entre divertiment i treball; i producció i consum; contradicció típica de les societats esclavistes. De la divisió desigual del treball se’n deriva la desigualtat en la distribució de les riqueses produïdes, divisió que té el seu gèrmen, segons Marx, en la família, en la cual es dóna la primera forma de propietat: la dona i els fills són propietat del marit (esclaus, diu Marx). L’esclavatge es, segons Marx, doncs, la primera forma de propietat. Per altra banda, la divisió del treball comporta que cada individu hagi de dedicar-se a un treball en concret, no poguent-se escapar de tal determinació, havent de ser sempre pescador, crític, artesà o mestre.

Aquesta és, a grans trets, la doctrina del materialisme històric, la qual ha tingut diverses interpretacions i crítiques al llarg de l’història, des de cercles ideológica i políticament contraris al marxisme (com ara el feixisme, el nacional-sindicalisme o la liberal-democràcia) fins a pensadors consagrats (com Max Weber). La confusió principal respecte al materialisme històric rau en la concepció segons la qual aquesta doctrina estableix que tot el que succeeix té l’arrel i és esencialment una sort de relacions econòmiques i de producció, sense que l’”esperit” hi pinti res. No és ben bé així. El materialisme històric estableix que les relacions econòmiques i de producció condicionen fortament (en alguns casos, inclús determinen) la superestructura de la societat: filosofia, metafísica, ciència, religió, consciència..., és a dir, el que anomenaríem l’esperit, el no-material. No és que tot sigui fruit de les relacions econòmiques, sino que tot està condicionat per aquestes. Partint d’aquesta premisa, Marx analitzà la societat capitalista i n’extreié les seves conclusions, tant de l’estat actual com del desenvolupament i inclús la fi, i no com a mera profecia mesiànica, sino com a qualcom que esdevindria en virtut de les pròpies lleis del capitalisme i del moviment dialèctic que aquestes comportaven: contradiccions enormes i fonamentals que apuntaven cap al derrumbament del capitalisme i a l’adveniment de la societat comunista. Avui dia podem dir, no sense una certa reticència, que s’equivocà. El capitalisme ha demostrat tenir molts recursos per cobrir els seus buits i per contentar la ciutadanía. Les contradiccions que mostrà Marx segueixen sen’t-hi, però l’Estat del benestar fa que subsisteixen sota una mena de vel de Maya imperceptible.
Abans d’emetre un judici ferm sobre Marx cal, però, plantejar-se dues preguntes: 1)És fals el materialisme històric? 2) El fracàs de tots els intents de construïr una societat comunista ens mostren que el marxisme té errors fonamentals en ell mateix, o bé aquests fracassos han estat fruit de mlaes interpretacions de la seva doctrina?
Respecte la primera pregunta, crec que la resposta és rotundament negativa. El materialisme històric no és pas la interpretació definitiva i global de la realitat humana (com pretenia Marx), però tampoc és quelcom insubstancial ni, molt menys, fals. El fet que les relacions econòmiques i de producció condicionen la producció intel·lectual, les ideologies, la filosofia i demés és cert. I el fet que tinguin una importància decisiva en els esdeveniments històrics és veritat miri per on es miri. Potser el seu error principal és el fet que no admet que qüestions, diguem-ne metafísiques, puguin influïr en la realitat humana sense mediació de l’estructura econòmica. L’impacte que suposà el Discurs a la nació alemanya de Fichte fou independent de les relacions econòmiques i de producció. La conscienciació sobre la violència de gènere no respòn a cap instància econòmica ni de distribució de la producció.
El materialisme històric és una molt bona doctrina d’anàlisi social, però no és infal·lible. Ara bé, no se la pot “despatxar” només per no ser absolutament efectiva. Cap doctrina d’anàlisi social ho és.
Per altra banda, el materialisme històric fou un gran avenç respecte del materialisme de Stirner, Bauer i altres joves hegelians. Fou inclús un avenç respecte del filòsof materialista per excel·lència: Ludwig Feuerbach. El materialisme de Feuerbach, basat en la seva crítica a la religió, es limitava a concebre materialment a l’home individual, fent abstracció de tot el món exterior a l’individu. Marx introduí, amb el materialisme històric, el gran descobriment que tota la realitat material es basa en el fet que l’home és un ésser social, i que el materialisme no ha d’examinar l’home, si no el conjunt d’homes (és a dir, la societat) i les seves relacions. La Història Universal és la història de l’acció pràctica dels homes, de les seves relacions intersubjectives i de les seves accions comuns. L’home es fa la seva pròpia història en virtut de l’acció pràctica social. L’activitat humana és objectiva. Les situacions i conjuntures històriques que determinen l’home són produïdes per l’home i poden ser canviades per l’home. Aquesta visió marxista de la realitat i la història és altament convinçent.

Respecte de la segona pregunta, dividida en dos qüestions, crec que cal respondre positivament a les dues. El fracàs dels intents de construcció d’una societat comunista foren producte d’una mala interpretació dels realitzadors del marxisme, però, independentment d’això, el marxisme originari té errors fonamentals en la seva pròpia doctrina.
Començem pels realitzadors. Ja des del leninisme s’instaurà una línia d’acció totalment oposada al que deia Marx: el fet que tota l’acció revolucionària es concentrés sota l’autoritat d’un partit, el qual era rígid, fortament jerarquitzat i antidemocràtic. Com a paradigma (i orígen) d’això tenim l’exemple del partir bolxevic. Aquesta pràctica, que fou pròpia del leninisme, fou adoptada per la majoria de partits comunistes, els quals instauraren no la dictadura del proletariat, sino la dictadura del partit del proletariat, el qual dirigia la marxa de la revolució segons les seves directrius. Ben conegudes són les fortes repressions de Lenin a Kronstadt i Astrakàn, així com les purgues i els desplaçament de població d’Stalin. Les institucions repressives leninistes i estalinistes (Cheka, GPU, gulag...) es dirigiren cap a tota la població, inclòs el proletariat. Coses molt similars passaren a Xina, Cambodja, Hungría, etc. El partit imposava la seva autoritat i el poble hvia d’acatar les decisions. Així, la dictadura del proletariat es convertía en dictadura sobre el proletariat. Contràriament a això, Marx concebia la dictadura del proletariat com la presa dels mitjans de producció del proletariat (que, en aquell moment, havia de ser la inmensa majoria de la societat) a la burgesia, organitzat com a classe (i no pas com a partit). El curs de la revolució cap a la societat comunista havia de seguir les necessitats i aspiracions del poble, parlades entre el poble i decidint el poble democràticament. Aquesta crítica ha estat corroborada per marxistes convençuts, no és pas una crítica antimarxista (de fet, es una crítica al marxisme en defença del pensament original de Marx).
En quant als errors fonamentals del propi pensament original de Marx, rauen sobretot en les seves prediccions que ell proposà com a necessàries. Segons Marx, les fortes contradiccions del capitalista portarien a una bipolarització total de la societat: proletaris molt pobres i burgesos molt rics. No comptava amb la consolidació de classes mitjanes. Aquesta forta bipolarització portaria a la revolució, que constaria de dos moments fonamentals: la dictadura del proletariat i el comunisme. La dictadura del proletariat, com hem dit, és la presa de possessió dels mitjans de producció per part del proletariat. La propietat és, en tant que el proletariat està al front de l’estat, estatal. Així, el proletariat repartirà la producció equitativament i reduïrà les desigualtats socials, alhora que suavitzarà la divisió del treball. És equiparable al socialisme. La diferència és que, tot i que amb la millor intenció, és una dictadura, i ha de reprimir la dissidència. Un altre error greu de Marx fou no haver comptat amb aquest aspecte (potser derivat de l’error anterior, que no considerà les classes mitjes). El pas de la dictadura del proletariat a la societat comunista, segons Marx, es donaria de forma progresiva i natural: l’estat es disoldria per ell mateix degut a que esdevindria innecessari, doncs ja no hauria de sotmetre a cap classe (per Marx, com per Bakunin, l’Estat és l’eina de dominació d’una classe sobre una altra). Aquest pas de la dictadura del proletariat al comunisme és impossible que es dóni de forma tan ideal com imaginà Marx: suposa un consens absolut entre tota la societat, quelcom impossible, i més sota una dictadura. El comunisme que anuncià Marx era una mena de regne de Déu a la Terra, una societat ideal on no cal autoritat, on tothom es comporta i on el mal (que és producte de la propietat privada) no té cabuda (per què no hi ha propietat privada ni ningú la reclama en res i per a res.
Marx arribà a aquestes conclusions a partir de l’estudi de la societat sota l’òptica del materialisme històric. La seva visió de futur errònia, però, no és degut al materialise històric en sí, sino per una falta de previsió de Marx respecte del desenvolupament de la societat capitalista i per una confiança massa gran en la idiosincràtica bondat humana. De fet, es podrien estudiar els errors de Marx amb el mateix materialisme històric.
De totes maneres, cal remarcar que no es poden carregar les culpes a Marx dels excessos i barbaritats dels seus “apòstols”. Marx fou un gran filòsof que volia ajudar al benestar de la societat i clamava contra les injustícies. Les injustícies que es cometeren en el seu nom no són pas culpa seva, i les hagués denunciat si les hagués contemplat. Per altra banda, la proposta de Marx no és un model de societat viable. Ho és el capitalisme? Tampoc.